31 diciembre, 2013

A beneficio de inventario

A menudo las ideas se iluminan en los momentos más extraños, cuando nuestros pensamientos merodean alrededor de una dispersión absurda de conceptos que se cruzan. Hace un par de días, mientras conducía sin la prisa habitual que casi siempre nos envuelve, la mañana soleada de invierno se pintó en el parabrisas como un regalo inesperado. Llevaba días tratando de encontrar sin éxito un pequeño hilo de inspiración del que poder tirar para escribir un texto con el que felicitar el nuevo año. La radio vomitaba palabras absurdas: las mentiras de la última comparecencia del Presidente del Gobierno, las promesas de una nueva patria llena de utopía, el anuncio de una lotería que pintaba el nuevo año como un libro en blanco donde podríamos por fin escribir la historia que siempre quisimos vivir…

Gracias a la tecnología digital se agolpaban sin el carraspeo ronco que tenían los sintonizadores de los aparatos de otra época. Por mucho que mi dedo pulsara el cómodo botón del volante buscando otras emisoras, todas insistían en una palabrería que trataba de ocultar la realidad y encontrar una ficción no demasiado dura para estos años de plomo en los que la crisis ha destrozado tantas esperanzas.

A beneficio de inventario: la expresión se iluminó de repente en una esquina de la memoria mientras conducía, regresó del magma de conceptos que aprendí en la universidad, uno de tantos que luego no me ha servido para nada útil en la vida. Siempre preferí el Derecho Civil a otras asignaturas porque, ahora que está tan de moda utilizar el plural colectivo para hablar de los derechos de los pueblos o el mayestático con el que hablan sus mesías, yo sigo prefiriendo los derechos que les asisten a sus ciudadanos, los datos minúsculos que forman parte de sus vidas y que no aparecen en las estadísticas y las cifras macroeconómicas con las que intentan aturdirnos la mayoría de los políticos.

La expresión pertenecía a una de las materias del derecho civil: más concretamente el derecho sucesorio. Cuando regresé a casa la busqué en internet porque no podía precisar con exactitud su significado y entonces descubrí qué fantástico hubiera sido estudiar con el apoyo de googles, wikipedias y herramientas parecidas. Allí todo era mucho más claro: “El beneficio de inventario es una declaración de voluntad en la que se trata de saber cómo está una herencia, a través de un inventario de los bienes que la componen y de las cargas que hay sobre ellos. La diferencia entre una herencia aceptada a beneficio de inventario y una herencia aceptada pura y simplemente es que, aceptando la herencia sin beneficio de inventario, el heredero se convierte en responsable de todas las deudas del fallecido, además de con los bienes de la herencia, con los suyos propios. Con el beneficio de inventario el heredero está obligado a pagar las deudas y las demás cargas de la herencia sólo hasta donde alcanzan los bienes de la misma.”
Aquella idea perdida, la expresión olvidada sin aparente nexo con la realidad se iluminó porque un deseo larvado se revolvía en mi interior contra tanta palabrería: mi subconsciente me gritaba que, por una vez, estaría bien recibir el 2014 a beneficio de inventario, sin la pesada carga que hereda de los años anteriores. Era consciente de que en ese maravilloso libro en blanco que prometía el anuncio de loterías se iban a escribir páginas de tristeza, de rabia frente a las injusticias, de frustraciones ante los fracasos, de desengaños por las propias incapacidades, de listas de propósitos incumplidos, de sueños que volverán a quedarse a medias, de momentos perdidos en la prisa de los días, de despedidas más o menos dolorosas.
Pero en ese libro en blanco que será el 2014 también tendrán cabida un montón de sensaciones que nos harán felices, aunque sea de forma breve: los besos y los abrazos, los reencuentros con los seres queridos, un atardecer de inolvidable belleza, la tibieza agradable del sol de invierno, la brisa refrescante de una noche de verano, el sabor de un plato delicioso, el poso que deja la lectura de un libro maravilloso, esa sensación de felicidad que nos dejan las buenas películas cuando salimos por la puerta del cine, una caricia, la compañía de las personas que nos quieren y a las que queremos, el futuro de nuestros hijos…
Mientras conducía de regreso a casa, el coche, cansado por la cuesta, redujo la marcha y me dio la oportunidad de ver una pintada en un muro en la que no había reparado hasta entonces: “Para tocar el cielo no hacen falta alas”.

Te deseo que el nuevo año llegue a beneficio de inventario y que la lista de cosas que te hagan sufrir sea mucho, mucho menor que todas aquellas que van a hacerte feliz. Te deseo que encuentres las alas para poder volar muy lejos y hacer realidad tus esperanzas. 

18 diciembre, 2013

Somos grandes

Son grandes, somos grandes. Me alegra haber colaborado -con mi minúsculo grano de arena- a hacer realidad estos proyectos. A veces luchar contra las injusticias da resultados y solo nos lleva unos segundos, el que cuesta que nuestra solidaridad haga click a una petición. Hoy los de Change.org me han mandado este vídeo que me ha emocionado. Mas allá de los políticos mediocres que nos gobiernan, otro mundo -más justo- es posible. Os invito a conocerles

09 diciembre, 2013

Mi lista de novelas de la Guerra Civil (2)

“No sé quien dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros sólo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los misterios de su relojería”.  
Gabriel García Márquez.

