30 agosto, 2010

Los falsos mitos del nacionalismo 1. Las guerras carlistas.

A riesgo de resultar políticamente incorrecto, publico en este articulo algunos de los falsos mitos de los nacionalismos, a los que me ha llevado la investigación histórica para mi novela. En tiempos de susceptibilidades y guerras de banderas, reivindico el sentimiento de los que no entiende otra nación que el bienestar colectivo de los pueblos.

A finales de mi infancia descubrí, en el fondo de una despensa de mi casa, uno de aquellos manuales escolares con los que estudiaban los niños del franquismo. No recuerdo el nombre del niño o la niña de mi familia que aparecía escrito en la primera página, aunque es muy probable que ni siquiera estuviera marcado con los apellidos de ningún propietario, porque, en aquellos años de pobreza extrema, hasta la propiedad más pequeña se convertía en un imposible. Es muy probable que fueran varias las personas que habían estudiado con él. Aunque más que hablar de estudio, habría que hacerlo de adoctrinamiento a una causa impuesta por las armas y que no había sido la por la que había luchado sus padres. Aquel libro desprendía un olor rancio a humedad. No obstante, lo que más me sorprendió era la rancia doctrina que destilaban aquellas páginas, donde todo era explicado desde la visión del fundamentalismo católico y el nacionalismo español más exacerbado. Así, se cuantificaban los enemigos de España en siete: “liberalismo, democracia, judaísmo, masonería, marxismo, capitalismo y separatismo vencidos en la Gran Cruzada” y sobre los pobres decía “Los menos favorecidos deben conformarse con su posición social. La escasez de comodidades puede combatirse con la abundancia de buenas condiciones y resultarán ricos aun en la mayor pobreza”.

En aquellos años en los que la transición trataba de esforzarse por normalizar en las aulas la historia de España, aquel descubrimiento daba otra visión inquietante, de cómo las dictaduras reinventan la historia en beneficio propio. Los Reyes Católicos habían sido sin dudar los mejores monarcas, porque habían logrado la unidad de España y habían descubierto América. Nada importaba que aquellos logros se hubieran basado en la expulsión de los musulmanes y judíos españoles, ni en la explotación de los indígenas americanos. Nada importaba que el país perdiera no sólo la pluralidad de culturas, sino a sus mentes y manos más brillantes en los campos de la economía y la agricultura. Y, en el colmo de la parapsicología, el Apóstol Santiago en persona había ayudado a los reinos cristianos a derrotar a las hordas moras y, con ello, garantizar la cristiandad tan necesaria para la península.

En los últimos meses, la investigación para mi novela me ha llevado a conocer con más detalles bastantes acontecimientos de la historia de nuestro país. Y algunos hechos me han vuelto a proporcionar sorpresa sobre la capacidad de los pueblos a modificar la historia en beneficio propio. Pero lo más triste es que esa efervescencia nacionalista no se produce ya en la oscuridad de la dictadura, sino en plena democracia, donde los diferentes sentimientos nacionales se empeñan es resaltar lo que nos separa y en ensalzar los localismos como arma contra una pluralidad de culturas cada vez más denostada. Todos (absolutamente todos) van al mercado persa a reclamar con victimismo más monedas y lo hacen además argumentando injusticias comparativas con otros territorios vecinos bajo la exclusiva perspectiva del presente, desconociendo la historia o ignorando aquella parte de la misma que no les interesa.

A mitad del siglo XIX, Málaga le disputaba a Barcelona el hecho de ser la provincia más industrializada de España y la que más riqueza generaba, pero, a diferencia de la capital catalana, los industriales que habían generado esa prosperidad no formaban parte de una burguesía local, arraigada a la tierra, sino que habían venido, al calor de las oportunidades, de otros puntos del país y del extranjero. A familias con nombres como Temboury, Gross o Echeverría poco les iba a importar la deslocalización de la riqueza. Ellos tuvieron la habilidad de levantar una pujante industria siderúrgica, que, juntamente con el comercio, que exportaba los vinos y uvas de la provincia a los cinco continentes, y los talleres textiles, habían traído una prosperidad que no iba a durar demasiado y de la que apenas quedan señales. Un ejemplo de aquel bienestar lo podemos ver aún hoy en ese tesoro botánico que son los jardines de la Finca de la Concepción en las afueras de la ciudad.

