28 diciembre, 2012

La cobardía del coronel Villalba (y 2)


Hace ahora tres años publiqué en este blog un artículo titulado La cobardía del coronel Villalba. Ha sido, con gran diferencia, el que más comentarios ha generado. Algunos, de ideología fascista, lo han defendido como un valiente que defendió la causa nacional desde el enemigo, otros, en cambio, tratan de argumentar que siempre defendió la República y se comportó como un buen militar. Salvo un comentario fanatizado, que demostraba una total falta de respeto por los derechos humanos de los miles de civiles que murieron en la desbandada de Málaga, no he censurado ninguno. Tres años más tarde, quiero matizar algunos puntos y ratificarme en la mayoría. Para ello, me referiré a bastantes testimonios de algunos testigos de los hechos que, conociéndolos, no detallé en el artículo anterior. No soy historiador. Tampoco lo pretendo. Quizás en el futuro aparezcan documentos que aporten más luz a los hechos y nos den una visión diferente, pero hoy sigo ratificando que la conducta del coronel Villalba me parece cobarde y vergonzosa.

El 14 de enero de 1.937 el General Martínez Monje fue a Málaga por orden del Presidente del Gobierno, Largo Caballero que le había obligado a ir para conocer la situación real del frente que rodeaba la ciudad. Expuso lo que vio: "Este Sector, en las horas que llevo, presenta una ausencia total de mando y de energía en quien lo ejerce, por lo que considero urgentísimo el relevo de Coronel Hernández Arteaga, proponiendo para sustituirle a Villalba, Arana y Verdú por el orden que indico. La falta de moral se advierte hasta en los mandos subordinados, pero creo se corregirá con un Jefe Sector adecuado con carácter y energía que obligue al cumplimiento del deber”.

Lo cierto es que Villalba no era el hombre adecuado para esa misión y, como señalan algunos libros, palideció cuando fue nombrado para el cargo y confesó “que no se consideraba con capacidad suficiente para asumir el mando”. Al parecer le habían ofrecido al general Kleber dirigir la defensa de Málaga, pero éste contestó: “no quiero ser el general de la derrota”.

Villalba llegó a Málaga el 16 de enero. Ese día la situación se complicó con la pérdida de Marbella. Martinez Monje se marchó inmediatamente y su estampida fue considerada como una deserción. Por ello, fue cesado del mando del Ejército del Sur, que se le encargó a Villalba. Un temporal de lluvias detuvo las operaciones militares y durante ese tiempo llegaron pocos refuerzos: un batallón de la 20ª Brigada Mixta y otro de Infantería de Marina. Pero lo cierto es que los medios con los que contaba para defender la ciudad eran escasos: unos días más tarde cayó abatido el último Polikarpov con lo que no había ningún avión que defendiera el aire y la anunciada presencia de la armada republicana nunca se produjo. Sólo un héroe hubiera podido defender con un esfuerzo sobrehumano lo indefendible y estaba claro que Villalba no lo era. El General Rojo, en cambio, tuvo una actuación muy diferente en la defensa de Madrid.

Si bien Villalba no fue el máximo responsable de la caída de Málaga si lo fue, con su comportamiento vergonzoso, de las pérdidas civiles que se produjeron entre la multitud que huía en desbandada.

El 5 de febrero, ante la pregunta del general Martinez Cabrera, Villalba confesó que desconocía la situación de la línea del frente porque había perdido el contacto con sus tropas. Según recogen algunos libros, era incapaz de inspirar a sus hombres el valor necesario y además su temperamento de oficial clásico inspiraba poca confianza entre la población civil. Uno de los testigos de los hechos que acontecían en la ciudad, Edward Norton lo describe así: “el recién llegado coronel Villalba era un desastre y estaba muerto de miedo”. Esa misma tarde a las 16:30 convocó una reunión con el asesor soviético Kremen y varios dirigentes políticos, entre los que se encontraban el anarquista Margalef y el comunista Bolívar y tomó la decisión de trasladar a Nerja la Jefatura del sector, según confesó el propio Bolívar en la investigación que se abrió semanas más tarde para tratar de esclarecer los hechos. Desde allí intentarían comunicarse con el Ministerio de Guerra.

A continuación se marchó a toda prisa. El momento de su huida esta descrito por Arthur Koestler que describe el diálogo que mantuvo con él en ese instante:

 “- ¿Qué quiere? –me pregunta con tono nervioso-. No ve que tengo prisa. Puedo darle la siguiente declaración. La situación es difícil, pero Málaga se defenderá.”
“- ¿A dónde va? -pregunto. Pero ya ha salido.
“Me acerco rápidamente a una ventana y miro hacia abajo. Villalba y sus oficiales suben a un automóvil. Todos parecen algo avergonzados. El automóvil sale del patio.
“- ¿A dónde se fue? –pregunto a un oficial que conozco.
“-Ha desertado” –dice el oficial tranquilamente.

Villalba no comunicó a nadie la salida, ni el lugar a que se dirigían, ni el objetivo o finalidad de su marcha. Ni siquiera al Gobernador Civil, a la Base Naval, ni a la propia Comandancia Militar. Dos horas más tarde, ordenó por teléfono, ya desde Nerja, al Jefe de su Estado Mayor, que ignorante de todo había quedado en la capital, la retirada de todas las tropas sobre Vélez Málaga, enviando por delante las municiones. En ese momento, el responsable de la base naval, que si permanece en su puesto, le comunicó al Ministro de Guerra Asensio que, pese a la huida las tropas, el enemigo no ha entrado aún en la ciudad.

