30 julio, 2010

La causa 595

El 24 de febrero de 1.942 el teniente de ingenieros, que estaba como juez de guardia e instructor militar de la plaza militar de Granada, recibió un telegrama en el Negociado 1ª 3ª. El remitente era el Teniente Coronel de la 23ª División del Estado Mayor y le ordenaba incoar diligencias previas para esclarecer los hechos ocurridos el día anterior en una cueva del Barranco del Abogado, donde, según decía el documento, se habían producido dos muertos y un herido. La causa quedo registrada con el número 595. Abrió diligencias de forma inmediata, designando como secretario a un soldado de infantería, para recibir un atestado de los hechos, que había sido instruido, a primeras horas de esa misma mañana, por el Capitán de Información de la 108 Comandancia Rural de la Guardia Civil. En dicho documento se recogen dos hechos aparentemente diferentes y que transcurren a poca distancia el uno del otro, en el espacio de una hora de diferencia.

El primero de ellos describe la emboscada fallida, que se había organizado para apresar a varios miembros de la partida de los Quero. En torno a los hermanos Antonio y Pepe Quero, se habían aglutinado un pequeño grupo de hombres, antiguos soldados republicanos que, después de la derrota, habían pasado por las cárceles franquistas y habían escapado o salido de las mismas. La única salida que le dejaron a muchos de ellos fue huir al monte, donde continuaron su lucha contra la dictadura, cometiendo acciones contra personajes del régimen para poder sobrevivir. Según un soplo que se demostró bien informado, cinco miembros del grupo trataron de dar un atraco en un hotel del pueblo de La Zubia, a las afueras de Granada. Entre ellos estaba mi abuelo José Castro Peregrina. Justo en el momento en el que se acercaban al objetivo, sobre las 9 de la noche, los gritos de una mujer, que llevaba varias horas retenida por los guardias en el interior del edificio, les alertó de la trampa y pudieron darse a la fuga entre disparos, abandonando dos sombreros en su huida.

En ese momento, un segundo dispositivo de la guardia civil, al mando de un brigada, sitiaba una cueva en el Barranco del Abogado, en la que, según su información, se escondían miembros de la partida. Al acercarse a la cueva se encendió brevemente una luz en su interior, que rápidamente fue apagada. En ese momento comenzaron los disparos y las explosiones de las bombas de mano. Del interior de la cueva salieron un hombre y una mujer que fueron malheridos. Ella, Josefa, murió a unos cincuenta metros de la puerta de la cueva, como consecuencia de la metralla, que le había provocado una hemorragia mortal en una pierna. Su cuerpo ensangrentado quedó toda la noche sobre el suelo de la calle. En el momento de su muerte llevaba vestido a cuadros y camisa y tenía el pelo negro y rizado. Ramón, de 19 años de edad, fue trasladado malherido al hospital. Para ello, solicitaron la ayuda de una vecina, que dijo no conocerle, aunque la mujer era en realidad su propia madre, que trataba de encubrirlo. El hombre murió cuatro días más tarde. De nada sirvieron los intentos del juez por tomarle declaración, ya que se encontraba en completa incoordinación de ideas y con pérdida total de la palabra.

Durante la noche se produjeron intercambios de disparos con las personas que se encontraban el interior de la cueva. Por eso, y aunque los ruidos cesaron, los guardias no se atrevieron a entrar en ella hasta las siete de la mañana siguiente. Dentro encontraron el cadáver de Martirio, la dueña de la cueva, que se había ahorcado en el techo de la cocina y a Casimiro, el padre de su yerno, con su nieto de pocos años. Ambos estaban muy nerviosos, el niño acaba de perder a su madre y a su abuela, pero vivos. No encontraron armas de ningún tipo y la brigada no podía dar explicaciones sobre los disparos producidos durante la madrugada. Por ello, regresaron a las siete de la noche para volver a inspeccionar la cueva y encontraron una habitación oculta, donde se escondían habitualmente los miembros de la partida. Volaron la pared y en su interior, sobre dos colchones que había en el suelo, encontraron un cadáver. Se trataba de José el “Chavico”. Muerto a los 17 años por tres heridas graves, una de ellas en el cráneo, debidas a una explosión. En el momento de su muerte vestía pantalón gris y chaqueta marrón. Aunque no había participado en la guerra, se unió junto a uno de sus hermanos al grupo. Su padre había sido fusilado por los nacionales a los pocos días del inicio de la contienda. Los cuatro muertos en la emboscada fueron enterrados en varias fosas del mismo patio del cementerio de San José de Granada días más tarde.

Durante las horas que duró la operación, los guardias no sabían que en la cueva contigua estaban una mujer de treinta años María Álvarez López y su hija María de cinco. Eran mi abuela y mi madre, que, presas de pánico, habían permanecido durante largas horas, viendo los acontecimientos y oyendo los ruidos que se producían tras la pared de su vivienda. No pudieron dormir. Mi abuela sólo podía abrazar a mi madre en silencio y esperar, esperar toda una noche y todo un día. Las horas se le hicieron eternas con el pánico dentro del cuerpo. En su cueva también había una habitación escondida, donde, en ocasiones, dormían mi abuelo y otros miembros de la partida. Cuando los guardias se marcharon, el miedo no se fue con ellos. Temía que regresaran y volvieron.