En la segunda mitad del siglo XIX se desarrollaron tres Guerras Carlistas. Bajo la pugna sobre que monarca Borbón era mejor para España, se disfrazaron también otras luchas. También la de los absolutistas ultramontanos que luchaban contra cualquier avance promovido por el liberalismo y la de los nacionalistas de las provincias del norte que luchaban por mantener sus privilegios económicos. De aquellos principios carlistas aún se nutren algunas ideas políticas del nacionalismo vasco. Tampoco quiero hacer demagogia y simplificar a sólo eso un nacionalismo que bebe de fuentes más complejas, pero resulta curioso que cuando, tras la detención de algunos de los etarras con más asesinatos, se publican artículos que profundizan en sus antecedentes familiares, aparecen abuelos que lucharon en los batallones carlistas que tanto ayudaron a Franco durante la Guerra Civil o bisabuelos que defendieron los fueros, a dios y al rey hace más de un siglo.
Mi tatarabuelo Antonio participó en una de aquellas guerras y cuando se alistó, a los veinte años, como soldado voluntario, probablemente lo hizo por una sola causa: conseguir un mejor futuro para él y su familia, que el que le ofrecía aquella vida rural exenta de oportunidades. Los carlistas perdieron las tres guerras, no por ello perdieron sus beneficios. El gobierno, tratando de calmar sus levantiscas reivindicaciones, benefició la importación del carbón ingles que realizaban las nacientes siderurgias vascas, exonerándoles del pago de impuestos, que si se veían obligados a pagar los hornos malagueños. El resultado fue una rápida falta de competitividad y la ruina y cierre de las industrias andaluzas. Pero no sólo el rey castiga, también Dios lo hace y, como una plaga bíblica, la filoxera destrozó las vides y la poca riqueza que aún quedaba. Los industriales emprendedores marcharon a buscar la riqueza en otros lugares y, ante una falta de burguesía local, el pueblo no supo o no tuvo el coraje de defender su riqueza o de buscar otros medios con los que conseguirla.

Recuerdo muy pocas cosas de mis estudios de derecho, una de ellas son dos principios de Derecho Tributario: el de proporcionalidad y el de equidad. El primero establece que debe existir una relación directamente proporcional entre monto del tributo y capacidad contributiva, al crecer ésta deben aumentar aquellos. El segundo procura que cada uno pague en función de los bienes y ganancias que posee, con el objetivo de ayudar a quienes no pueden satisfacer sus necesidades básicas, y contribuir a mantener los servicios públicos. Yo debo ser un idealista, pero a mí me parecen muy justo que pague más el que más tiene, ya se trate de personas, ciudades, regiones o países, siempre y cuando se realice de forma justa y dentro de una esfuerzo colectivo por parte de todos. Eso es algo que algunos (personas, pueblos, regiones o países no comparten) o, lo que es más curioso, otros, que se definen progresistas, lo comparten a nivel de personas, pero no a nivel de regiones o de países. Como todo principio teórico, la práctica puede dar lugar a excesos, que deberían ser corregidos. A pesar de ello, yo sigo creyendo que son principios justos, al menos más justos que los que proclaman campañas del tipo “ellos se gastan los que nosotros ganamos”, o “sin ellos tendríamos más dinero” que cada vez se “normalizan” más en muchos discursos. Recientemente algunas radios catalanas emitían, sin ningún rubor, una campaña, cuyo objetivo era visitar una web donde se podía comprobar cómo mejoraría la tributación de renta de las personas si Catalunya fuese independiente.

Hoy cada vez más políticos del norte, cuando ven amenazado su bolsillo, critican a ese sur pobre y subvencionado que, según ellos, nunca supo generar riqueza. Lo que su escasa talla política no les permite, es conocer la realidad de una historia mucho más compleja. Aquel rico sur se empobreció por confiar en los políticos, lo que debían haber hecho con sus mentes y con sus manos. Creo que ningún pueblo (o parte minoritaria del mismo) tiene el derecho a cimentar su política en la crítica a otros pueblos y si lo hace, tiene al menos la obligación de conocer toda la verdad antes de hacerlo. Eso es algo que cada vez con más frecuencia no practican bastantes dirigentes de los partidos políticos nacionalistas vascos y catalanes. Y a esos, bajo su look más políticamente correcto, no se les ve la caspa.