Unas horas más tarde, Villalba volvió a reunirse en Vélez con Bolívar y otros dirigentes. Elisabeta Parshina, que estuvo presente en la reunión, lo describe: “Encontramos a Villalba sentado cabizbajo, en una banqueta de madera. Era relativamente joven, sus ojos negros y sombríos no parecían cansados sino desesperados”

La propia Parshina lo encontró más adelante en plena huida: “Era difícil avanzar en esta muchedumbre y el coche apenas se movía. Cerca del mediodía vimos en el arcén a Villalba y a sus dos ayudantes. Estaba de pie contemplando sombrío a la muchedumbre. Al lado, su chófer hurgaba desesperadamente en el motor del lujoso coche del Estado Mayor. El coche empezó a maniobrar intentando llegar hasta el oficial, pero el camino quedó cortado por un destacamento de caballería. Los soldados caminaban llevando de las riendas a sus caballos cargados de niños. Por fin llegamos hasta el coronel. Arthur le ofreció un sitio en el coche. Por primera vez en todos estos días, en la cara de Villalba se dibujó algo parecido a una sonrisa”

Cuando Villalba se puso en contacto con el gobierno en Valencia, Largo Caballero le ordenó que regresara a la ciudad y la defendiera “a toda tenacidad y todo trance”. El coronel le respondió que era una locura porque los nacionales ya habían entrado en la ciudad. Cuando le confirmaron que aún quedaban soldados en la base naval que decían lo contrario, se negaba a creerlo. La conversación que mantuvo con Asensio fue la siguiente:

V -Oye, Pepe, he recibido orden del ministro para que vuelva a Málaga y...
A -Tú no has debido salir de Málaga.
V -En Málaga han entrado los fascistas y el que diga otra cosa miente. Yo no he abandonado Málaga.
A - Mira. Tú no has debido salir vivo de Málaga, sino que debiste quedarte allí como te ordenó el ministro.
V -Tú no sabes lo que pasa en Málaga. ¿Qué yo vuelva a Málaga? Ja, ja , ja. ¿Quieres que me entregue a Franco?
A -Lo que tienes que hacer es volver a Málaga, de donde no has debido salir.
V -¡Claro, y que me coja Queipo! ¡Si eso es lo que queréis!
A -Tu has recibido orden de volver a Málaga y debes volver con la tropa .
V -¿Con qué tropa? Si ya no tengo t ropa, son peleles. Y te advierto una cosa que no ya Málaga, sino Motril se perderá como no acudáis a tiempo. Pero, mira ¿cómo voy a volver a Málaga, si en Málaga están ya los fascistas?
A -En Málaga no están los fascistas.
V -Pero hombre, ¿cómo me vas a decir a mí que no están?
A -En Málaga no están los fascistas. Estamos en comunicación con el jefe de la base naval.
V -¿Quién es ese?
A -Hay también cinco marineros de " Ártabro", a uno de los cuales conozco yo y es persona de toda mi confianza. Además, el parte de guerra faccioso dice que están a tres kilómetros de Málaga. Te repito, vuelve a Málaga de donde no has debido salir vivo.
V -Eso es decirme que me entregue a Franco. Desde ahí se dicen muy bien las cosas. Intentaré entrar en Málaga; allí vuelvo. Pero conste que esto es una nueva faena que me hacéis.
A -En el Ejército no se hacen faenas, se dan órdenes.

Villalba, que consideraba una locura imposible su vuelta, desobedeció las órdenes y continuó hacia Motril. Pasada la medianoche tuvo desde allí una conferencia con Sanmartín, el jefe de la Base Naval de Málaga:

J. B. N. - Oiga mi coronel, ¿cuál es su decisión sobre Málaga?
Villalba. - ¿Qué hace usted en Málaga? ¿Dónde está?
J. B. N. - Yo estoy en las Oficinas de Italcable, en comunicación con el Estado Mayor de la Armada .
Villalba. - Pero si están los fascistas en Málaga, ¿cómo va a estar usted ahí?
J. B. N. - Pues estoy en Málaga. Los fascistas no están en Málaga.
Villalba. - ¡Usted qué va a estar en Málaga! ¿Quién está con usted junto al aparato?
J. B. N. - Un ordenanza de aquí. Estoy en Málaga, en Italcable. ¿Ha recibido usted mis dos telegramas?
Villalba. - Pero, mire, si los fascistas estaban a las nueve y media de la mañana, ya en La Caleta y habían empezado a detener a gente, ¿cómo me va usted a mí a convencer de que está en Málaga?
J. B. N. - Pues yo estoy en Málaga. Está también un capitán de milicias y cinco marineros del " Ártabro". Además, me acabo de enterar de que en Alhaurín queda resistiendo un grupo de unos 300. Vuelva usted a Málaga.
Villalba. - Todo eso es muy posible, como también puede serlo que usted continúe en Málaga, pero vamos a ver, ¿por qué no salió usted de ahí cuando se dio la orden de evacuación? ¿Es que no la recibió?
J. B. N. - Sí, la recibí.
Villalba. - ¿Por qué no evacuó?
J. B. N. - Porque no soy aficionado. Bueno, mi coronel, ¿qué va usted a hacer?
Villalba. - Yo voy ahora para Málaga, otra vez a Málaga.
J. B. N. - Venga usted pronto, mi coronel. Aquí le espero. Salud.

A la una llamó a Villalba el jefe que mandaba la columna que operaba en Vélez Málaga. Era un teniente coronel y se apellidaba Braquey:

Braquey. - Oiga usted, mi coronel, esto está muy mal.
Villalba. - ¿Pues qué pasa?
Braquey. - Nada, la tropa está muerta de miedo. Está muy desmoralizada viendo lo que pasa.
Villalba. - Manténgase ahí a toda costa que yo voy para allá.
Braquey. - No, aquí no puede ser, ya tenemos enfrente ocho o diez camiones y no puedo sujetar a la tropa. El ataque de esta mañana lo he aguantado, pero el que me van a dar en cuanto amanezca no lo resisto.
Villalba. - Bueno, si tan mal está, repliéguese sobre Torrox y espere.
Braquey. - Bien, pero desde luego, lo que no puedo hacer aquí tampoco voy a poderlo hacer en Torrox. No he visto nunca desmoralización mayor. La tropa está viendo desde esta mañana el paso de los de Málaga y no está tranquila.