Tras las primeras detenciones y los primeros interrogatorios, alguien confesó que en la cueva contigua a la de los hechos, también se solían refugiar los Quero. En cuanto entraron por la puerta, comenzaron a golpear a mi abuela en presencia de mi madre. Le preguntaban por el paradero de su marido y del resto de los miembros de la banda. Ni siquiera su avanzado estado de gestación, estaba embarazada de siete meses, detuvo la furia de sus golpes. Mi abuela guardó silencio durante días. Incluso cuando la pusieron frente a un pelotón, para simular su fusilamiento, con el objetivo de que les facilitara información. Ella siguió guardando silencio. Años después contaría que no lo hizo por valentía, sino porque simplemente creía que la iban a matar y que, por tanto, pensaba que confesando sólo conseguiría que hubiera más muertos. Cuando se la llevaron detenida, entre empujones consiguió gritarle a su hija que buscara la casa de su hermana Feliciana. Los guardias se marcharon y mi madre, con sólo cinco años de edad, cruzó sola y desvalida toda la ciudad de Granada hasta llegar a la casa de su tía. No volvió a estar con su madre durante los más de seis años que estuvo en prisión.

Como en el juego en el que las palabras se distorsionan a lo largo de una cadena de susurros, la historia se fue deformando con el paso de los años. El ataque a la cueva, la huida de la emboscada al hotel y otras acciones en las que se habían visto involucrados mis abuelos se fueron mezclando en una sola escena que se había convertido, por irreal, en imposible. Como otros muchos hechos, la historia se transmitió de forma oral por los miembros de mi familia, convertida casi en un cuento, en una leyenda que parecía exagerada. Hace unos meses pude acceder al sumario del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela y el resto de personas que, como mi abuela, habían prestado ayuda a los “huidos a la sierra”, que no dejaban de ser sus maridos, hermanos o hijos. A raíz de aquellos hechos detuvieron a una docena de personas, entre las que se encontraban a demás de ella, las mujeres de Antonio y Pepe Quero, así como sus hermanos Victoriano y Paco. Victoriano pasó varios años en prisión, mientras los otros tres hermanos murieron todos ellos en circunstancias dramáticas luchando contra las autoridades franquistas.

Al leer el sumario y los informes de la Causa 595 pude comprobar que todos los datos que mi familia había ido transmitiendo sobre la historia eran ciertos. Todos los detalles que aquí cuento aparecen en esos documentos. Mi madre aún llora cuando recuerda aquellos hechos. Mi abuela murió cuando yo era un niño. En aquellos años, con el cadáver del dictador aún reciente, este tipo de historias eran silenciadas por el miedo y por el recuerdo del sufrimiento. Pero esta historia no dormirá en el cajón del olvido. No conozco otra más dura y más hermosa que merezca ser contada.

28 julio, 2010

La roja

La aparición, en varios archivos, de diversos documentos ha marcado la investigación para mi novela y la ha centrado especialmente en tres personajes, cuya historia puede precisamente conocerse con más detalle gracias a esos escritos. También el contenido de este blog ha girado, en buena medida, alrededor de esas tres personas: mi tatarabuelo Antonio y mis abuelos maternos José y María. Pero, curiosamente, en la trama de la novela que tengo en mi cabeza, sólo hay un único personaje que permanece desde el principio hasta el final: mi bisabuela Antonia. Su vida no ha quedado reflejada en ningún documento histórico, pero ella es, junto con mi abuela, uno de los personajes más importantes de los hechos que quiero narrar.

Antonia nació en Melilla, donde estaba destinado su padre, en el año 1.888. Cuando éste emprende su marcha Cuba, para luchar en la guerra que allí se estaba librando, la familia decide trasladarse a Málaga, donde esperan su regreso. Ella tenía entonces ocho años. Creo que las personas se sienten de la ciudad en la que transcurren los últimos años de su infancia. Y que esos recuerdos conforman la personalidad. Lo cierto es que Antonia siempre guardó un cariño especial por aquella ciudad de su niñez.

A los pocos meses del regreso del padre, enfermo a causa de las heridas de la guerra, la familia se traslada de nuevo. Su destino es el pueblo de Churriana de la Vega, situado junto a Granada. Después de casi treinta años lejos de su pueblo natal, en los que Antonio ha ido gastando su vida a lo largo de diferentes plazas militares, aquel regreso debió colmar sus aspiraciones, sobre todo porque el teniente que regresaba, disfrutaba de una posición muy diferente al joven soldado, que había marchado a la tercera guerra carlista casi tres décadas antes. La familia gozaba de una posición acomodada. Las hijas sabían bordar, pero también leer y escribir y la mayor incluso fue maestra, una educación que pocas mujeres alcanzaban en aquella época. Pero a los dieciséis años, Antonia se enamora de José, un gañán que, lo único que ha heredado de su padre es el mote con el que conocerán en el futuro a toda la familia: mitaílla, la curiosa unidad de medida, que utilizaba para pedir el anís que le calentaba en las duras mañanas del invierno de la vega. A la diferencia de clase social, se añade también una diferencia de edad de veinte años, pero Antonia, profundamente enamorada, decide romper con todo para irse a vivir con aquel campesino, sin importarle que su madre la desherede por ello.