26 agosto, 2010

Sí eran españoles y murieron en Mauthausen.

Nunca un viaje tan breve y a lugares tan cercanos (apenas unos kilómetros tras la frontera francesa) me había despertado tantas historias sobre el exilio. Al tirar de hilo, una me ha ido llevando a la otra. Con este cuarto artículo, acabo la serie relacionada con el exilio republicano. La estremecedora (y para muchos desconocida) historia de los miles de exiliados republicanos españoles que murieron en los campos de exterminio nazi.

En agosto de 1.940 algunos de republicanos españoles habían vivido ya un cúmulo de desgracias: habían perdido una guerra civil, huido de una dictadura que los perseguía en su país, cruzado una frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en otro ejército para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y como sus aliados les habían abandonado en el frente de batalla otra vez. Pero aún tendrían que vivir lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa. Muchos de los cuales habían sido abandonados por los británicos en su huida de Dunkerque. Inicialmente, al vestir el uniforme del ejército francés, habían sido trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que estaban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército galo no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir “Esos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”. Existe incluso la sospecha de que en su primera visita a Alemania hubiera pactado sus deportaciones y que, en el posterior encuentro que se produjo en Hendaya entre Hitler y Franco, se confirmara ese acuerdo.

El 5 de Septiembre de 1.940 se ordenó que los “rotspainer” o rojos españoles fueran internados en los campos concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables, con el objetivo de ser exterminados a través del trabajo. En ese momento sólo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde y a partir de las experiencias previas, se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio del pueblo judío. En 1.940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo nazi y, hasta ese momento, el centro de internamiento de Mauthausen, que existía desde dos años antes, había estado ocupado mayoritariamente por presos políticos alemanes y austriacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1.940 cuando salió el primer contigente con españoles hacia Mauthausen. Apenas dos semanas después partió, de la estación de la ciudad francesa de Angulema, el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueros las primeras deportaciones hacia la muerte y los que ocupaban aquellos vagones de carga salidos de Angulema eran 927 hombres, mujeres y niños españoles. Pensaban que su destino era el sur: la Francia no ocupada por los nazis, pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de la estaciones que pasaban y que veían a través de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje, el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse ni abrazarse a ellas. Casi el 90% de los cuales morirían allí.



Los testimonios de los supervivientes sobre la llegada a Mauthausen durante aquellos meses son espeluznantes: el viejo vagón, en el que viajan, llegando en mitad de la oscuridad de la noche; las luces cegadoras de los potentes reflectores que comienza a colarse por las rendijas; el silencio por el que se inician todos los miedos; las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y los gritos y las ordenes en un idioma extranjero e incomprensible. El discurso con el que los recibió el comandante del centro ya les dejaba muy claro su destino: señalando la chimenea, les decía que ésa sería su única salida del recinto. Luego, después de desnudarles y de raparles el pelo, les dieron su uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles).

Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber que les estaba ocurriendo a sus hombres. Luego el tren arrancó y, viajando a gran velocidad durante las noches, iniciaron un periplo que, tras adentrase en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar paradas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje, el tren volvió a detenerse en una vía muerta, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Aquellas mujeres y niñas fueron luego recibidas en las estaciones de trenes en la España franquista al grito de “rojos” y “asesinos”. Era la bienvenida que les daba la dictadura después de aquel viaje hacia la locura.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Fueron los primeros españoles en llegar, posteriormente hasta un total de 7.300 compatriotas fueron registrados allí, donde fueron deportadas, a lo largo del tiempo que duró aquel régimen de horror, cerca de 200.000 personas. Los que tenían más de 40 años eran considerados viejos. Los que sufrían alguna minusvalía eran suprimidos de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no pudieron resistirlo se suicidaban arrojándose a las electrificadas alambradas. Los que iban sobreviviendo eran exterminados a través del trabajo, extrayendo bloques de granito de una cantera situada en el recinto, a pocos kilómetros del Danubio. Allí debieron construir la llamada “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto, se encontraba un lugar, que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”, un caída libre de ochenta metros, por el que despeñaban a los presos por pura diversión.