Villalba continuó huyendo. Queipo de Llano en su charla radiofónica el día de la caída de Málaga dijo esto de él: “iAy Villalba, qué poco ha faltado para que caigas en nuestras manos! Es trágico tu destino. Pocos días antes del movimiento, Villalba estuvo con el general De Benito, indignado con los marxistas y diciendo que si estallaba pronto el movimiento él se echaba a la calle porque no podía aguantarlos más. De Benito le suplicó que tuviera paciencia, que pronto llegaría ese momento. ¿Qué pasó después? Pues por lo visto, como en Barcelona, se retrasó un poco la sublevación, se las dio de vivo y se hizo rojo por miedo. Fracasó en Cataluña al mando de las columnas que enviaron contra Huesca y después, para desquitarse quizás, lo mandan para Málaga. Hay quien dice que Villalba no es rojo y que está dispuesto a fracasar por propia voluntad. ¿Por qué no ha fortificado Málaga? Y que no ha querido resistir para congraciarse con nosotros. No; nosotros no aceptaremos a traidores y criminales como tú a nuestro lado. Sufre tu destino y huye de España, quizás tengas que ganarte el pan cargando bulto s en algún puerto, si no haces como tu compa ñero Miaja que se lleva todo lo que puede . Sigue tu destino y que el peso de tu conciencia te abrume muchos años.”

Villalba era jefe de la 2ª media Brigada de la I Brigada de Montaña de la guarnición de Babastro. Su carácter derechista se llevó a afiliarse a la UME y era un firme puntal para el alzamiento del 18 de julio. En esa fecha, dependía de la V División, con sede en Gerona. Su postura a favor del Frente Popular, sorprendió a todos pues estaba conectado con Zaragoza, para poner en marcha el mecanismo de la rebelión, habiendo asistido a primeros de julio, a una entrevista de Cabanellas, el General De Benito y el Coronel García Conde. Aunque en un primer momento se mantuvo dubitativo, su falta de apoyo a la causa rebelde, dejó desguarnecido el flanco que había de contener -de acuerdo a los planes de Mola- a las fuerzas catalanas y dejó en grave situación a Zaragoza, Huesca y Teruel. El Coronel VillaIba, iba después a mandar columnas anarco-sindicalistas que en contacto con Durruti, intentaron el asalto a Zaragoza y Huesca. La disidencia con los anarquistas le hizo pedir su traslado y tras una breve estancia en Cataluña, fue destinado al Sur.

Después de la guerra, se exilió en Francia hasta julio de 1.949, cuando regresó a España y se presentó voluntario en la Secretaría de Justicia de la Capitanía de Madrid. El fiscal estimó en primera instancia que durante la guerra había cometido el delito de rebelión. En su defensa Villalba argumentó que nunca había compartido las ideas de los republicanos y que había facilitado la caída de Málaga. Aunque fue condenado a 12 años, fue indultado por Franco. 

14 diciembre, 2012

Salvoconducto para la esperanza


Hay mensajes que perviven ocultos durante mucho tiempo y aparecen, de improviso, en el lugar más insospechado, palabras descubiertas por el azar que revelan en un segundo un sentimiento escondido a lo largo de décadas. Hay historias de personas anónimas, humildes, que duermen en el cajón del olvido a la espera de merecer la luz.

Hace cuatro años, cuando decidí escribir una novela con las narraciones maravillosas que mis tías me contaban al calor de las cocinas, ésas que explicaban la vida, dura y difícil, de los miembros de mi familia, comencé a recopilar las fotografías antiguas porque, a través de ellas, es más fácil imaginar y entender a sus protagonistas. El pequeño patrimonio estaba repartido entre los “Mitaíllas”, el apodo legado por el bisabuelo que conservamos con orgullo, aunque la palabra pierda todo significado lejos del pueblo de la vega granadina donde él vivió. Y los “Mitaíllas” lo guardaban como un tesoro muy querido, una herencia que fue aflorando de cajas viejas y álbumes gastados. Las visitas, acompañadas de esa cordialidad que invita a degustar la morcilla y el chorizo de la última matanza, también fueron la excusa para volver a escuchar de nuevo algunos de aquellos relatos y descubrir detalles desconocidos.

Pero algunas de las fotografías más valiosas estaban en mi casa de Málaga –la casa de los padres nunca deja de ser propia-, guardadas en un álbum de tapas rojas que había pertenecido a mi abuela María. Una de ellas, pequeña y arrugada, me llamó la atención. De entre la bruma sepia que rodea las imágenes antiguas aparecen mi madre y mi tía Encarna cogidas de la mano en una calle imprecisa de Granada. Al fondo las siluetas borrosas, oscuras, de varias personas se alejan caminando por la acera, junto automóvil aparcado, quizás un viejo Ford negro de principios de los treinta, que entra en una esquina del encuadre.

Mi madre debe tener seis años, mi tía acaba de cumplir los cuatro. La foto no tiene fecha, pero debió tomarse a finales de 1.942. Los abrigos revelan la cercanía del invierno, tal vez el más triste de sus vidas. Las niñas miran desconfiadas a la cámara como si fuera un objeto extraño. Sin duda debía ser novedoso para ellas porque no se conserva ninguna fotografía más antigua. Las han vestido con las ropas del domingo, con sus trenzas y sus lazos en el pelo. María lleva un abrigo oscuro, con cuatro botones plateados y solapas redondas, el mismo con el que aparecerá en otra fotografía algo posterior, un poco más mayor y más delgada. Encarnita viste uno más claro y muestra esa mirada traviesa de las niñas enfadadas. Por debajo de los abrigos abrochados hasta el cuello, apenas sobresalen unos vestidos a cuadros y las piernas delgadas que acaban en unos calcetines blancos dentro de los zapatos gastados. Cuando uno las mira, casi puede percibir el frío de la mañana gris, el desamparo de sus ojos delata la tristeza imborrable de los niños nacidos con la guerra, esa expresión de orfandad que tienen los que han sido privados de sus madres.