En unas horas mi blog alcanzará las setenta y cinco mil visitas, una cifra insignificante, minúscula, perdida en el tráfico que genera la red, pero cuando empecé a escribir aquí, en abril de 2.009, no podía imaginar todo lo que iba a pasar: las historias, algunas muy cercanas y otras desconocidas, que despertarían del cajón del olvido para emocionarme; los personajes que conocería y que no iban a caber en la novela que escribo;  las lecturas maravillosas de las que iba a disfrutar y aprender en igual medida…

De las 232 entradas que forman parte hoy de este blog, una de ellas ha acaparado casi una cuarta parte de las visitas, hasta el punto de que hoy, cuando alguien introduce en el cuadrado de google novelas sobre la guerra civil, el océano de internet y el viento con el que sopla el azar de las tendencias les arroja a este entrada:


Desde julio de 2.010 ha ido acumulando visitas, pero lo cierto es que, en todo ese tiempo, he creído que aquella lista destacaba sobre todo por las ausencias, que he tratado de paliar con más lecturas y más entradas en el blog. Ahora las agrupo aquí, junto con un link para aquellos que quieran leerlas completas:

La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina: La trama se teje a través de continuos saltos en el tiempo, conformando un puzle por el que se mueven unos personajes construidos gracias a infinitas capas de pintura, todas ellas suaves, pero que acaban definiendo un trazo fuerte que los define de forma rotunda. Y todo ello contado desde la voz de un narrador protagonista que nos relata, en presente y en primera persona, una historia que ha pasado durante los últimos meses, los previos a la guerra y los primeros de la misma, sin perder en ningún momento el foco necesario. El destacable el esfuerzo que hace su autor por tratar de meternos en la mente de aquellas personas normales, que ven como su realidad cotidiana se hace añicos en mitad de la espiral de locura. http://bit.ly/1aMn5bp


Inés y la alegría, de Almudena Grandes: La historia se cuenta, en primera persona, a través de las voces de tres narradores. Las dos primeras son las de la pareja protagonista: Inés y el hombre de su vida, Galán, un excombatiente republicano que se niega a rendirse. Ambos van enlazando la trama a través de escenas que se complementan, cosiendo los diferentes puntos de vista, que ayudan a tener una visión más global, más rica de lo que ocurre. La tercera voz es la de la propia escritora que cuenta directamente los hechos políticos que acontecen alrededor de la ficción. Este intervencionismo omnisciente de la autora puede sorprender, máxime porque son incisos muy claros que van separando, o quizás me atrevería a pensar que uniendo, la realidad histórica y la inventada. Pero la propia Almudena lo aclara en las últimas páginas, aunque los personajes históricos se mezclan con los que proceden de su invención y logran interactuar para explicar la trama, ella no puede resistirse a contar a través de su propia voz unos hechos reales que, por desconocidos y novelescos, casi parecen inventados: la historia de cuatro mil republicanos españoles, que después de participar en la expulsión de los nazis del territorio francés, deciden cruzar los Pirineos con el objetivo de extender la confrontación, que se libraba en todo el mundo, a a su propio país.  http://bit.ly/1d3PvQM


Riña de gatos de Eduardo Mendoza y Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez-Barlett: ambas para mí son dos novelas fallidas. http://bit.ly/1faD206

A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales: En las páginas del prólogo, de esta colección de nueve relatos, podemos encontrar algunas de las opiniones más lúcidas sobre nuestra guerra civil. “Cuento lo que he visto y he vivido más fielmente de lo que yo quisiera.” Desde su exilio en un arrabal parisino, rodeado de los desarraigados de toda Europa, que habían llegado hasta allí huyendo de todos los totalitarismos, Chaves nos describe una galería de personajes que nos hacen tener una visión coral de lo que estaba pasando. Lo hace lejos de posturas maniqueas. La locura de la guerra no distingue entre buenos y malos. En todos los bandos siempre aparecen personas despreciables que aprovechan el momento para ejecutar sus acciones más ruines, también los idealistas que tratan de defender una causa mientras se desmorona ante los ataques de todos. Chaves los retrata como nadie ha conseguido hacerlo. http://bit.ly/1kqjB3U


Homenaje a Cataluña, de George Orwell: La voz narradora en primera persona de su autor nos cuenta los hechos de los que había sido no sólo testigo directo, sino también protagonista. Lo extraño es que para ello no utiliza el presente, un tiempo verbal que puede llegar a ofrecerle a un novelista mayor cercanía y credibilidad y que, probablemente, se acercaba más a aquellos acontecimientos tan próximos. Orwell despliega, a través del pasado, una historia que puede parecer muy remota, como si hubiera ocurrido mucho tiempo atrás. Aunque sólo habían pasado unos pocos meses, la intensidad de los sentimientos vividos, el dramatismo de la historia, la amargura frente a las diferentes derrotas que se estaban produciendo, le resultaron un espacio de tiempo demasiado grande y le ofrecieron un punto de vista magnifico desde el que narrar. En esa distancia, logró tener cabida, con una enorme proximidad para el lector, ese poso de desengaño que destila el texto. http://bit.ly/18NqufZ