El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitir nada parecido. Casi 120.000 personas (entre los cuales se econtraban unas 5.000 nacidas en España) murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, los más duros de la guerra, en los que los alemanes parecían invencibles, marchando por toda Europa. Cuando los nuestros alcanzaban el escalón 186, susurraban “otra victoria” y así, los que iban sobreviviendo, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos que iban llegando. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, paulatinamente iban trayendo noticias del avance aliado. Un avance que hizo que trajeran más deportados de otros centros, conforme la línea del frente se iba acercando. Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaban parte del comando de los “Poschacer”, que salvaron los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron luego considerados unas pruebas fundamentales en el Tribunal de Nuremberg, que condenó a los principales jerarcas nazis. El día 5 de mayo de 1.945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada había colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".




Tras la caída del nazismo, Franco quiso dejar patente un distanciamiento con Serrano Suñer, que había sido el principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen fascista y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para intentar un acercamiento a los EEUU. Años más tarde el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que no había sabido nada de lo que habían hecho con sus compatriotas en los campos exterminio. Afortunadamente los documentos pueden desmentirlo. Entre agosto y octubre de 1.940, cuando los primeros exiliados de nuestro país estaban siendo deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde hubo una quinta carta que tampoco recibió respuesta. Una año más tarde, si que recibieron contestación: el comentario era “Archívese”.

Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los republicanos sufrieron la última derrota, las más dura. Según la califican los supervivientes fue incluso más terrible que su supervivencia en los centros de exterminio. Tras la derrota del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar que Franco podría convertirse en un socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volvieron por enésima vez a ser abandonados por sus vecinos de otros países.

Durante décadas, muchos detalles de sus historias fueron silenciados, olvidados. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas. Todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración, pero no todos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron aquel espanto eran compatriotas nuestros y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo hace poco tiempo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido, calidad e interés, es el documental que más han vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV. Yo no sabía de sus existencia hasta hace pocos días. No vi su emisión en ninguna de las dos cadenas. Las televisiones dedican sus horas más importantes y sus promociones a los programan que nos atontan, en lugar de aquellos que nos despiertan la memoria. Creo que debería ser obligatorio que nuestros estudiantes vieran en los institutos documentales como éste. Es duro y triste. Podéis seguir perdiendo el tiempo con telebasura, pero también podéis dedicar una hora a conocer más sobre esta historia estremecedora.


Los neonazis niegan la existencia de los campos de exterminio. A la mayoría eso nos indigna. Los neofacistas españoles, muchos de los cuales se disfrazan integrados en las filas de partidos democráticos, niegan la maldad del franquismo. Y eso no indigna a la mayoría. Cada vez que aparecen publicados artículos que destapan esas vergüenzas, en las ediciones digitales de los periódicos, aparecen comentarios de esos fascistas tratando de imponer su versión mentirosa, insultando a nuestra memoria y nuestra inteligencia. Pero esa verdad incomoda existe, no podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En el siguiente link están los nombres de todos los españoles registrados en Mauthausen. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista.


23 agosto, 2010

El heroísmo de los republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, aún se encontraban en Francia casi 150.000 excombatientes republicanos. La mayoría de ellos habían sido recibidos con hostilidad por las autoridades galas cuando habían cruzado la frontera sólo unos meses antes. Ahora volvían a ser hombres que, con experiencia en el combate tras la Guerra Civil Española, podían desempeñar funciones muy útiles en las acciones militares. Les ofrecieron alistarse en la Legión Extranjera para poder salir así de los campos en los que los habían internado, pero la mayoría, movidos por fuertes ideales, no aceptaron integrarse en ese cuerpo. Cuando las autoridades del país vecino comprobaron que los alistamientos eran escasos, inventaron una fórmula donde poder reclutar a aquellos antiguos soldados: las Compañías de Trabajadores Extranjeros, a las que se les encomendaron órdenes de defensa y construcción de fortificaciones. Se calcula que unos 75.000 hombres se alistaron voluntariamente o de forma forzosa en esas compañías. Otros 35.000 ingresaron en el ejército francés.

