09 agosto, 2012

La mantequilla azul


Semanas atrás, explicaba la importancia que tienen para mí las imágenes cuando trato de abordar una escena. La mayoría de mis textos parten de una, basada casi siempre en un hecho real, que luego mi imaginación modela, a veces de forma caprichosa. De hecho, toda la novela que tengo en la cabeza no deja de ser una sucesión de imágenes, borrosas al principio, que se van haciendo nítidas conforme las voy escribiendo.

Como he explicado en alguna ocasión, algunas surgieron entre la documentación que he ido encontrando. El consejo de guerra que siguieron contra mi abuela describe con  minuciosidad la noche de espanto que precedió a su detención. En su expediente penitenciario y en algunas lecturas sobre la vida de las mujeres en las cárceles del franquismo, encontré detalles cotidianos que quizás nunca habría logrado imaginar. La casualidad hizo que encontrara el diario de viaje de un soldado que viajó a Cuba en el mismo barco que mi tatarabuelo, donde relataba las penurias de la travesía, la tempestad a la que tuvieron que enfrentarse antes de llegar a La Habana, el menú cansino que comían cada día entre el mareo y los vómitos. Ya he contado en este blog cómo en los periódicos de 1986 puede leerse la euforia con la que despidieron a los tropas que iban a luchar a la Guerra de Cuba, también el estado lamentable en el que regresaron tres años más tarde.

Pero algunas de las imágenes más poderosas las oí en los labios de mis familiares. Hace un par de años, tuve una larga conversación con mi primo Ernesto. Fue una de esas tardes en las que el otoño se niega a abandonar el verano. Estábamos sentados en la cocina de su casa (resulta curiosa la fijación que tenemos en mi familia por contar nuestras historias en las cocinas) cuando me proporcionó algunos detalles sobre la huida de su madre. De entre todas las sensaciones: hambre, frío, cansancio, desesperación, miedo… que asolaron a Ángeles, a su hermano Pepe y al Chico Pericas, un amigo de la familia, en su huida desesperada por las carreteras del sur de Granada, ella guardaba una imagen que le contó mucho tiempo después a sus hijos, una que Ernesto puso sobre la mesa, junto a los vasos de agua fresca, la tarde que me contaba su historia.

Tras un día entero caminando, a la llegada de la noche pudieron cruzar la línea del frente a la altura de La Malahá. En mitad de la oscuridad se encontraron con los primeros soldados republicanos, que intentaron calmar el hambre que arrastraban. Fue una rodaja de pan con mantequilla lo primero que comieron, pero ella nunca la había visto de ese color: un azul muy intenso que se quedó en su memoria durante décadas. A la mañana siguiente, pudo comprobar la agitación del campamento y vio los suministros rusos que acababan de recibir los soldados… y mi imaginación empezó a modelar aquella imagen…