A partir de ese momento, la niña que iba los domingos a misa con guantes de hilo y sombrilla, conocerá la vida dura de los hombres del campo andaluz. Antonia nunca se arrepintió de la decisión tomada y quiso a su marido hasta el último día de su vida. (En un artículo futuro también hablaré de la personalidad de José y se entenderán los motivos de esa relación). La pareja, que nunca tuvo ideales políticos, tuvo dos hijos y seis hijas. La juventud de los cuales coincidió con el estallido de esperanza que significó la república.

Antonia en los momentos más duros siempre tenía un refrán: “Más se perdió en Cuba”. Ella siendo una niña, pudo vivir plenamente la crisis del 98. Y siempre contaba esa frase a sus hijos cuando alguno se quejaba. El refrán de la bisabuela ha traspasado generaciones. Yo también lo escuché de pequeño en la boca de mi madre. Pero Antonia desconocía que aún era posible llegar a perder mucho más. La llegada de la Guerra Civil trajo la desgracia a la familia y los acontecimientos y buena parte del pueblo, se ensañaron con crueldad con toda nuestra familia. Vivió el fusilamiento de su hijo Paco, simplemente porque sus ideas socialistas le habían llevado a repartir pan entre los campesinos en huelga, que veían como el hambre de sus familias debilitaba la fortaleza de sus ideales y el mantenimiento de la revuelta. También sufrió como ninguna el viaje hacia la locura de su hija menor Trini. La posguerra también la golpeó duramente. Tras la derrota, su hija María (mi abuela) fue encarcelada por ayudar a los hombres que se habían echado al monte para continuar la lucha y entre los que también se encontraba mi abuelo. Allí parió a su hija Resu y a los 18 meses se vió obligada a separarse del bebé. La familia no tenía recursos para mantener a la pequeña, tampoco a mi madre y tuvo que ver cómo eran acogidas en un hospicio de monjas.

Hay un momento que describe perfectamente el coraje de Antonia. Un tiempo después del fusilamiento de su hijo, el régimen franquista, que quería maquillar la brutalidad de su represión, trató de hacer un chantaje moral a aquella madre. El secretario del Ayuntamiento del pueblo le exigió que firmara un documento conforme su hijo no había muerto frente a un pelotón de fusilamiento, junto a las tapias del cementerio de Granada, sino luchando por España. Con ello, quizás podría alcanzar algún subsidio. Antonia se negó rotundamente a firmar esa mentira, el secretario la abofeteó con toda su fuerza y la insultó calificándola de “roja”. Ella, que nunca se había caracterizado por fuertes convicciones políticas, le respondió: “Si ser roja es que te maten a un hijo inocente por rojo, entonces soy roja”.

Aquella respuesta ilustra la admiración con la que mi madre, mis tías y mis primos siempre me han hablado de ella. Y aunque sus datos biográficos no hayan quedado reflejados en ningún documento, su hermosa historia de amor y la entereza con la que se enfrentó a la dureza de su vida, hacen que también ella sea una de las heroínas de la novela que tengo en la cabeza y que poco a poco va tomando cuerpo.

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27 julio, 2010

La primera escena (y 3)

Aquí va el fragmento que acaba la primera escena de la trama de la novela. La del regreso de mi tatarabuelo Antonio de la guerra de Cuba. La suya es la tercera mirada, a través de la que vemos esa escena y que se cierra con el reencuentro familiar. El capitulo continúa y, a través de continuos flashbacks, iremos sabiendo, a través de el punto de vista de los tres personajes, lo que les ha ido ocurriendo en esos años de ausencia. En la escena final del capítulo, Antonia va por fin con su padre a ver el cinematógrafo. Pero eso ya quedará como material reservado para la novela.