La imagen, que permaneció mucho tiempo pegada a un álbum, iluminó en su reverso un testimonio imprevisto, la letra torpe, con faltas de ortografía, de mi madre le escribía un mensaje a mi abuela. Entre la caligrafía nerviosa se distinguen algunas palabras: “Te mandamos las fotos para que nos beas. Mil besos”



He tratado mil veces de imaginar a mi abuela en el pabellón de lactantes de la cárcel de Granada en el momento en el que, probablemente una monja, le entregó el sobre abierto que contenía un pequeño trozo de intimidad censurada. Detrás de la nerviosa caligrafía infantil se revela el dictado intencionadamente cariñoso de alguna persona mayor, probablemente mi bisabuela. Estoy seguro de que, en mitad de la grisura de la represión franquista, la fotografía debió significar un salvoconducto para la esperanza.

Nota.- Hace un tiempo, traté de condensar esta historia en un relato de cien palabras con destino a un concurso radiofónico, pero chirriaba por todos lados. Necesitaba más espacio y mi propia voz para contarlo. La inmensa tristeza de esas miradas no cabía en unas líneas.

Anoche, antes de la cena, le enseñé la fotografía a mi madre. Justo setenta años después, la miró con los mismos ojos tiernos, que se humedecieron en un segundo, y me respondió que no la recordaba. Sólo acertó a reconocerse y a recordar que aquel abrigo oscuro era rojo.


06 diciembre, 2012

Los chatos


En una entrada anterior, relataba un episodio de la Guerra Civil en el que varios grupos de cazas de la aviación legionaria italiana derribaron a los dos últimos Potez de la Escuadrilla Malraux. Profundizando en el tema descubrí que, aunque la aviación nacional tuvo una clara superioridad en ese lance, los bombarderos republicanos no volaban solos. Les acompañaban tres cazas Polikarpov de fabricación soviética.


En el bando republicano, los nombres de las aeronaves fueron “traducidos” al habla popular. Así, los Polikarpov I-15 se conocieron como “chatos”, mientras a los del modelo I-16 se llamaron “moscas” o sus mayores enemigos, con los que se enfrentaron en el cielo de Motril el 10 de febrero de 1.937, los italianos FiatC32 eran conocidos como “chirris”.

Los primeros chatos llegaron a España en octubre del 36 y sólo un mes más tarde entraron en combate en Madrid, derribando a un Junker alemán que bombardeaba la capital. Mientras el bando nacional recibió desde el primer momento una importante ayuda por parte de la aviación alemana e italiana, clave para el triunfo del golpe de estado (sin la cual no habría sido posible el traslado de tropas legionarias procedentes del Norte de África y por tanto el éxito de la sublevación), el boicot internacional de las democracias europeas impidió a la República abastecerse de medios militares. Sólo la Unión Soviética le ofreció ayuda.



En enero de 1.937, cuando la presión de los nacionales sobre Málaga era angustiosa, mandaron varios chatos a defenderla. La patrulla estaba comandada por Kovalesky, conocido cono Casimiro, que murió en combate el 1 de febrero. Pocos días más tarde, todos los cazas habían sido abatidos y el ejército franquista dominaba sin oposición el cielo y el mar y tenía la ciudad a su merced. Sir Peter Chalmers Mitchell lo describe así en su obra Mi casa en Málaga:

“Por otra parte, el mal tiempo nos trajo la paz y el cese de los bombardeos. Pero era nuestra última paz. A partir del día en que el tiempo mejoró, los ataques aéreos y las alarmas se volvieron constantes. Hubo una lucha. Un grupo de trimotores volaba dando vueltas, cuando de repente, desde el mar subieron rápidamente dos aviones y luego bajaron en picado hacia los bombarderos, desapareciendo en el cielo hacia el noroeste. Las ametralladoras repiquetearon y  pudimos oír el ruido de explosiones. Después oímos que dos aviones rusos habían luchado con los bombarderos derribando uno de ellos, pero sólo uno de los cazas volvió y un hombre que se hospedaba en el Hotel Caleta Palace me contó que, durante toda la noche, estuvieron llorando dos camaradas del piloto que había muerto. Esa fue la última defensa aérea, porque el otro avión tuvo que ser retirado y, a partir de aquel momento, los aviones alemanes e italianos volaron sobre Málaga, a veces en formación y otras de forma aislada. El enemigo tenía el dominio del aire, del mar y de las montañas que rodeaban la ciudad”

Málaga cayó en las primeras horas del domingo 8, pero la desbandada se había iniciado un par de días antes. Durante más de un centenar de kilómetros a lo largo de la carretera hacia Almería, las decenas de miles de personas que huían fueron bombardeadas y ametralladas sin piedad por la marina y la aviación enemiga sin que nadie viniera en su defensa. No fue hasta el día 11 cuando aparecieron cerca de Motril las primeras aeronaves republicanas: los dos últimos bombarderos Potez de la escuadrilla de Malraux venían acompañados de tres chatos y trataron de frenar el avance de las tropas italianas que acosaban a los últimos rezagados. Muchos habían sido ya atrapados en la carretera. Los que tuvieron más suerte se vieron obligados a regresar a Málaga y otros fueron fusilados al instante.

Los cinco aviones republicanos, inferiores en número, acabaron derribados, pero les dieron un respiro a los fugitivos que huían. Los Polikarpov, con base en el aeródromo de Tabernas, pertenecían a la escuadrilla que estaba al mando de otro ruso: Osadchy.

Chato abatido el 11 de Febrero de 1.937

La República recibió 186 unidades de Polikarpov desde Rusia y, a partir de agosto de 1.937 y hasta el final de la guerra, se fabricaron en España un total de 237 “chatos”´. Al principio todos los pilotos eran soviéticos, pero poco a poco de fueron incorporando de otras nacionalidades.  En febrero de 1.937 había 4 unidades, la tercera y la cuarta estaban al mando de los comandantes Lacalle y Santamaría y formadas mayoritariamente por pilotos españoles. En la mayoría de las fotografías posan orgullosos. Algunos tenían escasa formación y pocas horas de vuelo, lo cual no les impidió que, pese a las muchas bajas, defendieran el cielo frente a un enemigo superior.