Luna de lobos, de Julio llamazares: Esta novela es pura poesía. La estructura gramatical, la puntación, el uso del lenguaje, todo en ella está marcado por una cadencia que acompaña con suavidad al lector a lo largo de su capítulos. El estilo es magnífico, genera una voz propia, distinta. El vocabulario está cuidado, adaptado al mundo que nos quiere contar. En el lirismo de ese entorno se produce la lucha más instintiva, la más cotidiana, la búsqueda de la supervivencia. En esa dualidad, a medio camino entre la belleza y la hostilidad, transcurre la subsistencia desesperada de cuatro antiguos combatientes republicanos que, tras la derrota, tratan de encontrar refugio para algo tan simple, y a la vez tan difícil en aquel contexto histórico, como era seguir con vida.  http://bit.ly/1aMeS77

El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes: Es una narración sobre el maquis, sobre los hombres que se echaron al monte después de la guerra, pero la vemos a través de los ojos de Nino, un hijo de guardia civil. Gracias a su mirada infantil, que evoluciona de forma continua, nos acercamos mejor a las contradicciones, a una lucha en la que los dos bandos comparten las mismas miserias, parecidos miedos, donde los verdugos no siempre tienen capacidad de elegir y a veces descargan su brutalidad no sólo por motivaciones políticas sino también a causa de sus inmensas frustraciones. Una voz narradora maravillosa.  http://bit.ly/1gQviAP


Réquiem por un campesino español: En la iglesia vacía, a punto de celebrar el réquiem por un campesino, un año después de su fusilamiento, Mosén Millán repasa la vida de Paco, casi un hijo para él. En los minutos de la espera vemos, a través de la mirada del sacerdote, los hechos más significativos de la vida del protagonista que transcurren durante la Primera República y los primeros días de la guerra. Relectura de la primera novela que leí siendo casi un niño para descubrir la maestría en el uso del tiempo narrativo.  http://bit.ly/18Nq4pU





También me gustaría recomendar la Trilogía de la Guerra Civil, que reúne tres obras de Juan Eduardo Zúñiga: Largo noviembre de Madrid, Capital de la gloria y La tierra será un paraíso,donde se recogen una variedad de relatos que componen un gran mural, pleno de matices y miradas diferentes sobre el conflicto o La defensa de Madrid de Manuel Chaves Nogales, una de las mejores y más realistas crónicas del asedio de la capital.









Le he oído a varios escritores, a algunos de los que me gustan mucho, decir una cita de Chesterton: “La literatura es un lujo: la ficción, una necesidad”. En estos años de plomo, en los que la crisis económica ha llenado la realidad de una grisura casi insoportable, necesitamos más que nunca que nos cuenten historias, algo tan antiguo como la humanidad.

A veces la literatura puede convertirse en un lujo: cuando era un adolescente miraba los escaparates de las librerías con un deseo que mi bolsillo no podía saciar. Afortunadamente la juventud es un ca  bnmpo por arar que acepta todas las semillas y las bibliotecas públicas estaban llenas de ellas. Los libros prestados tienen un sabor especial que no puede comprarse. Luego mi pequeña biblioteca fue creciendo con los años y recuerdo la época de bienestar en la que podía salir con una bolsa llena de libros, lecturas en abundancia que no siempre me gustaron. Ahora que la crisis obliga a desprendernos de muchas cosas, no siempre innecesarias, he recuperado el sabor de los libros prestados y de las relecturas, a darle una segunda oportunidad a los libros inacabados. Ahora que el otoño comienza a ser frío y gris siempre nos queda la posibilidad de zambullirnos en alguna historia maravillosa. Las que están ambientadas en la guerra civil o la posguerra suelen ser duras, apasionantes y están llenas de personajes que tratan de sobreponerse a una realidad hostil, aunque no siempre lo consigan. Por eso, hoy más que nunca, me parecen novelas maravillosas.



13 noviembre, 2013

Al maestro Albert Camus en su centenario

Aún recuerdo el calor de la mañana luminosa de agosto de mis diecisiete años en la que leí por primera vez El extranjero de Albert Camús, el sudor que recorría mi frente mientras Marsault, el protagonista de la novela, cometía un absurdo crimen en aquella playa inundada por la luz del sol. Algunas de las lecturas más arrebatadoras se pierden en aquellos veranos de mi juventud, cuando podía permitirme el lujo de sumergirme durante horas en la lectura. Ahora recuerdo que devoré ese libro en un solo día. El final de la adolescencia es una mala época para enfermar de existencialismo y, tras ella, en pocos meses llegaron La peste, también de Camus, y otras obras de Jean Paul Sartre que no recuerdo.

Regresé hace algo más de un año a El extranjero. Era una de las lecturas recomendadas de mi tercer y último curso de novela en la Escola d’Escriptors. Por las páginas del viejo volumen de la decimoquinta edición del año 1984 había pasado la huella sepia del tiempo, dejando, como los vinos añejos, un doloroso olor a pasado. Esta vez regresaba con otra mirada: no ya sólo la del lector, sino también la del aprendiz de escritor que se adentra en ella  a la búsqueda de enseñanza.