En los últimos diecinueve interminables días, Antonio había tratado de calmar su impaciencia, atrapado en aquel barco de la Trasatlántica que le traía de Cuba, donde las bodegas iban atestadas de hombres enfermos que apenas podían soportar la travesía. Todas las vivencias que habían ocurrido durante la guerra le iban a resultar muy difícil de olvidar, pero las imágenes que más le venían a la mente, mientras se encaminaba a su casa, eran las que sus ojos habían retenido en el tiempo que había durado el viaje de regreso, que había acabado aquella misma mañana de enero en el puerto de Málaga. Aún recordaba cómo, a la tercera jornada de navegación, se produjo el primer muerto y la forma en la que arrojaron su cuerpo por la baranda de popa, envuelto en una burda arpillera con un lingote de plomo atado a la cintura. La ceremonia causó tanta tristeza a bordo, que en los días posteriores y por orden de los jefes militares, los diversos cadáveres fueron sacados de la enfermería en la oscuridad de la noche y arrojados al mar con la única compañía de un toque de campana. Su boca todavía guardaba la sequedad que le habían producido los salazones que comió a lo largo de la navegación, los constantes gritos de los enfermos pidiendo agua para calmar la sed que les provocaban. Hacinados, inmóviles, consumidos por la fiebre, algunos de los últimos repatriados aguantaron como pudieron su regreso a la patria y, cuando por fin desembarcaron, parecían un ejército de espectros que se desmayaban nada más pisar el muelle. Con sus uniformes raídos, muchos de ellos descalzos, caían desplomados por el cansancio y necesitaban que las camillas los socorrieran. Aquellos hombres enflaquecidos, bronceados por un sol abrasador, abatidos en la derrota, habían perdido algo más que una guerra. Antonio, que regresaba aun convaleciente de su enfermedad, los miraba mientras se despedía de algunos de sus compañeros y no dejaba de pensar cómo la tristeza siempre camina arrastrando los pies cuando se aleja.
Su único deseo en aquel instante era abrazar a su mujer y a las hijas que no había besado durante demasiado tiempo, y conocer la cara que tenía su hijo, al que aún no había visto en sus más de dos años de vida. Estaba ansiando regresar a la casa que había comprado, a toda prisa, dos semanas antes de partir hacia Cuba. El supo entonces que, aunque la euforia desbordada proclamaba que sería una contienda corta, estaría alejado de su familia más tiempo del que todos creían y quería que vivieran su ausencia con la mayor comodidad posible. Por eso le propuso a su mujer abandonar Melilla, donde habían vivido más de once años y habían nacido sus tres hijas, cambiar aquella ciudad, con el aire austero de plaza militar, donde las noticias de la guerra estarían siempre presente en la vida cotidiana, por otra más grande, más abierta, en la que ellas pudieran estudiar tranquilas sin que sus compañeras les estuvieran recordando continuamente que sus padres estaban luchando y arriesgando sus vidas. Apenas había podido vivir unos pocos días en aquella casa, pero recordaba perfectamente su estructura de madera, así que en el momento en el que sus ojos la vieron aparecer supo que, a partir de entonces, iba a empezar para él una nueva vida. Con aquella puerta se abriría el deseo de pasar todo el tiempo con su familia, pero no lograrían cerrarse los recuerdos de toda una vida dedicada al ejército. Cuando sus pasos sonaron bajo el quicio vio la alegría en los ojos de todos y como su hija corría a abrazarle mientras le gritaba.
-¡Que ganas teníamos de verte!
-
Había deseado durante tanto tiempo el regreso de su padre, que cuando por fin pudo ver como aquel hombre recién llegado se inclinaba para dejar el viejo petate sobre el suelo de la entrada, Antonia sintió un miedo frío, que se prolongó a lo largo de varios segundos inmovilizándole todo el cuerpo, los que tardó en correr para abrazarle y durante los cuales, sus hermanas habían aprovechado para lanzarse a su cuello, en una extraña algarabía que aunaba los llantos con las risas. En ese estado de felicidad, en los que los apretones no dejaban distinguir a varios cuerpos entrelazados, estuvieron hasta que oyó como su propia voz le decía a su padre lo mucho que lo quería.
A Feliciana le bastó la primera mirada para saber que el hombre que estaba entrando en su casa era muy diferente del marido que había marchado tres años antes. Encogido sobre sí mismo y con signos evidentes de haber estado enfermo, su rostro expresaba una mezcla de desencanto y cansancio, que la alegría de su sonrisa no podía esconder. Aquel gastado uniforme de rayas, su barba descuidada y los zapatos sucios eran la señal evidente de que algo muy grave debía haber pasado para que la estricta disciplina de Antonio cayera en aquel estado de desidia. Pero en aquel momento, ese descuido impropio, que tenía visos de que duraba ya muchas semanas, apenas le importaba porque el hombre al que tanto había esperado estaba de nuevo entre sus brazos.
-No puedes imaginarte cuanto te he echado de menos –oyó como le susurraba al oído.
Antonio aprendió en aquel instante, a la edad de cuarenta y cinco años, una de las lecciones más importantes de su vida, descubrió como un segundo basta para saciar todos los ímpetus y los besos de su familia podían hacer desaparecer todas las penas que había ido acumulando en tres años de distancias. Fue en aquel momento, en el que toda su dicha consistía en el recuerdo recuperado del olor de su mujer o en la visión de los cabellos rubios de sus hijas, cuando decidió que ya iba siendo hora, después de tantos servicios prestados en el ejército, de solicitar su pase a la reserva.
En mitad de los gritos y las lágrimas, el teniente alcanzó para tomar aire durante un segundo y preguntar con la voz entrecortada -¿Dónde está el hijo que aún no he visto?