Desde el primer momento del conflicto, los antiguos combatiente republicanos participaron brillantemente en las acciones bélicas contra los nazis. Al inicio de la guerra, los aliados decidieron ocupar los puertos del norte de Noruega, desde donde se embarcaba el hierro de las minas suecas con destino al Tercer Reich, pero los alemanes se les adelantaron e invadieron el país. Cuerpos expedicionarios franceses y británicos trataron de ayudar a las fuerzas noruegas a reconquistar su país, pero, frente a la superioridad enemiga, decidieron concentrarse en los puertos del norte. Entre ellos estaba la 13 Brigada de la Legión Extranjera Francesa, compuesta en su mitad por antiguos republicanos, que consiguió liberar la población de Narvik, pese a las muchas bajas que le ocasionó un enemigo muy superior. El general Béthouart, que estaba al mando de la brigada, definió a aquellos novecientos españoles como “morenos, alborotadores, difíciles de mandar, pero de una valentía extraordinaria”. La gesta resultó estéril, porque el Alto Mando Aliado decidió la retirada del país, en vista del desastre que se estaba produciendo en el frente francés. En esa batalla murieron muchos españoles, que están allí enterrados. Uno de ellos, ganó la primera medalla militar francesa. La primera condecoración de los varios millares que obtendrían nuestros compatriotas durante la contienda mundial.


Tumbas de soldados españoles en Narvik

Tras el rápido avance de las divisiones alemanas y el derrumbe del frente en Francia, los soldados británicos y franceses quedaron sitiados en el puerto de Dunkerque. Hasta allí dirigieron los ingleses, a la desesperada, todas las embarcaciones posibles. Durante cinco días estuvieron embarcando a las tropas británicas, sólo entonces permitieron el embarque de las tropas francesas y del resto países. De esas tropas formaban parte unos veinte mil españoles, enrolados en ocho Compañías de trabajo, de la 111 a las 118. Menos de la mitad pudo llegar a Dunkerque, el resto cayó en los combates o fueron hechos prisioneros. A los que consiguieron llegar al puerto no se les permitió subir a los barcos. Menos de dos mil consiguieron alcanzar la costa inglesa con sus propios medios y la mayoría de los cuales fueron tratados como prisioneros alemanes e incluso devueltos a Francia. Los republicanos que habían sido apresados por los nazis en Francia fueron considerados apátridas, desprovistos de su condición de prisioneros de guerra y deportados a los campos de exterminio. Muchos de ellos fueron internados en Mauthansen. Esa es otra historia que merecer ser contada.

Los nuestros siguieron combatiendo durante la guerra en varios frentes, tanto en Europa como en el Norte de África. En 1.942, se creó el XIV Cuerpo de Ejército de Guerrilleros Españoles, en homenaje al cuerpo del mismo nombre que había luchado durante la Guerra Civil. Estaba formado por 7 divisiones y 31 batallones, que posteriormente se convirtieron en la Agrupación de Guerrilleros Españoles. Estas unidades, aunque en teoría dependían de las Fuerzas Francesas, tenía 
total autonomía y fueron fundamentales en acciones de la Resistencia contra los alemanes.



En la noche del 24 de agosto de 1944, la 9º Compañía irrumpió en el centro de Paris por la Porte d’Italie. Aquellos militares vestían uniforme estadounidense, pero pertenecían al ejército francés que venía a liberar París. Sus tanques tenían escritos en el carenado nombres como Belchite, Guadalajara o Brunete. El primero que entró en la plaza del ayuntamiento, disparando contra un nido de ametralladoras alemanas, exhibía en letras blancas la palabra Ebro. Cuando los civiles salieron a la calle cantando la Marsellesa, felices por la liberación, se sorprendieron de que aquellos primeros soldados hablaran castellano y ondearan la bandera tricolor de la república. La novena estaba formada por españoles y pertenecía a 2ª División Blindada que, al mando del general Leclerc, había participado en el desembarco de Normandía y en el avance aliado hasta la capital gala. También en una operación militar de alto contenido simbólico como fue la toma del Nido del Águila, la residencia de montaña desde donde Hitler había planeado la conquista de Europa. De los 148 soldados españoles que habían desembarcado en la llamada playa de Utah en Normandía, sólo 16 habían conseguido sobrevivir. La sección que abría el desfile de la victoria del General de Gaulle por los Campos Elíseos de Paris era la Novena, con sus tanques con nombres de ciudades, donde habían librado combate durante la guerra civil. En marzo de 1.945 el gobierno francés, les concedió a los republicanos la condición de refugiado, en reconocimiento por sus actos heroicos en la Resistencia y en la victoria sobre el fascismo.