Quedé maravillado por la prosa precisa, las frases cortas que cuentan, pero no enjuician los hechos. Prendado de las imágenes desbordadas de luz: “Persistía el mismo resplandor rojo. Sobre la arena el mar jadeaba con la respiración rápida y ahogada de las olas pequeñas.” A fin de cuentas el propio Camus dijo que “una novela no es otra cosa que una filosofía puesta en imágenes”. Y en ésta la presencia de la luz solar es una imagen constante, como lo fue en su infancia pobre, en la que la playa y el sol fueron su mayor alegría: “la pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías”.

Me sumergí en el mar de pretérito indefinido que puebla toda la novela y difumina la perspectiva temporal, alejando los acontecimientos, incluso los más cotidianos, a un tiempo extraño. Tan extraño como ese narrador en primera persona que, en ningún momento transmite cercanía, el personaje que nos cuenta su historia desde la mayor frialdad, una falta de sentimientos que ya nos golpea en el primer párrafo: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo. Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.”
El protagonista se nos dibuja como un hombre perdido, carente de afectos frente al absurdo de la vida. No podemos olvidar que mientras Camus la escribía, en los años 1940 y 1941, el mundo se despeñaba por la sinrazón de la guerra y el nazismo, pero no es una novela para la desesperanza, sino para el inicio de la rebeldía. Ya nos lo dijo su autor: "La comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin, sino un comienzo".

Pocos escritores se han posicionado frente a la vida tanto como él. Para entenderle sólo hay que leer el discurso que pronunció en Estocolmo al recibir el Premio Nobel de Literatura en diciembre de 1957: “El arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes.” Unos párrafos más adelante del mismo  texto nos define su oficio: “El papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren.”

Y es que a mí Albert Camus más que un escritor se me dibuja como aquellos héroes de las películas que, desencantados por la historia y la derrota, guardan aún un último gramo de rebeldía, una chispa capaz de encenderlo todo. Cuando lo veo en las fotos con aquellas gabardinas, las solapas vueltas y un cigarrillo inclinado sobre sus labios me recuerda mucho a cualquiera de los personajes que interpretaba Humphrey Bogart en las películas, esos héroes improbables, minúsculos que, aunque lo hayan perdido todo, aún guardan una integridad moral que lo predisponen, sin saberlo, hacia los actos más humanos.

Albert Camus fotografiado por Cartier-Bresson

Dicen que Camus confesó que todo lo que sabía sobre moral lo aprendió jugando al futbol. Más allá de un intelectual, nos encontramos al hombre; al huérfano que perdió a su padre en los campos de batalla de la primera gran guerra, al hijo de la mallorquina sorda y analfabeta que tanto le marcó en su infancia humilde; al escritor que dedicó el primer agradecimiento por recibir el Nobel a su madre, -el segundo fue para su profesor del colegio, como en los últimos días nos han recordado las redes sociales, ahora que los ministros de este país perpetran con total impunidad el asesinato de los servicios públicos-; al ciudadano que combatió desde las ideas al nazismo y al franquismo, pero que desde la misma conciencia de libertad, supo alejarse del partido comunista en el que había militado con fervor, aunque sus críticas a la locura del estalinismo le valieran el rechazo de otros compañeros mucho más ortodoxos.


La semana pasada se celebró el centenario de su nacimiento. Es una magnífica excusa para recordarlo a través de sus libros, de sus palabras que, más allá de contarnos de forma maravillosa una historia, pueden en enseñarnos no sólo a escribir, también a ser unos ciudadanos más lúcidos.

12 noviembre, 2013

El alcalde de los años más oscuros

Correteando, por culpa de la novela, a través  del entorno social de la Granada gris y cruel de posguerra me he encontrado con otro personaje curioso: Antonio Gallego Burín. El que fuera dos veces alcalde de la ciudad y gobernador civil de la provincia durante los primeros y más opresivos años de la dictadura es un claro ejemplo de la evolución hacia el fascismo de buena parte de la derecha española.

Había nacido en el seno de una familia burguesa granadina. En 1914 se licenció en Letras y meses más tarde, con tan sólo veinte años de edad, se afilió a las juventudes mauristas. El estallido de la Primera Guerra Mundial aceleró en la sociedad europea algunos cambios que venían larvándose desde hacía tiempo, entre ellos la fiebre nacionalista que se propagó no sólo por los países contendientes. En  1917 Antonio Gallego abandonó el partido de Maura por el regionalismo de Cambó, figura emergente en la política, aupada por la burguesía industrial catalana que se había enriquecido con la contienda en Europa. Abrazó con fervor la idea del “imperio de las naciones” que tanto deseaba Cambó y criticó a los que les tildaban de separatistas.