22 julio, 2010

La primera escena (y 2)

Si la semana pasada publicaba el inicio de la trama de mi novela, el siguiente fragmento continua la historia y esta vez a través de la mirada de mi tatarabuela.
La espera de Feliciana había sido muy larga. En los primeros meses tras la marcha de su marido, las incomodidades del embarazo se fueron agrandando tanto como su barriga y le llenaron los días de ocupaciones, que apenas le dejaban tiempo para preocuparse de otra cosa que no fuera el cuidado de sus hijas y del pequeño ser que iba creciendo dentro de su vientre. Luego, en su cuarto alumbramiento, vino la alegría de dar por fin a luz a un niño. Ella sabía que Antonio, después de haber esperado sin éxito a un varón y besar con resignación a cada una de las tres niñas arrugadas que había traído al mundo, rebosaría felicidad al enterarse. Por ello, en cuanto los entuertos del puerperio se lo permitieron, le escribió una breve carta dándole la noticia. “Se ha cumplido mi presentimiento y esta vez te he dado un hijo. Como tú ya habías perdido la fe y no me indicaste que te nombre te gustaría, le he puesto el tuyo. Sé que te hará feliz que un hombre pueda heredar tus apellidos y prologarlos en las generaciones futuras” concluía su mensaje. La respuesta que recibió más de siete semanas después no dejó de sorprenderla. Antonio, que no acababa de creerse que fuera un varón, quería recibir una foto de su vástago completamente desnudo donde se pudieran ver sus atributos masculinos e insistió de tal manera en este punto, que a su mujer no le quedó más remedio que olvidarse de sus prejuicios, quitarle al retoño el faldón y los pañales delante del fotógrafo y darle el encargo tajante de que se le viera bien su sexo para que su padre pudiera quedarse tranquilo.
Las primeras cartas de Antonio estaban fechadas en La Habana y le describía con detalle la ceremonia que se organizó con motivo de su marcha del puerto de Cádiz y apenas mencionaba sus experiencias durante su travesía del océano y sus primeros días en la isla. Luego el encabezamiento ya lo fijaba en Manzanillo y le hablaba de árboles y frutas de nombres extraños que ella no sabía que existiesen. La caligrafía ordenada sobre las rectas líneas de sus cuartillas le describía la dulce frescura de la pulpa del mango, los frutos de olor de rosa y forma de manzana el árbol de la pomarrosa, la dura madera roja del caiguarán o las hojas cortantes como espadas del curujey. Detrás de aquella admiración por la exuberancia del paisaje cubano, entendía los intentos de su marido por no preocuparle con sus penalidades, pero conforme fue avanzando el conflicto y el ritmo con el que llegaban las cartas empezó a hacerse más lento, la malanga, la jagua, el ateje y las descripciones botánicas, que tanto le habían sorprendido al teniente en sus primeros meses en Cuba, fueron dando paso a frases hechas y saludos formales destinados a ella y sus hijos, palabras que explicaban, sin pretenderlo, lo dura que estaba siendo aquella guerra tropical para un teniente cuarentón alejado de su familia.
La correspondencia se había interrumpido en varias ocasiones. Eran esos los momentos en los que Feliciana temía por su marido y la falta de noticias le provocaba un enorme sentimiento de angustia, abriendo un vacío en su interior, por el que se colaba su falta de apetito y las noches de insomnio que tan difícil le resultaba esconder a sus hijas. Entonces acudía, sin que nadie lo supiera, a las noticias que sobre el conflicto iban dando los periódicos, aunque desconfiaba del tono patriótico que tenían aquellas crónicas que, después de las detalladas descripciones que narraban la despedida de los soldados y de las exaltaciones del honor y la gallardía de un ejército que iba a defender los intereses de la patria, habían ido dando confusas referencias en torno al curso de la guerra. Ella no entendía el motivo por el que, después de las brillantes acciones militares y de las muestras de heroísmo que reflejaban aquellas páginas, Antonio llevaba varios años sin regresar a su casa y le preocupaba que la prensa cada vez hubiera ido hablando menos de lo que ocurría en Cuba. La vida seguía su curso para la mayoría del país, especialmente para aquellos que no tenían a un esposo, un hermano o un hijo luchando a miles de kilómetros de distancia y podían discutir si Machaquito era o no mejor torero que Lagartijo. Sólo cuando los estadounidenses, aprovechando que uno de sus barcos había estallado por los aires en el puerto de La Habana, entraron en una contienda que duraba ya tres años, los periódicos volvieron a llenarse de proclamas belicosas sobre la partida de la flota que iba a destrozar al enemigo en pocas semanas. Poco tiempo después la burbuja estalló y, en la boca de todos, solo había palabras que hablaban del hundimiento de los barcos y la derrota. Era como si la música hubiese terminado de repente en mitad del baile. En aquellos días las cartas tardaron una eternidad en volver a llegar y, ante el silencio de las autoridades militares, Feliciana había tratado, durante más de cuatro meses, de encontrar en vano el nombre de su marido entre las listas de repatriados que regresaban a la provincia y que la prensa local había ido publicando. En agosto habían empezado a llegar los primeros barcos repletos de heridos y fue entonces cuando el país se enteró del estado lamentable en el que volvían sus soldados, del sufrimiento que contaban sus historias de hambre, fiebres y fatigas. Poco a poco el goteo de nombres fue aumentando, los nombres sueltos del principio fueron convirtiéndose en largas listas agrupadas por unidades: el regimiento de San Fernando, el de la Reina, el batallón de La Habana, el de Simancas, la infantería de marina, pero nunca aparecía el teniente de primera de Administración Militar que ella estaba buscando. Hasta que por fin, en el instante en el que ya comenzaba a temer lo peor y pensaba que sus plegarias ante Dios no iban a tener respuesta, con la navidad llegó la ansiada carta de Antonio, trayendo la noticia de que esperaba con la intención embarcar, entre las últimas tropas que ya quedaban en la isla, en el puerto de Cienfuegos y que en su corazón latía el deseo de ver pronto a los suyos.
- Date prisa que ya está aquí –le avisó su hija.
Feliciana aún recordaba en ese momento la alegría de aquella carta, que había recibido un mes antes, mientras bromeaba sobre cómo había colocado en el armario las camisas de su marido.