En la mañana del 11 de febrero de 1.937 la carretera que se alejaba de Motril estaba repleta. Durante varios días el cielo sólo había traído muerte, pero, cuando por fin aparecieron por levante las siluetas de los aviones, una brizna de esperanza inundó los corazones de los que huían.
Paul Nothomb, ametrallador del último Potez, recuperándose de las herdias

En recuerdo de los hombres que lucharon en el aire y de todas las víctimas que el fascismo dejó en la carretera.

Quiero agradecer a Fernando la información que me permitió corregir un pequeño error en una entrada anterior y que me ha ayudado con sus detalles a visualizar a esos aviadores para una escena de la novela. De paso recomiendo su blog


12 noviembre, 2012

La voluntad de un pueblo


− ¡Miguel, levántate que ya está el desayuno!
El gorgoteo que hacía el café al subir le había despertado antes de que su mujer le llamara desde la cocina, pero cada día le daba más pereza salir de la cama.
− ¡Vinga. Home que no tenim tot el dia!
Después de treinta y siete años casados, Elisenda le seguía gritando en catalán cuando se enfadaba, pero lo cierto era que tenía todas las horas del día para pensar. La vida se había convertido en una suma de grandes preocupaciones y de placeres minúsculos, donde el sabor del café recién hecho por la mañana era una de las pocas cosas buenas que le quedaban. No había nada como ese olor tan profundo para olvidar por un minuto todos los problemas. Era el único lujo al que se había negado a renunciar cuando, semanas atrás, discutió con su mujer sobre el tema.
−Al menos en esto no compres marca blanca. Prefiero tomarme menos y que sean buenos a beberme esto que no sabe a nada –le dijo enfadado consigo mismo.
Cuando por fin se levantó una luz sucia de otoño entraba por la ventana del salón. Sobre la mesa, le esperaba la tostada con aceite que le había preparado.
−No me gusta que desayunes en pijama. Tú nunca habías sido así.
No sabía de dónde sacaba ella la fortaleza de ánimo.
−Nunca me he rendido y no voy a hacerlo ahora –continuaba mientras se pintaba los ojos frente al espejo del baño.
Desde que la conoció en la fábrica de extrarradio había admirado su determinación y la energía con la que se desenvolvía por la vida. A él, en cambio, los sobres sin abrir encima de la estantería le habían domado el carácter.
Antes de salir, Elisenda se acercó para darle un beso y el aprovecho para pedirle:
−No te olvides de comprarme dos paquetes.
−Sólo quedan veinte euros en el tarro y faltan muchas cosas para comer.
La respuesta no le quitó las ganas de seguir fumando.
−No te preocupes –le dijo ella antes de cerrar la puerta−. Ya me las apañaré para traerte tabaco, pero a cambio, espero que cuando vuelva te hayas afeitado esa barba de varios días. ¡Pinchas!
Cada vez que se quedaba sólo entre las paredes del piso le parecía más pequeño. Le costó muchos años de trabajo pagarlo, pero por un hijo había que hacerlo todo en la vida y no pensó en otra cosa cuando firmó los avales. En la pared aún colgaba su foto con el bonete universitario. Su mayor alegría fue que acabara la carrera. Ese día fue feliz. Tras muchas generaciones de campesinos y obreros, en su familia por fin habría alguien que no tendría que ganarse el pan con las manos.
Después de desayunar necesitaba respirar un poco de aire fresco y se acercó a la ventana. El cielo lluvioso y gris estaba tan triste como su ánimo. En el edificio de enfrente, los Aumatell habían colgado una enorme señera del balcón. Un piso más abajo, los Carmona respondieron con una bandera española en la que destacaba la silueta negra de un toro. Era la única en toda la calle frente a las esteladas de los Freixas, los Guardia y hasta de los Martínez. El otoño había empezado a llevarse las hojas, pero las banderas permanecían, mojadas por el aguacero, como una presencia inquietante.
−Son solo trapos de colores parecidos−pensó−, trapos que no nos llevan a ninguna parte.
Faltaba un día para que vinieran. Aunque no había abierto los sobres, un telegrama se encargó de anunciarlo. Se asomó a la calle. Entonces recordó que la campaña electoral había empezado. En una enorme pancarta que cruzaba la calle un político saludaba con los brazos alzados delante de un mar de banderas.
−La voluntad de un pueblo es no perder su casa –se dijo Miguel mientras miraba con asco su gesto mesiánico.
Luego no quiso mirar al suelo y su cuerpo se hizo aire.

Nota.- Este texto breve servirá de nada, pero me negaba a seguir en silencio.

Según leo en Wikipedia, el Instituto Nacional de Estadística INE dejó de reflejar en 2.010 los datos de los suicidios en nuestro país. El 12 de noviembre de 2.010, hace hoy dos años, se suicidó en L’Hospitalet de Llobregat un hombre de 45 años que iba a ser desahuciado, después de pedir al Ayuntamiento que retrasaran la ejecución porque hacía “mucho frío para estar con la familia en la calle”. En los últimos meses, las cifras de la desgracia han aumentado con una tristeza pavorosa. El 7 de julio, Isabel, una minusválida de Málaga se arrojó desde el undécimo piso de su vivienda. El 23 de octubre un joven de Las Palmas de Gran Canarias se arrojó de un puente después de perder el trabajo y que el banco le comunicara el desahucio. Dos días más tarde, un hombre de 54 años se ahorcó en Granada por el mismo motivo. La semana pasada una edil socialista de Barakaldo se arrojó por la ventana. Tenía 53 años y la comisión judicial iba a echarla de su casa.

Un día más tarde, empezaba la campaña electoral en Catalunya, pero los políticos hablan de cosas que a mí  no me importan. Desde que se inició la crisis se han instruido 350.000 procesos de desahucio. Los gobiernos de Rajoy y Mas no han hecho absolutamente nada para evitar la desgracia y la oposición permanece desnortada. ¿Queremos políticos que rescatan a los bancos y condenan a las personas? ¿De que sirven los derechos nacionales de los países que no piensan antes en los ciudadanos?