Españoles en el desfile de la victoria

Pero luego la historia oficial se olvidó de ellos. El valiente ejército británico no quería recordar la vergüenza de su comportamiento en Dunkerque y el nacionalismo chovinista de De Gaulle no podía permitir que se recordara que fueron los españoles los que primero habían entrado en París. Aquellos hombres, que después de ser derrotados en su país y de ser maltratados por sus vecinos, no dudaron en volver a luchar para liberar a Europa del fascismo, también vieron incumplida su última esperanza. Europa no quiso continuar su lucha y permitió que el dictador fascista de España muriera en la cama después de una larga dictadura de cuarenta años y que las historias de esos valientes durmieran, como otras tantas, en el cajón del olvido.

Podéis encontrar más información en la siguientes webs, que considero muy interesantes:


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19 agosto, 2010

La playa de la ignominia.

La semana pasada, mientras mis pasos caminaban por la arena mojada de una playa del sur de Francia, veía como el mar se encargaba de borrar mis huellas y como mi hija me acompañaba en el paseo por la orilla, jugando con la espuma de las olas que levantaba el viento. Miles de turistas franceses tomaban el sol y la brisa de la tarde de agosto, ajenos a lo que ocurrió en este mismo lugar hace ahora setenta y un años.

La playa de Argelés se convirtió a partir de enero de 1.939 en un campo de concentración, donde quedaron internadas más de cien mil personas que huían del avance de las tropas franquistas. Tras el derrumbe del frente cercano a Barcelona, comenzó la mayor diáspora de la historia española, la huida hacia Francia, como única salvación, para los republicanos derrotados: coches sin gasolina, abandonados en las cunetas; mujeres que iban perdiendo sus maletas; familias enteras caminando a pie sobre el barro; niños que resistían la agonía del frio del invierno bajo las mantas; hombres harapientos cargados con fardos; soldados a la deriva, taciturnos y abatidos, que, después de abandonar sus fusiles sobre pirámides de armas amontonadas en la frontera, parecían sólo muñecos de trapo, derrotados. A todos ellos les esperaban el gesto feroz de los gendarmes franceses, las bayonetas caladas de las tropas coloniales senegalesas, los alambres de espino, el frío y el hambre.



El cinco de febrero, el gobierno francés de Edouard Daladier, ante la presión de la opinión pública internacional, se vio obligado a abrir la frontera y permitir el paso de los refugiados. Apenas un mes más tarde, el informe Valière, realizado a petición del propio gobierno, estimaba la presencia de casi medio millón de exiliados españoles en territorio francés, la mitad de los cuales eran soldados, pero el resto eran mujeres, heridos, ancianos y niños. La población del departamento de los Pirineos Orientales casi se había doblado en pocas semanas. El desastre humano no tuvo la respuesta adecuada y las autoridades galas, impotentes y desbordadas ante la situación, decidieron internar a los republicanos en las playas de Argelés, a sólo treinta y cinco kilómetros de España.

Cercaron el perímetro con alambres de púas, dejando una única salida al mar. Sin electricidad ni agua, sin barracones, letrinas, enfermerías, cocinas…, aquellas personas tuvieron que sobreponerse a las desgracias y excavar refugios en la tierra, las llamadas “conejeras” y tiendas de lona, que les protegieran del frio viento invernal que asolaba la orilla. Los escasos víveres que habían conseguido transportar, se habían agotado por el camino y la alimentación era muy escasa, apenas consistía en mendrugos de pan, que les arrojaban desde camiones, y sacos de legumbres que tenían que cocinar con el agua salada del mar. La potable, que se distribuía en camiones cisterna, tan sólo alcanzaba para apagar la sed. Se vieron obligados a asearse y defecar en la orilla, convertidas en estercoleros. Escarbaron pozos en busca de un agua contaminada, que rápidamente extendió la disentería y el tifus. Los escasos médicos españoles trataban de curarlos con unas pocas aspirinas y pastillas de caldo de pollo. Con la bajada de las temperaturas empezaron a morir los más débiles. Bajos las carpas, las madres parían a sus hijos sobre la arena húmeda y luego los protegían del frio en cajas de cartón. Las mujeres jóvenes tuvieron que soportar el acoso y en ocasiones las violaciones de gendames y senegaleses. Muchas de aquellas personas repetían diariamente el mismo gesto: levantaban el puño en señal de protesta por el maltrato y las malas condiciones. Con ese ademán aparece inmortalizado su sufrimiento en algunas de las fotografías que les tomaron.