No obstante sus ideas estaban llenas de contradicciones. No dudó en criticar el pujante andalucismo de Blas Infante porque consideraba que Andalucía lo que necesitaba era “un periodo de educación política” y era contrario a su autonomía porque le “acarrearía males infinitos”

1920 decidió presentarse a las elecciones municipales, pero la enorme derrota electoral le hizo retirarse a su labor universitaria y abandonar la política “embrutadora e idiotizante”. La llegada de la Dictadura de Primo de Rivera, con sus ideales de regeneración nacional y fuerte sentimiento católico, le hizo concebir esperanzas que se frustraron para él de forma rápida. En 1929, cuando la dictadura comenzaba a agonizar se aproximó aún más la Lliga Catalana de Cambó y, según una carta que le escribió ese año a un amigo, consideraba que “Cataluña es el único pulmón español que respira el aire de Europa”.

Las elecciones municipales de 1931 se convirtieron en un pleibiscito a la Monarquía y los Regionalistas catalanes de Cambó se acercaron al viejo maurismo con el objetivo de evitar la victoria republicana. Otra derrota le obligó a Gallego a regresar de nuevo a su actividad académica, en la que permaneció durante toda la Segunda República hasta que, tras el golpe de estado de los militares y el estallido de la guerra, vistió las “mangas verdes” de Defensa Armada, las milicias civiles que ayudaron a implantar el nuevo orden. Un año más tarde, en 1937, de la mano de sus amigos y confundadores de la Falange, Julio Ruiz de Alda y Alfonso García Valdecasas ingresó en ese partido y estuvo al frente de la propaganda en Granada.

El 3 de junio de 1938 fue nombrado alcalde la ciudad y su primera medida fue la construcción de una Cruz a los Caídos. Entonces ya era un firme defensor de imperialismo nacional y los principios de la Nueva Cruzada “La paz de España para ser sólida y duradera ha de asentarse en los filos acerados de nuestras bayonetas”. Para él la guerra, y con ella los asesinatos y fusilamientos que habían llenado Granada de terror, tenían  “carácter una auténtica redención y de una resurrección”.

En Octubre de 1940 le nombraron Gobernador de la provincia, pero a lo  largo de los meses siguientes, la Falange local lo consideró tibio frente a las acciones que estaba desarrollando la guerrilla de los Queros, muchas de las cuales golpeaban y ridiculizaban al partido. La muerte del alcalde Rafael Acosta fue la excusa perfecta para devolverle a la alcaldía y ofrecer la Gobernación  a un hombre duro e implacable: Manuel Pizarro.

Durante los años siguientes Gallego viviría enfrentado a la Falange. En 1943, cuando destinaron a Pizarro a Teruel con la misión de que también allí impusiera su política de terror contra el maquis, el nuevo Gobernador Civil, el “camisa vieja“ Fontana Terrats se quejaba de la escasez de alimentos, el hambre espantosa, las condiciones laborales infrahumanas o la mendicidad que se encontró a su llegada. La relación entre  ambos siempre fue tensa hasta que Fontana cesó en el cargo en 1947 por culpa de la fama que adquirieron en la ciudad las acciones cada vez más audaces de los Quero, a los que no había podido quebrar.

En ese momento, con la Falange domesticada por Franco a sus intereses, Antonio Gallego mostró una fe inquebrantable en el Caudillo. Lo hizo en un momento en el que el dictador, que había sentido la presión internacional tras la derrota del nazismo en Europa con el que tanto conqueteo, sólo le interesaba hombres de lealtad sin fisuras.

La desmedida desmemoria de una parte de la sociedad granadina, “la peor burguesía de España” como la calificó García Lorca,  no quiere recordar que Gallego Burín consiguió gracias a la fuerza de las armas lo que nunca había logrado conseguir en unas elecciones libres. El diario Ideal, cuando eligió a las 100 personas más ilustres de Granada en el siglo XX, incluyó en la lista a un hombre que ejerció el cargo de alcalde poco tiempo después de que el que había sido elegido con los votos del pueblo: Manuel Fernández Montesinos fuera fusilado frente a la tapia del cementerio.

10 noviembre, 2013

De casta le viene al galgo

Desde hace unos días me enfrento a una de las escenas más dramáticas de la novela, la que sucede en la madrugada del 5 de julio de 1941 cuando, tras un golpe frustrado, varios miembros de la partida de los Quero aparecieron en la cueva de Maria, mi abuela, en busca de refugio. Entre los guerrilleros se encontraba mi propio abuelo José Castro Peregrina que, con la ayuda de Antonio Quero, traía el cuerpo moribundo de Manuel Murillo.

Antes de comenzar la escritura, como suelo hacer en estos casos, profundicé sobre la investigación histórica que ya realicé hace unos años.  Buscando información sobre el ambiente social en la Granada de 1941 me topé con uno de esos siniestros personajes de los años más oscuros de la dictadura: Manuel Pizarro.

El 28 de Mayo de 1941 varios miembros de la partida de los Quero interrumpieron una reunión de falangistas que se celebrara en la casa de un camisa vieja en un pueblo de Granada. Los guerrilleros, entre los que al parecer estaba mi abuelo, ataron de pies y manos a los allí reunidos y los obligaron a tumbarse en el suelo. Además de llevarse cinco mil pesetas y varios jamones, les aconsejaron que retiraran las denuncias contra varias personas y luego desaparecieron en la oscuridad. Era su manera de vengarse de la muerte de los primeros huidos a la sierra a manos de los falangistas y, aunque nadie había resultado herido, la afrenta a la Falange se supo en toda la provincia.