La mantequilla azul fue la primera imagen que le vino a Ángeles a la mente nada más despertarse. Nunca había visto que tuviera ese color tan extraño, un azulado intenso, casi celeste, muy distinto del amarillo limpio y claro al que estaba acostumbrada. De seguida le llamó la atención las letras rojas del papel que la envolvían. Estaban escritas en ruso. Con la luz del día, pudo ver con precisión todos los detalles que habían quedado ocultos en la oscuridad de la noche, la agitación del campamento, los enormes fardos con caracteres incomprensibles pintados en la arpillera, que debían contener los suministros enviados por los soviéticos, algunos fusiles modernos tan diferentes a las armas viejas que llevaban la mayoría de los soldados, los sacos de leche en polvo, las cajas de municiones con la madera recién desclavada, donde se podía ver el brillo de las balas aún alineadas, preparadas para la muerte, los bidones de combustible, todo rodeado de un cierto desorden que indicaba bien a las claras que no habían tenido tiempo de inventariar. La escasez de medios había acelerado el reparto y los soldados transmitían una cierta sensación de urgencia, como si presintieran el peligro que se acechaba sobre ellos, un sexto sentido que les ponía nerviosos frente a un futuro espeso, confuso.
No podían saber que, sólo un día más tarde, el enemigo iba a tomar la decisión que cambiaría su suerte para siempre. En ese momento ya estaba concretando los últimos detalles del ataque que desbordaría las escasas líneas defensivas sin demasiado esfuerzo. Las órdenes se empezaban a escribir en los cuarteles de Granada: “La marcha se hará lo más rápidamente posible, a fin de lograr el objetivo principal, Alhama, en una jornada. Caso contrario, las columnas armonizarán su desplazamiento a fin de coincidir ante este objetivo”. Un tabor de Larache, un batallón de Lepanto, dos compañías de milicias, dos escuadrones, dos baterías y una sección de zapadores estaban a la espera de recibirlas. Los mecánicos hacían los últimos preparativos para que estuvieran a punto los camiones que debían acompañar a la mezcolanza de cuerpos. Los oficiales esperaban nerviosos, con ansias de gloria, conscientes de la superioridad de sus fuerzas. La Carrera del Genil y el Paseo del Salón se iban a llenar de madrugada con la columna dispuesta para la marcha.
Al otro lado de las líneas difusas que dividían los mapas, otros soldados se preparaban para enfrentarse a lo desconocido,  a lo que llevaban esperando semanas, lo que pensaban tal vez no se produciría nunca, aunque todo estaba ya decidido. Ángeles miraba sus rostros y veía el cansancio, pero no podía imaginar la derrota, percibía el sufrimiento, pero no la muerte. Los preparativos de esas últimas horas no iban a ser suficientes para detener a un enemigo mejor armado, más numeroso. Cuando se giró por última vez para ver el campamento, no podía imaginar lo que les iba ocurrir a los combatientes republicanos. Como un ejército de insectos laboriosos, el batallón se movía por el campamento acarreando pertrechos y municiones. Permanecerían ocupados en la intendencia hasta la llegada del enemigo.
−Tenemos que seguir adelante. Nos espera todavía un buen trecho –las palabras de su hermano la despertaron de sus pensamientos.
− ¿Qué será de esos hombres, Pepe?
− ¿A qué te refieres?
−Me estaba preguntando cuántos de ellos seguirán vivos al final de la guerra, cuántos volverán a ver a sus mujeres, a sus novias, cuántos podrán abrazar a sus hijos.
−Ahora preocúpate de ti, que bastante tenemos nosotros con seguir con lo nuestro, como para pensar en otras cosas.

02 agosto, 2012

El calor del verano indigesta los sueños


Siempre imaginé que escribir una novela requería de algo más que oficio y que, cuando se carece de él, se convierte en algo cercano al imposible. Ahora no lo imagino. Ahora lo puedo afirmar. Cuando miro el camino recorrido (ya va para tres años) y la larga distancia que queda por delante, tiendo al desaliento. Las páginas que me parecían brillantes de madrugada se vuelven mediocres con la luz de la mañana. Las palabras se gastan si conseguir el resultado que pretendo y no alcanzan a abrigar toda la historia que se revuelve en mi cabeza. “Es una historia demasiado ambiciosa, demasiado compleja” me han aconsejado ya varias personas que entienden de esto mucho más que yo. Pero es la que yo quiero contar, la que tantas veces oí, fragmentada, en los labios de los hombres y las mujeres de mi familia, la que cuenta el sumario del consejo de guerra que siguieron contra mi abuela, su expediente penitenciario, la auditoria de guerra de mi abuelo o la historia militar de mi tatarabuelo.

Hace ahora un año acabé los dos primeros capítulos, los que luego estuve retocando durante más de seis meses. Desanimado, salté al que posiblemente será el capítulo séptimo porque quería enfrentarme a una larga sucesión de escenas difíciles, por el mero hecho de que algo dentro de mí me llamaba a contarlas. Al principio fluyeron rápidas, luego la mano se detuvo porque no encontraba en la cabeza la tranquilidad que pudiera escribirlas. No es fácil emborronar párrafos de noche después de una jornada de trabajo y los trenes de cercanías siempre llegan a su destino en el peor momento, cuando los garabatos manuscritos vuelan sobre la página en blanco y el reloj de acerca a las nueve de la mañana.