En marzo el fotógrafo Robert Capa, que había sabido reflejar a través de su cámara el sufrimiento de los republicanos durante la guerra civil, visitó el campo, que en aquel momento albergaba a más de ochenta mil personas. La descripción que hizo del mismo fue muy dura: "...un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento".
Pese a las penurias, consiguieron alzar algunos barracones e incluso realizar actividades culturales que trataban de levantar el ánimo colectivo. La solidaridad era lo único que les quedaba para tratar de mantener una mínima dignidad. Finalizada la guerra civil, las autoridades francesas lograron persuadir a la mitad de los refugiados, que dieron credibilidad a la promesa de perdón de Franco y regresaron a España, la mayoría lo pagaron con la vida o con la cárcel. Las peticiones de integrar al resto en la vida civil en el país vecino fueron desoídas y permanecieron en la playa hasta que, seis meses después de abrirse el campo, estalló la Segunda Guerra Mundial y los nazis invadieron Francia. El campo fue acondicionado entonces para recibir a prisioneros judíos, gitanos y apátridas. Muchos de los hombres se vieron obligados a alistarse en los batallones de trabajo y luego no les quedó otra salida que volver a empuñar las armas. Volverían a enfrentarse al fascismo con honor y valentía, pero esa ya es otra historia que también merece ser contada.
El último invierno fue el más duro. Un frío glacial y la acumulación de penalidades elevaron la mortandad, especialmente entre los niños. La lucha por la supervivencia y la dignidad no decayó. Cuando trataron de deportar a África a los brigadistas internacionales que aún quedaban, las mujeres comenzaron una protesta que duró varios días. Poco tiempo después, las autoridades cerraban el campo.
La arena y el mar de la playa de Argelés hoy llena de turistas, aún guarda el sufrimiento, pero la memoria no puede ser sepultada y pervive en el recuerdo de los escasos supervivientes que aún quedan y a través de las palabras de sus hijos.
TV3 emitió el diciembre pasado un documental sobre el campo de concentración de Argelés. Los noventa minutos de duración recogen muy bien el drama que miles de personas sufrieron allí. Merece la pena verlo en


17 agosto, 2010

Los días azules del sol de la infancia.

Unas pequeñas vacaciones me han acercado a lugares hermosos, pero donde se escribieron algunas de las páginas más duras de los primeros momentos del exilio republicano. En este artículo que acabo de publicar en mi blog, relato los últimos días de Antonio Machado y su muerte en Colliure, que pueden simbolizar el sufrimiento de todo un pueblo que se vio obligado a abandonar su patria.

En enero de 1.939, tras la caída de Tarragona en manos de las tropas franquistas al mando del general Yagüe, el frente que separa al enemigo de Barcelona se desmorona. Los aviones nacionales intensifican sus bombardeos sobre la ciudad. El pánico se extiende rápidamente y el gobierno se traslada hacia el norte. Sólo unos pocos intentan levantar las últimas barricadas, en un intento desesperado y sin apenas armas. Durante aquellos días de enero, el descontrol en la capital catalana era enorme. Comienza el éxodo de medio millón de republicanos que tratan de salvar sus vidas. Su única esperanza es cruzar la frontera francesa.