Días más tarde, el Ministerio del Movimiento recibió una carta en la que se le informaba de la última acción de la resistencia al régimen. A lo largo de los meses siguientes, los golpes de la partida de los Quero fueron aumentando en número y en audacia. Ante esa situación los falangistas presionaron para que pusieran a uno de los suyos al frente de la provincia de Granada. Ese rearme coincidió con la ofensiva que el partido había emprendido a nivel nacional para obtener un mayor protagonismo. No olvidemos, que en esos momentos en los que la Falange alcanzó las mayores cotas de poder, se acababa de organizar la División Azul y el nazismo avanzaba por Europa.

Así, en Octubre llegó a la ciudad al coronel de la Guardia Civil Manuel Pizarro, que unificó en su persona dos cargos: Jefe Provincial de la Falange y Gobernador Civil. Era un hombre duro, autoritario e implacable, que presumía de su amistad personal con Franco –se vanagloriaba de ser uno de los pocos que le llamaba Paco en público al dictador-. De forma inmediata, su estilo comenzó a sentirse. Para minar los apoyos civiles a los maquis no dudó e instaurar una política de terror que incluía palizas, torturas, envenenamientos, fusilamientos simulados para lograr confesiones –como el que sufrió mi propia abuela-.



El éxito de su política le llevó años más tarde, ya con el grado de general, a la provincia de Teruel, donde continuó con su cruzada contra el maquis. El 28 de septiembre de 1.947 un grupo de guardias civiles a su mando encarceló, torturó y asesinó a 24 hombres inocentes, la mayoría mineros, pero también maestros, practicantes o masoveros.

Conforme a la Ley de Memoria Histórica, el nombre de Manuel Pizarro fue retirado de una calle de Teruel, pero en Granada, cuyo ayuntamiento en campeón en desmemoria sigue permitiendo que ese nombre permanezca en una de sus calles.

Y para aquellos a los que el nombre de Manuel Pizarro les resulte conocido, les aclaro que su nieto se llama igual que el abuelo. Me refiero al empresario “de raza” que se convirtió en político fugaz. Los medios también lo calificaron como un hombre duro, cuando desde la Presidencia de Endesa, se opuso a la compra por parte de Gas Natural. El gobierno, que había bendecido la operación para crear un gigante energético nacional, se encontró una enconada resistencia y el partido en la oposición, haciendo gala de su patriotismo -“Antes alemana que catalana” como llegó a decir Esperanza Aguirre- entronizó a Pizarro. Cuando en enero de 2.008 abandonó la Endesa comprada por otra compañía extranjera y entró en política, se presentó ante sus compañeros de Partido Popular diciéndoles: “Soy uno de los vuestros desde hace tiempo”. Todos le auguraban un gran futuro en un posible gobierno. Luego, tras su fracaso en un cara a cara antes de unas elecciones en el que hizo el mayor de los ridículos, su estrella política se apagó.

Está claro que a los Pizarro no deberían dejarles jugar a la guerra, ya sea eléctrica o contra el maquis. Son implacables cumpliendo las órdenes de sus amos: uno como torturador de la dictadura, otro como paladín de los accionistas, pero el resultado de sus actuaciones es nefasto. En 2008 los analistas ya anunciaron que la absurda guerra de las eléctricas la acabarían pagando los consumidores en el recibo de la luz. Un recibo pequeño si lo comparo con el miedo que debió sentir mi abuela cuando, en febrero de 1942 y embarazada de siete meses, la pusieron frente a un pelotón de fusilamiento para que confesara el paradero de su marido. Sólo respondió con el silencio.

31 octubre, 2013

Réquiem por un campesino español

Leí Réquiem por un campesino español cuando tenía catorce años. En la página inicial del libro aparece escrito mi nombre con la caligrafía que tenía al principio de mi adolescencia, tan parecida, pero a la vez tan distinta a la de hoy. El tiempo ha pasado por esa letra cuidadosamente escrita y ha oscurecido el color del papel, que ahora tiene el tono sepia de los recuerdos muy antiguos, los recuerdos que me transportan a aquel primer curso en el instituto, a la clase que estaba al fondo del largo pasillo, a los enormes ventanales que daban al patio y el olor de tiza que había junto a la pizarra.

Ésa probablemente fue una de las primeras novelas que leí y su lectura vino obligada al formar parte de la materia del curso de lengua y literatura del bachillerato. A lo largo de las páginas encuentro decenas de palabras subrayadas, que entonces pertenecían a un vocabulario desconocido. Hoy, más de treinta años y centenares de novelas después, podría darle significado a la mayoría de aquellas palabras, lo que no ha cambiado en ese tiempo es la impresión que me ha producido al volver a leerla.