23 octubre, 2012

El final de la Escuadrilla España


11 de febrero de 1.937. Ya no quedan refugiados republicanos en Motril. A las siete de la mañana del día anterior se dictó la orden de evacuación que rápidamente corrió de boca en boca por todo el pueblo. Las primeras tropas italianas entraron en sus calles por la tarde y los rezagados tratan de alejarse cuanto pueden. Apenas a veinte kilómetros, a la altura de Castell del Ferro ven por fin los primeros aviones republicanos, que bombardean al enemigo para frenar su avanceo y, después de girar, enfilan la costa hacia el este. Los monoplanos vuelan a baja altura. En la punta destaca la tronera acristalada donde va instalada una de sus tres ametralladoras.

Son los dos últimos Potez540 de la Escuadrilla España, formada por el escritor francés André Malraux al poco de iniciarse la guerra. El resto ya han caído en combate. Tienen mala fama y les llaman los ataúdes volantes. Carecen de visores de bombardeo y eso les obliga a volar bajo para identificar el terreno, lo cual les hace más vulnerables ante el fuego antiaéreo y que sus motores, al no alcanzar la altura de navegación adecuada, pierdan velocidad.
Bombardero monoplano Potez540


La falta de entrenamiento de los ocupantes no les permite pilotar y usar la ametralladora al mismo tiempo. Eso ha obligado a que las dotaciones sean de siete personas, en lugar de los cuatro habituales y el sobrepeso también castiga los motores. Los aparatos van abarrotados, de forma que cualquier proyectil que alcance el fuselaje tiene muchas probabilidades de herir a alguno de sus tripulantes. La mayoría han sido licenciados por indisciplina. Eran mercenarios que acudieron a la guerra sólo por dinero, muchos de ellos pilotos comerciales sin experiencia militar, Otros en cambio ya habían participado en varias conflictos armados. En la escuadrilla ya sólo quedan los idealistas, los que han venido a España a combatir contra el fascismo.

A los Potez se les identifica por una enorme letra que llevan en la cola. Los dos que quedan tienen la matricula P y B. El del primero es un francés llamado Guy Santés. El copiloto es un holandés, nacido en Malasia, Jan Frederikus Stolk, al que llaman Reyes. El bombardero es un comunista belga: Paul Nothomb al que conocen por Paul Barnier. El artillero es otro francés René Deverts. De esa nacionalidad son también los mecánicos Maurice Thomás, el artillero Marcel Bergeron y ametrallador de cola Golloni.

Cuando tratan de ganar altura para dirigirse a su base de Tabernas aparecen del mar, de forma inesperada, una escuadra de biplanos. Vienen del sur y en la cola tienen un aspa negra sobre el fondo blanco. Son los Fiats CR32, conocidos como chirris, y forman parte de la 4ª Squadriglia Legionaria italiana al mando del teniente Mantelli. Nunca quedará claro su número, pero están en superioridad. Los cazas italianos son muy maniobrables y resistentes en el combate frente a la complejidad mecánica de los monoplanos como los Potez.

Caza biplano Fiat CR32


Nada más aparecer en el cielo los Fiats comienzan a disparar. La ráfaga impacta en la parte delantera del bombardero y detiene el motor derecho. El izquierdo comienza a arder. Dos de los diez proyectiles alcanzan a sus ocupantes. El piloto es herido en el antebrazo derecho y el copiloto, que trata de apagar el incendio, cae malherido rodeado por la manguera. Una bala hiere en la pantorrilla a Galloni, el ametrallador de cola y el mecánico Maurice Thomas va hacia su puesto.

El Potez visto desde el Fiat junto a la costa de Motril. La fotografía aparece en  la página 36 de 

Fiat CR.32 Aces of the Spanish Civil War, publicado en 2010 por la Ed. Osprey ISBN 978 1 84603 983 6


El Potez responde de inmediato al fuego. Dos balas alcanzan el tanque de gasolina del CR32 causando el recalentamiento, obligándole a dejar el combate y aterrizar por las cercanías. Mantelli también está herido en su brazo derecho. Mientras en el bombardero, Santés gobierna el timón sólo con la mano izquierda y se esfuerza por ganar altura, pero la gran superficie de bastidor le hace descender. El piloto se ve obligado a escoger entre el mar y las montañas para regresar a Tabernas. Opta por el mar. Con la velocidad reducida, el avión cae, rebota a trescientos metros de la orilla y vuelca al borde del agua.

El resto de la escuadrilla italiana se ceba con el otro monoplano que se defiende como puede. Se pierde en el horizonte y finalmente cae derribado cerca de Dalías. Todos sus ocupantes mueren. Del que ha aterrizado en la playa comienzan a salir sus ocupantes, los que están bien sacan a los que no pueden hacerlo. El copiloto holandés está malherido en el pecho. Paul Galloni no puede caminar, su pierna tiene muy mala pinta. Deverts tiene la cabeza ensangrentada.

A pocos metros, la carretera está llena de soldados, mujeres, niños y vehículos que huyen hacia Almería. Thomas salta a un caballo y se aleja a toda velocidad en dirección a Almería. Una hora más tarde vuelve acompañado de un médico canadiense, Norman Bethune, que viene en una ambulancia negra. Suben a Deverts al estribo del vehículo que tiene que abrirse paso a bocinazos entre miles de refugiados. Stolk moribundo perderá la vida en pocas horas y a Galloni le tendrán que amputar la pierna.

Algunos hombres extraen el combustible del avión y con él consiguen arrancar un camión abandonado.

Ha sido su última acción para la escuadrilla. Nothomb  un comunista que se afilió al partido en el mismo momento en el que ingresó en la Escuela Militar, regresará a Bélgica. La guerra ha acabado para él, pero sólo de forma momentánea, porque en 1.943 será brutalmente torturado por los nazis hasta obligarle a delatar a sus camaradas. Aguantó el tiempo suficiente para que éstos pudieran ponerse a salvo. No obstante, fue expulsado del partido hasta que, después de luchar por limpiar su memoria, fue rehabilitado. Años más tarde, escribiría varios libros. En uno de ellos, El silencio del aviador, recoge algunas de sus experiencias de combate en España. Su sobrina nieta Amelie Nothomb es hoy una famosa escritora. Su tío murió en el año 2.006. En su libro Malraux en España describió los sentimientos hacia sus compañeros: “un espíritu de compañerismo inaudito, un extraordinario buen humor en todo momento, hasta el punto de que, al recordar esas horas pasadas, no puedo dejar de pensar que vivimos uno de esos raros instantes en que la fraternidad humana, eso tan a menudo adulterado, se convierte en algo más que una palabra, que un eufemismo.'