Entre ellos se encuentra Antonio Machado. Él ya sabe lo que significa la huida. A los pocos meses de estallar la guerra, se había visto obligado a abandonar Madrid, cuando la capital parecía que estaba a punto de caer en manos enemigas y el gobierno se trasladó a Valencia. Posteriormente el avance nacional y el riesgo de que el territorio republicano se partiera en dos a la altura de Castellón (hecho que se acabó produciendo) le llevó hasta Barcelona. Ahora le espera la última huida, la más dura. El 22 de enero, un coche le recoge en Torre Castanyer, la villa situada en el Paseig de Sant Gervasi, en la que se aloja y adonde había llegado, huyendo del ajetreo del Hotel Majestic. Le acompañan su hermano José y su madre, ya muy anciana. El automóvil sale de Barcelona durante la noche, mientras la aviación enemiga bombardea una ciudad ya gobernada por el caos. Se une a una comitiva de la que forman parte diversos intelectuales y escritores con los que compartirán el camino. Tratan de llegar a Girona, pero se lo impide la marabunta de vehículos sin gasolina o estropeados que colapsan las carreteras. Finalmente, después de varia jornadas de viaje, alcanzan una masía ya cercana a Francia, donde pasarán la última noche en territorio español. Desde allí, con el coche ya estropeado, continúan el camino en una ambulancia que queda atrapada en el atasco. La desesperación ha hecho que las gentes abandonen los vehículos y emprendan a pie la huida. Al parecer también Machado se vio obligado a caminar la última parte del camino, ligero de equipaje, para cruzar la aduana. En la ambulancia queda abandonada su maleta, que contiene algunos de los poemas que había escrito recientemente. Nunca se ha vuelto a saber que ocurrió con ella, ni con los papeles que contenía. Cuando llegan a Port Bou, el frío y la lluvia se han intensificado. Ana, la madre de Machado, preguntaba entre susurros cuando iban a llegar a su casa de Sevilla. Cruzan el paso fonterizo y se ven obligados a dormir la primera noche del exilio en un viejo vagón, olvidado en una vía muerta de la estación de Cerbère. Aún hoy ambos pueblos, separados por escasos metros y una frontera, tienen cada uno de ellos una enorme estación de tren, casi más grande que la villa, que no se comunican entre ellas. Dos estaciones de término hacia ninguna parte.

Su hermano José recogió luego en su diario: “Allí el espectáculo que se ofrecía a los ojos era desolador. Los españoles caídos y deshechos, sin dinero, éramos tratados por los mozos de aquel establecimiento con tan innoble y repugnante desprecio, que lo primero que preguntaban era si teníamos dinero con que pagar. En caso negativo, no daban ni un vaso de agua. Esto sucedía en la cantina.” Aún así, el hecho de que sus acompañantes le comentaran al comisario francés de la importancia de su persona, les evitó el acoso que los gendarmes y los soldados senegaleses estaban realizando a los exilados republicanos, que estaban siendo separados y conducidos a los campos de concentración de Argelès. Finalmente un amigo, Corpus Barga, consigue llevarles hasta Colliure. Aún hoy, este pueblo de la costa francesa, tan próximo a España, conserva la hermosura con la que lo pintó Matisse en algunos de sus cuadros.

En Colliure se alojan en un pequeño hotel de dos plantas, preocupados por su falta de dinero. A Antonio y a su hermano tan sólo les quedaba una única camisa, que comparten bajando a comer por separado. Machado no salió durante aquel tiempo a la calle. No quiso disfrutar de la belleza de aquel pueblo. La enfermedad, la tristeza por el exilio y por las noticias que llegaban de España le estaban apagando la vida. La única salida la realiza poco antes de su muerte, cuando le pide a José que le acompañe a ver el mar. Viendo las casas de los pescadores le comenta: "¡Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación!". A la mañana siguiente comenzó a sentirse mal y su neumonía empeoró. A las cuatro de la tarde del 22 de febrero, un miércoles de ceniza, el poeta agonizaba sobre una cama verde. Su madre moriría sólo tres días más tarde.
La noticia de la muerte del poeta se extendió con rapidez. Seis milicianos de la Segunda Brigada de Caballería del Ejército español, que estaban recluidos en el pueblo, se presentaron para portar el féretro, cubierto con la bandera tricolor de la República Española, hasta el pequeño cementerio. Buena parte de la población de Colliure acompaña con la comitiva. Lo entierran en un nicho prestado, a su madre lo harán en el depósito de pobres
Al día siguiente llegó una carta con el ofrecimiento de la Universidad de Cambridge de un puesto como docente en la misma.
En 1.958 los restos de Antonio Machado y de su madre fueron depositados en la tumba que actualmente ocupa, muy cerca de la entrada del cementerio de Colliure. En ella hay un pequeño buzón lleno de cartas (desconozco quien las lee) y decenas de pequeños objetos de personas que peregrinan hasta allí para rendirle homenaje. En ellos puede verse la admiración que aun despierta. Puedo asegurar que leer esos mensajes no te deja indiferente. Cuentan que hace años los alumnos de un colegio le llevaron tierra de un limonero de un patio sevillano.
Poco después de su muerte, su hermano encontró en un bolsillo de su viejo gabán un papel arrugado. Contenía sus últimos versos: “Estos días azules y este sol de la infancia”.