15 julio, 2010

La primera escena

Ya he comenzado a escribir algunas escenas de la novela. La trama (que no la novela) se inicia con el regreso de mi tatarabuelo de la guerra de Cuba. Este es un fragmento parcial de esa primera escena, vista a través de la mirada de la bisabuela Antonia. La novela sobre los mitaíllas ya ha empezado. Sólo deseo estar a la altura de los personajes. Espero que os guste...

La luz tenue de finales de enero se colaba entre los visillos mientras Antonia aprovechaba la última claridad del atardecer junto a la ventana para seguir bordando sus pájaros. Dos gorriones de colores azules y anaranjados parecían piar posados en unas ramas, rodeados por un marco verde de hojas. Ya sólo le faltaba lo más sencillo, tenía que acabar de darle las últimas puntadas a sus iniciales. Dentro de la casa reinaba una alegría y una excitación desbordante, que contrastaba con el desánimo que había ido viendo en las caras de todos en los últimos meses, durante los cuales, las labores de bordado le habían acompañado en la espera. Con cada alfiler había ido clavando también en el acerico un deseo y, a lo largo de tres años, había pedido centenares de veces la vuelta de su padre, Antonio, de una guerra que se libraba al otro lado del océano. Ahora que estaba a punto de cumplirse el mayor de sus anhelos, no podía centrarse en la costura. Había pasado sentada muchas tardes, bordando en el alféizar de aquella ventana enrejada desde la que se veía el mar, y estaba cansada de la obsesión de su madre Feliciana por esas tareas. A ella, a sus diez años, le gustaba abrir su costurero de madera taraceada y ordenar los carretes y las madejas de hilos de colores, los dedales, algunos botones y corchetes de diversos tamaños o el pequeño cilindro de nácar donde guardaba las agujas, pero le aburría dedicar tantas horas a sus deberes de costura, dibujando animales y flores en el cañamazo que atrapaba el bastidor de madera. Por eso, había dedicado las horas a mirar el paso de las estaciones y de las personas a través de los cristales, viendo cómo, en algunos días de invierno, la arena de la calle se convertía en un lodazal, que se despoblaba con prisa conforme arreciaba la lluvia o el desfile de transeúntes tranquilos que traía la primavera, el vendedor de pescado que marchaba por la mañana con los cenachos llenos de su fresca mercancía, el mendigo que apenas saciaba su hambre con miradas o el limpiabotas cansado que, al caer la tarde, regresaba borracho cojeando hacia su casa. Pero el espectáculo que más le gustaba ver a través del ventanal se producía, a primera hora de la mañana, en el momento en el que las jábegas embarrancaban en la orilla y los pescadores comenzaban a tirar del copo, impacientes por ver la captura que le deparaban aquellas redes. En todo ese tiempo, había visto miles de veces cerrar las persianas, abrir las cortinas sin que tuvieran noticias sobre el regreso de Antonio y mientras su madre, que aprisionaba su preocupación en silencio, se iba haciendo cada vez más severa, ella caminaba por su infancia agrandando los recuerdos y sintiendo que aquellas tardes se hacían tan eternas como la espera del padre, del marido, del teniente de primera de administración militar que llevaba meses en Cuba tratando de organizar la derrota. La esperanza de que hubiera regresado antes de la navidad se había difuminado entre alfileres y, cuando llegó por fin la noticia de su llegada, la felicidad llenó aquel salón donde las horas tenían aroma de salitre y el tiempo pasaba despacio.