A veces regreso con cierto miedo a lecturas que me resultaron arrebatadoras en mi juventud y que ahora, vistas con otra mirada, están muy por debajo que la impresión que guardó mi memoria. Réquiem por un campesino español, en cambio, me sigue pareciendo una gran obra. Ahora que Ramón J. Sender no parece ser un escritor de referencia, semiolvidado en un segundo plano alejado de la actualidad y las modas, creo su lectura es una gran fuente de aprendizaje.



En las últimas décadas se han sucedido los autores, presuntamente innovadores, que pretenden abrir nuevos caminos a la novela con la alabanza de la crítica sesuda de los suplementos literarios de los periódicos. Críticas que hablan de obras construidas como muñecas rusas, historias que encierran en su interior múltiples historias, experimentos formales que alcanzan su mayor gloria en una apoteosis de artificios, estilos barrocos, intransferibles, de una personalidad y un lenguaje únicos, o biografías menores de personajes simples, de una cotidianidad que se alarga sin chispa hasta adormecer el interés del lector. Por mucho que lo he intentando, no he podido acabar una obra de Javier Marías, de Bolaño, de Vila-Matas, de Murakami, de esa “brillante” generación de escritores sesentones ingleses que cuentan hechos insípidos, de los eternamente “enfants terribles” de la narrativa francesa, con Houellebecq a la cabeza. En definitiva, de los novelistas que suelen encabezar las recomendaciones anuales que hacen los críticos literarios.

Me gustan las historias que me producen emociones desde los sentimientos más básicos, las que están bien contadas, las que explican las biografías reales o ficticias de personajes inolvidables, a los que les suceden cosas normales o maravillosas. Las tramas bien construidas que no olvidan la misión fundamental de la ficción: enganchar al lector desde la primera página y hacerle vivir un gozoso disfrute hasta que cierra el libro.

Sender, como Delibes, Marsé, Hemingway o Conrad, entre otros muchos, pone el estilo al servicio de la historia. Un estilo sencillo, directo, sin artificios innecesarios, que se dedica a narrar los hechos sin entrar a enjuiciarlos. Es el lector el que lo hará a través de lo que les sucede a los personajes. Un narrador en tercera persona nos cuenta la vida de un campesino español, fusilado de forma injusta y cruel durante la Guerra Civil, a través de la mirada del cura que lo traiciona, el mismo que lo bautizó, le dio la primera comunión, lo vio hacerse un hombre y lo casó.

Y lo hace con un manejo del tiempo narrativo que ya quisieran para sí los sesudos escritores alabados por la crítica moderna.  Mientras espera inútilmente a que el pueblo acuda al réquiem que va a celebrar por su alma un año después de la muerte, el mosén Millán va repasando la vida de Paco el del Molino. Y en esos minutos, vemos a través de los ojos del sacerdote la evolución del protagonista a lo largo de los casi treinta años de su vida en un pequeño pueblo aragonés de la franja cercana a Cataluña, años que vienen marcados por los trágicos acontecimiento de la Primera República y la Guerra Civil.

Todo transcurre en la iglesia vacía, a la que sólo acabarán acudiendo los tres hombres que le provocaron la muerte, los caciques de la aldea a los que se enfrentó el joven idealista Paco. El contrapunto a la narración del mosén lo encontramos en el romance que va entonando el monaguillo, que recoge la historia popular ya convertida en leyenda, o en las opiniones y comentarios del “carasol”, que, como el coro de las tragedias griegas, se convierte en el eco incómodo que recuerda el drama.




Un drama que el escritor conocía bien: durante los primeros meses de la guerra su esposa fue torturada y ejecutada por negarse a revelar el paradero de su marido –una información que además desconocía- y su hermano, alcalde de Huesca, fue fusilado. Cuentan que Sender arrastró a lo largo su vida el sentimiento de culpa que les queda a los supervivientes, el mismo que siente Mosén Millán mientras recuerda a Paco. Escribió esta obra desde la condena del exilio, desde el desengaño del idealismo traicionado, tanto del anarquismo de su juventud, como del comunismo que abrazó durante el conflicto armado. Y lo hizo además en un plazo sorprendente: en apenas poco más de una semana. El resultado es una novela que cuenta una historia emocionante desde la sencillez más brutal, un libro que me leí en apenas unas horas y que, más de treinta años después de la primera lectura, me produjo el sentimiento del lector gozoso que cierra la última página con la pena que produce el fin de la lectura, con la necesidad imperiosa de encontrar otras historias, de continuar esa magia en otras novelas y de regresar a ellas varias décadas más tardes para volver a disfrutarlas.

24 octubre, 2013

El nieto del fascista.

Hace unas semanas la asociación Jueces para la Democracia criticaba con dureza al Gobierno por incumplir de forma sistemática la Ley de Memoria Histórica. La denuncia coincidía con la llegada a nuestro país de los enviados de Naciones Unidas para recordar que los crímenes del franquismo no están sujetos a amnistía y que España debía tomar medidas legales y judiciales al respecto. Aportaban además una cifra escalofriante: con más de 114.000 desaparecidos, nuestro país ocupa el segundo lugar en la estadística del terror, sólo por detrás de la Camboya de los jemeres rojos, por lo que se refiere a asesinatos cuyos cuerpos no han sido recuperados ni identificados.