Miembros de la escuadrilla. Malraux en el centro abrazado a su compañeros.
Paul Nothomb es el 1º por la izquierda.

La fotografía aparece en el libro Malraux en España” escrito por Paul Nothomb y con prólogo de Jorge Semprún.
 De la editorial EdhasaISBN: 84-350-6506-5.


Pese a su mala leyenda sobre su vulnerabilidad, los Potez540 jugaron un papel esencial en los primeros meses de la guerra frente a enemigos superiores. Fueron los únicos aviones republicanos hasta la llegada de los refuerzos materiales soviéticos.


18 octubre, 2012

El puente sobre el río Guadalfeo


Madrugada del 10 de febrero de 1.937. Han pasado ya tres días desde que Málaga cayera en manos del enemigo y, durante ese tiempo, decenas de miles de personas, en su mayoría ancianos, mujeres y niños, han caminado en desbandada por la carretera de Almería a lo largo de más de ochenta kilómetros. Huyen de las tropas italianas que les persiguen, de los aviones alemanes que les ametrallan desde el cielo, de los cruceros que se acercan a la costa para bombardearles sin piedad. Muchos han muerto por el camino y la huida se ha acabado para los que se quedaron atrás, víctimas del hambre y del cansancio, y fueron alcanzados por los primeros soldados de Franco.

No sólo huyen de la ciudad de Málaga, también de los pueblos de la provincia y del sur de Granada. Los que han dejado atrás Vélez, Nerja y Almuñécar se encuentran con el último obstáculo. Antes de llegar a Motril, donde se está organizando una resistencia tan débil que también caerá horas más tarde, se encuentran con un río desbordado: el Guadalfeo baja embravecido por las lluvias de los últimos días. Los rumores hablan de que la aviación nacional ha bombardeado alguna presa provocando la avalancha. El puente fue destruido hace horas. Intentaron improvisar un paso con maderas, pero los aviones regresaron para destrozarlo.

Algunos fugitivos no saben nadar y la mayoría están demasiado débiles, sólo han comido la caña de azúcar que han ido encontrando por los sembrados a lo largo del camino. El agua ya ha arrastrado a decenas de personas que intentaron cruzar a nado y muchos han decidido sentarse a esperar la llegada inminente del enemigo.

Según he podido contrastar en los documentos que, de forma casi milagrosa, han ido apareciendo durante la investigación histórica de mi novela, mi abuelo compartió con ellos buena parte del recorrido. Es probable que esa noche estuviera lejos del lugar, que hubiera cruzado el puente unos días antes, cuando aún estaba en pie. O quizá lo hizo en el último momento. Eso ya no podré saberlo nunca.

Conforme avanzaba la investigación, también aumentaba mi perplejidad ante el sufrimiento innecesario que se produjo en la carretera y la crueldad de las tropas nacionales, también mi admiración por las personas que lo vivieron. No pude resistirme a recoger esos hechos dentro de mi historia, sobre todo cuando confirmé que mis abuelos, mis tíos y mi madre, que apenas tenía una año, habían formado parte de ella. Quise rendirles un pequeño homenaje a los que encontraron la muerte en el Guadalfeo. A fin de cuentas, un novelista se mueve en el terreno de la ficción no está obligado a contar la verdad. Las historias que viven sus personajes deben ser reales, no verdaderas y la realidad es algo que se construye con sentimientos. Es real lo que hace sentir al lector y le emociona y hay verdades que le dejan indiferente.

Antes de empezar a escribir la escena me documenté todo lo que pude, leí los relatos de los supervivientes, encontré mapas que me ayudaron a conocer el lugar, fotografías actuales y traté de arrancar el motor de mi imaginación, pero, como me ocurre casi siempre, estaba gripado. Tenía más preguntas que respuestas ¿Cómo sería el puente? ¿Y el cauce del río? ¿Qué distancia habría hasta la otra orilla? ¿Cómo sería el paisaje?


Con el puente destruido hace setenta y cinco años, el entorno totalmente cambiado y la mayoría de los testimonios silenciados, tenía que exprimir mi imaginación, pero de nuevo aparecieron sorpresas. Cuando el segundo borrador de la escena estaba a medias, deshilachado y carente de ritmo, encontré en internet una fotografía de principios del siglo pasado en la que se veía el puente, los planos de su construcción, sus medidas. Había sido construido en 1.856 cuando construyeron la carretera que unía Granada con Motril. Tenía 110 metros de longitud, divididos en  cinco arcos de 16 metros de diámetro, que se levantaban gracias a cuatro pilas que le daban una altura de más de veinte metros. Era de piedra y mampostería. El cauce solía discurrir bajo los cuatro arcos de la izquierda, tras salvar una pequeña colina en la margen derecha. Hacia el norte las últimas estribaciones de la Sierra de Lújar lo encajonaban entre barrancos y más adelante se abría en una amplia rambla que desembocaba en el mar sólo unos kilómetros después.



Y a partir de la realidad, la imaginación comenzó a volar. Estoy acabando de pintar los detalles del cuarto borrador de la escena y todavía continúa sin gustarme. Ahora sólo espero no traicionar la memoria de los que murieron en ese lugar y estar a la altura de su memoria. Si algún día acabo de escribir la novela, los azares del destino le permiten ver la luz y hay lectores que llegan a leerla, me gustaría que sientan algo en su corazón. No será parecido al sufrimiento enorme de los protagonistas, ni al mío a la hora de intentar describirlo, pero una buena novela es una fuente de sentimientos compartidos y eso es lo que me gustaría que ocurriera.