El último año del siglo había comenzado pocas semanas antes. Desde ese momento, había empezado a contar los días que faltaban para poder abrazar a su padre. Su olor se había ido perdiendo en el olvido, retenido apenas entre sus ropas, que Feliciana ordenaba esa tarde en el salón, con el deseo de que las encontrara limpias y planchadas a su vuelta, para desaparecer más tarde tras la puerta del dormitorio y regresar un minuto más tarde bromeando sobre las camisas que había dejado alineadas en el armario en perfecto estado de revista. Su madre era una mujer de carácter, religiosa y conservadora que siempre había tratado de ocultar sus preocupaciones, el problema es que así también fue ocultado sus sentimientos y Antonia no podía evitar sentirse cansada de la severidad, de las misas, los rosarios y los bordados y recordaba cada vez con más ternura las caricias paternales. Su mente ordenaba los lugares a los que quería ir con el teniente cuando éste regresara. Mientras sus hermanas estaban deseando enseñarle los escaparates de los grandes almacenes de Gómez Hermanos y dejaban volar la imaginación con sus esclavinas de pañete bordadas, sus ricos cheviot de pura lana, sus astracanes, pelerinas y nubes de madroño y sayas, ella, que ya veía como las tardes se iban haciendo más largas en mitad del invierno, ansiaba que llegara el calor y poder subir con su padre por la calle Larios hasta la plaza de la Constitución y tomarse un helado de turrón en la nevería del Café de La Loba. Aunque realmente, lo que más deseaba era que la llevara a ver las imágenes en movimiento del cinematógrafo, porque todo el mundo en Málaga hablaba de la fascinación que provocaba aquel ingenio que hacía que las personas aparecieran en una pantalla caminando por las calles de París o de las ciudades más bellas de Europa. El invento había llegado hacía más de dos años, pero como Feliciana, con sus anticuadas reticencias, no había consentido que sus hijas lo vieran, Antonia esperaba con ansias el regreso de su padre porque sabía que él si la acompañaría ver una proyección de aquellos cuadros.
-Corre, que ya ha llegado –le gritó una de sus hermanas.
Sus pensamientos estaban en ese momento dando las últimas puntadas a la tela y, mientras ella se apresuraba por llegar a la puerta, los pájaros se quedaron encima del alféizar cantando en sus ramas.


01 julio, 2010

Mi lista de novelas sobre la guerra civil

Hay una serie de novelas que, para mi gusto, describen muy bien la guerra civil española y/o la postguerra. Son lecturas de cabecera de maestros de los que se puede aprender mucho. Cuentan historias que te atrapan y que te emocionan, donde aparecen personajes de los que te enamoras y con los que sientes. Y curiosamente, en todas ellas predomina la visión de los vencidos. Los perdedores siempre tienen un halo romántico que los hace más atractivos para los novelistas y los lectores. En este caso además, es una nuestra más de que los ganaron la guerra con la fuerza de las armas, perdieron la historia porque la palabra pervive y no puede ser silenciada ni olvidada.

Los girasoles ciegos de Alberto Méndez. Es una hermosa y triste novela que entrelaza cuatro historias de perdedores de la guerra civil. Su autor murió apenas un año más tarde de escribir esta única obra sin disfrutar de la fama, los premios, la película…Yo me he quedado con hambre de más lecturas suyas. ¡Es de lo mejor que he leído en muchos años!. De los cuatros relatos, el cine sólo se quedó con uno, yo personalmente prefiero el del capitán del ejército de Franco que decide desertar justo un día antes del final de la guerra y, pudiendo elegir la victoria, se hace partícipe de la derrota. A media mañana, cuando la luz del día convertía aquel hangar en una jaula de nostalgias rezadas en voz baja, en el silencio imposible de centenares de hombres hacinados, se oyeron los primeros nombres.” […] “Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólico alterado sólo por el estallido los obuses cayendo sobre la ciudad con una carencia litúrgica, no bélica…”

La forja de un rebelde de Arturo Barea. Trilogía autobiográfica de este socialista, autodidacta, que vivió el asedio a Madrid en primera persona, estando en contacto con algunos personajes célebres. Exiliado en Inglaterra, esta novela recoge su biografía. Hijo de una lavandera, huérfano de padre, soldado en las guerras de África y director de la oficina de prensa republicana. La primera frase es sencillamente magnifica: “Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero.”

La larga marcha de Rafael Chirbes. Una novela coral donde la multitud de personajes va tramando una historia, que arranca en los primeros años de la postguerra y llega hasta la ebullición de los últimos años del franquismo. Un estilo magnifico que atrapa al lector gracias a unos personajes que están tremendamente trabajados. “Él fue un enorme rosetón de sangre en las castigadas tierras del verano extremeño.” […] “Ahora, años después, lo sabía con certeza: sobre los muertos caía, en el recuerdo, un manto de dignidad y, sin embargo, sobre quienes habían conseguido sobrevivir se había derrumbado la miseria de una suerte mezquina.”