Por ello, a veces necesito de la brevedad de un cuento que me aleje de la cansada distancia de los recorridos largos, pero hasta eso es mentira. Éste nació de la ansiedad de los sueños, del pesimismo de las noticias, pero también se quedó varado en una orilla perdida, lejos de todo puerto. Como la fruta madura que se pudre en las ramas, las páginas llenas de tachaduras se duermen en el cajón del olvido. Ésta vez me negué a que así fuera y, apenas sin limpiarlo de polvo e imperfecciones, decidí tenderlo al sol de mi blog para que le diera la claridad. Hay veces en que la luz de la mañana también rebela que la madrugada dejó un resto de esperanza, tres frases aceptables, una idea pintada a medias que, al menos, van sirviendo para tratar de aprender el oficio.

Y el cuento breve se titula…

El calor del verano indigesta los sueños

−Ten mucho cuidado.

La frase aún resonaba en su interior mientras perdía la mirada en la luz roja del semáforo. Fue lo último que le dijo antes de salir del sótano dónde habían estado escondidos durante los últimos días. La voz parecía suave, recordaba más a súplica que a advertencia. Luego la claridad de la mañana le cegó los ojos y los malditos tacones la obligaron a ir detrás de su compañero. Hacía mucho tiempo que no usaba ese calzado tan incómodo y no lograba entender los motivos que llevan a otras mujeres a ver el mundo diez centímetros más arriba, pero los zapatos negros formaban parte del camuflaje, también la falda gris marengo -sólo unos centímetros por encima de la rodilla-, las medias y la chaqueta oscuras. Hasta se había recogido el pelo en una cola bien peinada.

La luz se puso verde esperanza dibujando a un peatón que camina. La espera en los semáforos era ahora más breve y una de las pocas ventajas de la nueva época: el número de coches había descendido en picado en los últimos meses, de forma proporcional a la subida de los impuestos de la gasolina. La gente prefería quedarse en sus casas consumiendo el tiempo frente a las pantallas de una televisión intervenida. Habían matado sus sueños.
Caminaron a los largo de dos calles antes de llegar a la avenida sin tráfico. Ya no le asaltaban las dudas. ¿Qué nos ha llevado hasta aquí? ¿Cómo pudimos dejar que ocurriera? ¿Qué hicieron los políticos por evitarlo? Los escaparates estaban tristes. Una maniquí calva y desnuda la miró de reojo al otro lado del cristal. Muchas tiendas habían cerrado en los últimos meses con la contracción del consumo y en la mayoría de los locales se repetía el mismo cartel: “Se vende. Se alquila”, siempre acompañado por un número de teléfono al que nadie llama.

Tras una esquina, la silueta del rascacielos de dibujó a contraluz. El nerviosismo se hizo insoportable al pasar bajo el arco detector que les citó tras las enormes puertas.

− ¡Que tristes son las corbatas grises! –pensó al reflejarse el rostro de su compañero en la bruñida puerta del ascensor.

Entonces el miedo se convirtió en una ola enorme que avanzaba a gran velocidad. El cuello blanco de la camisa estaba impoluto, bien planchado, pero no ocultaba el tatuaje. Una pequeña clave de fa grabada en el cogote podía delatarle. Los analistas de mercados no se graban en la piel algo así, ni aman tanto la música como él. Pero ya no había tiempo para dar marcha atrás. En el ascensor de gran capacidad podían apilarse hasta una docena de personas. Diez hombres y dos mujeres apenas se miraban. Entonces recordó un verso que había leído mucho tiempo atrás: Un traje abandonado pesa tanto en los hombros que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.

Cuando las puertas se abrieron el número trece parpadeaba sobre todos los demás. Era la última planta. Lo primero que vio al salir fue el logotipo en letras doradas: Bradbury & Associates. Rating Services. Los puntos eran demasiado grandes y, debajo, el calendario digital proponía la fecha en letras rojas: 15 Mayo 2014.

Era la fecha elegida. Según le habían contado, otros comandos estaban preparados en diversas ciudades del planeta. La misión era silenciar el oráculo de las mentiras con el que los ricos imponían la pobreza. Antes de la medianoche los temporizadores lo harían saltar por los aires.

Cuando dieron sus nombres inventados a la recepcionista, una rubia de uñas y dientes perfectos, ésta les respondió con una sonrisa.

−Pasen. Les estaban esperando.