Nota.- Hay músicas maravillosas que me ayudan a encontrar el sentimiento necesario para escribir. En las escenas nocturnas que se llenan de tristeza o de melancolía me ayudan dos sonatas con el mismo nombre: Claro de luna. Casi me gusta más la de Debussy que la de Beethoven, el ritmo de lo que he escrito en las últimas semanas le debe mucho a las partituras de piano de los músicos modernistas. Las dejo aquí para los que queráis oírlas.







14 octubre, 2012

El camino a seguir.


El escritor es un pequeño dios que crea seres sobre los que decide su destino y puede utilizar el tiempo a su antojo, estirándolo o acortándolo como mejor se adapte a la historia. El tiempo narrativo no entiende de relojes y uno de los mejores ejemplos sobre el uso de la temporalidad lo podemos encontrar en El camino de Miguel Delibes. La novela comienza cuando su protagonista, a punto de acabar su infancia, se revuelve de insomnio en su camastro la noche anterior a emprender un nuevo camino que cambiará su existencia. Daniel, que está a punto de abandonar su casa para marchar a estudiar a la ciudad, repasa durante esas horas mediante analepsis -los famosos flashback de las películas- las anécdotas que les suceden a los habitantes de su pequeño pueblo. Acaba a la mañana siguiente, minutos antes de partir a la estación de tren, pero en el intervalo de una sola noche de despliega la maravillosa crónica de su corta vida y también la de sus vecinos.

El tiempo no avanza de forma lineal, sino circular, a través de la evocación de pequeñas historias que se entrecruzan y que su autor nos va contando de forma dosificada, engarzando unas con otras a lo largo de todo el libro. Así consigue que nos resulte muy difícil abandonar la lectura.

Un buen escritor hace que sus lectores se crean inteligentes. A menudo podemos encontrarnos autores que intentan ser novedosos y deforman su trama en pedazos que luego sólo ellos saben recomponer. Algunos son aclamados incluso por esnobistas que aplauden sus trucos, sus juegos formales que orbitan sobre un insulso vacío. Delibes entrecruza las historias de los diferentes personajes de El camino de forma que el lector va disfrutando con la evolución de todos ellos que confluye en un retablo tan real como la vida misma.

A veces lo que parece más sencillo puede ser lo más difícil de crear y lo que se lee con facilidad sólo puede haberse concebido con mucho oficio. Delibes borda la construcción de esta novela. Para ello, depura un lenguaje sencillo sin renunciar nunca a la capacidad poética. Y, aunque siempre están presentes las palabras que comenzaron a perderse en la arqueología de la lengua, términos casi abandonados en el paisaje rural como acitara, encella, bardal, cambera o varga, que nos obligan a acudir a un diccionario, su vocabulario preciso se adapta a los labios de los protagonistas que los pronuncia y le ayuda a caracterizarlos.

En su momento algunos acusaron al escritor vallisoletano con la curiosa calificación de costumbrista simplemente porque nos dibuja unos maravillosos personajes que, sobre todo, nos parecen auténticos, de una realidad que casi podríamos tocarlos, o mejor aún, que podemos vivir junto a ellos, identificarnos con sus sentimientos. El uso de la ternura y del humor en la escritura –algo de una dificultad mucho mayor de lo que pueda parecer y que Delibes domina con maestría- contribuye sin duda a que nos acerquemos tanto a ellos. El escritor mantiene siempre el foco adecuado con el que nos enseña la historia, que vemos a través de los ojos de su protagonista, un niño de once años. Es mediante su inocencia como conocemos al resto de sus vecinos y gracias a sus sentimientos como logra conquistarnos el corazón. Las sensaciones, los sentidos juegan aquí un papel fundamental. El lector huele, ve, oye…

Si llovía, el valle transformaba ostensiblemente su fisonomía. Las montañas asumían unos tonos sombríos y opacos, desleídos entre la bruma, mientras los prados restallaban en una reluciente y verde y casi dolorosa estridencia. El jadeo de los trenes se oía a mayor distancia y las montañas se peloteaban con sus silbidos hasta que éstos desaparecían, diluyéndose en ecos cada vez más lejanos, para terminar en una resonancia tenue e imperceptible. A veces, las nubes se agarraban a las montañas y las crestas de éstas emergían como islotes solitarios en un revuelto y caótico océano gris.
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Le gustaba al Mochuelo sentir sobre sí la quietud serena y reposada del valle, contemplar el conglomerado de prados, divididos en parcelas, y salpicados de caseríos dispersos. Y, de vez en cuando, las manchas oscuras y espesas de los bosques de castaños o la tonalidad clara y mate de las aglomeraciones de eucaliptos. A lo lejos, por todas partes, las montañas, que, según la estación y el clima, alteraban su contextura, pasando de una extraña ingravidez vegetal a una solidez densa, mineral y plomiza en los días oscuros.
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Al regresar, ya de noche, al pueblo, se hacía más notoria y perceptible la vibración vital del valle. Los trenes pitaban en las estaciones diseminadas y sus silbidos rasgaban la atmósfera como cuchilladas. La tierra exhalaba un agradable vaho a humedad y a excremento de vaca. También olía, con más o menos fuerza, la hierba según el estado del cielo o la frecuencia de las lluvias.

La vieja edición de El Camino que yo leí hace 30 años y que se quedó en una mudanza


Ahora que comienzo a considerarme un lector maduro -la madurez lectora en absoluto tiene que ver con la edad sino con las páginas leídas y el sentimiento volcado en ellas- es cuando mas disfruto con las obras bien escritas, porque podemos fabular teorías muy sesudas, pero las buenas novelas son las que nos cuentan historias que nos llegan al corazón, nos hacen sentir con los personajes. Cuando en la última escena Daniel, el Mochuelo, llora por fin es inevitable entender sus lágrimas y los personajes como Roque el Moñigo, Germán el Tiñoso, Paco el herrero, la Guindillas, la Mica o la Mariuca-Uca (todos ellos maravillosamente creados) ya se han quedado para siempre en nuestros corazones.

La lectura de las grandes novelas puede enseñar a los escritores que comienzan. Treinta años más tarde he vuelto a El Camino para aprender cosas maravillosas.