Vida y destino de Vasili Grossman. Este escritor y periodista ruso, de origen judío, cubrió con sus crónicas las batallas más duras de la Segunda Guerra Mundial desde la primera línea del frente y fue el primer periodista en entrar en un campo de concentración nazi. Es una novela muy extensa, un puzle en el que encajan las historias de cientos de personajes de nombres impronunciables. No es fácil de seguirla, pero cuando describe la guerra, lo hace desde el profundo conocimiento de quien ha vivido muy cerca las desgracias más grandes y no tiene que inventar nada, sino simplemente narrar lo que han visto sus ojos En el momento decisivo de la batalla se produce un cambio asombroso cuando el soldado que toma la ofensiva y cree que está próximo a lograr el objetivo mira alrededor, confuso, sin ver a los compañeros con los que había iniciado la acción, mientras el enemigo, que todo el tiempo le había parecido singular, débil y estúpido, de repente se convierte en plural y, por ello, invencible. En ese momento decisivo de la batalla - claro para aquellos que lo viven; misterioso e inexplicable para los que tratan de adivinarlo y comprenderlo desde fuera- se produce un cambio de percepción: el intrépido e inteligente “nosotros” se transforma en un tímido y frágil “yo”, mientras al desventurado adversario, que se percibía como una única presa de caza, se convierte en un compacto, temible y amenazador “ellos”. […] ”Daba inicio un nuevo día, y la guerra estaba dispuesta a llenarlo con abundancia, hasta el límite, de humo, cascajos, hierro, vendas sucias. Y los días anteriores habían sido parecidos. Y no quedaba nada en el mundo salvo aquella tierra lacerada por el hierro, salvo aquel cielo en llamas”

La desbandá de Luis Melero. Este malagueño se ha visto obligado a simultanear su deseo de ser escritor con los más variados oficios. Al no haber recibido los derechos de autor de su editorial, ha colgado su libro en internet desde donde se puede descargar. La novela narra, a través de la mirada de un niño, cómo se precipitan los acontecimientos en la ciudad de Málaga y en su numerosa familia, desde el golpe de estado de julio del 38 hasta la trágica huida por la carretera de Almería, tras la entrada de las tropas fascistas. Para mi además es especialmente interesante. El personaje de la novela vive a menos de cien metros de la casa donde yo viví mi infancia. Por ello, la geografía de la novela es reconocible por mis recuerdos hasta en el más pequeño de los detalles.

El corazón helado de Almudena Grandes. Novela de postguerra que retrata muy bien el arribismo de los ganadores, que despojan de todo a unos perdedores que se ven obligados a exiliarse en Francia. Los sentimientos de exilio y el personaje del hombre sin ideología que aprovecha los momentos críticos para cimentar su riqueza vendiendo su alma a los vencedores sólo están a la altura de una escritora como ésta.

Cuatro días de enero de Jordi Sierra. El 23 de enero de 1.939 el gobierno republicano abandona Barcelona. Durante cuatro días la ciudad es un caos fantasmal, que está a la espera de los vencedores y, mientras todos inician la huida, un viejo inspector, de ideas republicanas, decide quedarse junto su mujer enferma para encontrar a un asesino y resolver su último caso. Te engancha hasta el final.

El nombre que ahora digo de Antonio Soler. “He perdido mi patria, dejó escrito Gustavo Sintora en el inicio de uno de sus cuadernos. Pero cuando escribió esas palabras, Sintora no se refería a ningún país, a ningún ejército ni territorio, a ninguna bandera. Su patria fue una mujer, una mujer que tenía nombre y ojos de atardeceres”. Con este arranque, la novela del escritor malagueño te atrapa desde el inicio y va presentando a unos personajes de los que es imposible no enamorarse. Una troupe de hombres y mujeres que no están capacitados para la guerra y malviven ofreciendo espectáculos de variedades cerca del frente.

La brigadista de Elisabeta Parshina. Memorias de una joven rusa que vino a España como traductora de las Brigadas Internacionales. Los primeros capítulos de esta biografía cuentan como pidió servir en el frente de guerra, su llegada a Málaga justo pocos días antes de su caída en manos franquistas y sus experiencias en la dramática huida a través de la carretera hacia Almería. Fue lo que vio allí lo que la llevó a empuñar las armas en defensa de la República en primera línea de combate.

Diálogo con la muerte de Arthur Koestler. La vida de este periodista húngaro, de origen judío, que trabajó para el servicio de inteligencia de la República y fue el único que se quedó en Málaga en el momento de su caída, es apasionante y refleja la evolución de lo que significó el siglo XX. En 1.937 escribió “Testamento español”, un libro donde recoge, fruto de su propia experiencia personal y su ideología comunista, el derrumbamiento de los frentes, la caótica situación de la ciudad y la represión. Treinta años más tarde su ideología ha cambiado y, desde el más furibundo antitotalitarismo que le había provocado el estalinismo, reescribe y retitula el libro que pasa a llamarse “Diálogo con la muerte”. Su descripción de los camiones que se dirigían al cementerio con los que iban a ser fusilados (lo narra por experiencia propia) es simplemente acojonante.

También hay otras novelas que, aunque creo que están un poco sobrevaloradas desde un punto de vista literario, tienen la habilidad de contar una buena historia como Soldados de Salamina de Javier Cercas, La voz dormida de Dulce Chacón o Las trece rosas de Jeús Ferrero.

Mi mayor admiración por todos estos libros de los que recomiendo apasionadamente su lectura.

Nota.- Tres años más tarde, consciente de que esta lista se caracteriza sobre todo por las ausencias, decidí completarla en una segunda entrada:

http://dormidasenelcajondelolvido.blogspot.com.es/2013/12/mi-lista-de-novelas-de-la-guerra-civil-2.html