La lectura de esos datos coincidió con la escritura de la escena de mi novela en la que se narra el fusilamiento de mi tío abuelo Paco, de la que se produjo el 77ª aniversario hace sólo unos días.

El gobierno actual ha derogado de facto una ley que costó años legislar, al dejarla sin fondos por segundo año consecutivo. El ministro de justicia, Alberto Ruiz Gallardón, esbozaba una letanía de justificaciones basadas en la crisis económica.

Con casi seis millones de parados e injustificables recortes en la educación y la sanidad pública, este tema ha regresado al olvido, el lugar del que algunos no quisieron que saliera nunca. Estoy de acuerdo con un razonamiento: ahora que se cierran plantas de hospitales, que se despiden profesores, que (según publicaba la prensa hace sólo unos días) más de catorce mil niños catalanes se han quedado sin la beca comedor a la que tenían derecho, simplemente porque otro gobierno, en este caso el de Catalunya, dice no tener dinero, ahora no se puede dedicar dinero público a reparar la deuda que tenemos con la historia. Pero, aceptando esa afirmación que considero justificada, discrepo en lo principal: la deuda con la memoria no es económica, sino moral. Retirar los símbolos fascistas que aún perviven en nuestras calles, evitar la apología del franquismo, reconocer los hechos o anular las sentencias dictadas no cuesta apenas dinero.

En este país no todas las víctimas son iguales y nunca ha habido una verdadera voluntad política de reparar la historia de los crímenes que dejó la dictadura en las cunetas. Tampoco debería extrañarnos si atendemos al pasado de los que nos gobiernan.

Si quisiéramos echar la vista atrás descubriríamos un curioso personaje: “El Tebib Arumi”. Estas palabras, que en árabe quieren decir “el Médico Cristiano”, son las que utilizaba para firmar sus crónicas uno de los periodistas más fieles al régimen. Víctor Ruiz Albéniz fue un médico que abandonó su profesión para ejercer como corresponsal  en la Guerra de África primero y más tarde en la Guerra Civil. Durante la “Cruzada de Liberación Nacional” también hizo crónicas radiofónicas, se afilió a la Falange y fue colaborador del diario de FE de las JONS Proa.

Su prosa florida relata el imparable avance del ejército nacional con una enorme exaltación, la misma que hoy nos parece tan mentirosa y anticuada cuando oímos las noticias del viejo NODO. No podemos olvidar que mientras los valientes legionarios, los voluntarios italianos y las tropas marroquíes avanzaban con el valor que nos cuenta el cronista, las cunetas y los cementerios se llenaban de cadáveres, de hombres, inocentes en muchos casos, fusilados sin un juicio justo. Eso, al parecer, no era importante: “El día del comienzo de la operación amaneció sin una nube,  sereno,  tranquilo. Los Tabores de Regulares, las Banderas legionarias, ocupan en el centro la línea de extrema vanguardia, y en los flancos y a su altura, están los Requetés y las Banderas de Falange. Era muy grande, extraordinaria. el ansia de avance que tenían nuestros muchachos, y así no fue de extrañar que, añadiendo a las buenas condiciones de las tropas que hemos enumerado el entusiasmo y el ímpetu alegre que siempre da la acometida, el enemigo quedase prontamente batido y rebasado su frente casi sin ninguna reacción digna de ser tenida en cuenta.”



Si volvemos la vista al presente, encontraremos que actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, es el nieto del mayor propagandista del franquismo: Víctor Ruiz Albéniz. Su abuelo firmó esta loa a Franco el 4 de septiembre de 1942: Por estadista te teníamos; ahora, además, hay que concederte la suprema categoría de político y gobernante. ¡Que Dios —todos los días se pide así en mi hogar— conserve tu vida, la fortaleza de tu ánimo y la sagacidad de espíritu, para bien de esta España tan querida a la que tanto amamos y que tanto te debe. Te saluda con toda emoción este veterano, inque­brantable creyente en ti y en tu obra”.

Con datos como estos sobran las justificaciones de su nieto.


Nota.- Los restos de mi tío abuelo reposan, junto a los 39 hombres que fusilaron con él, en las fosas 255 a 299 del Patio de San José del cementerio de Granada.

21 octubre, 2013

22 de Octubre de 1936

A las once y cincuenta minutos del día veintitrés de octubre de mil novecientos treinta y seis el juez municipal de Granada, José Cobo, firmaba en el Registro Civil de la ciudad la defunción de Francisco Álvarez López, de 21 años, natural de Churriana e hijo de José y de Antonia. Tras dibujar unas tachaduras curvas sobre los datos que debían reflejar el domicilio, el secretario, José Jiménez de Parga, hizo constar que el fallecido tenía la profesión de mecánico y era soltero.

La defunción se había producido el día anterior a las seis de la mañana, a consecuencia de disparos por arma de fuego, según resulta de la orden recibida. No del reconocimiento practicado, ya que estas palabras aparecen tachadas en el texto. El cadáver iba a recibir sepultura en el cementerio de la capital.

Continúa detallando que la inscripción registral se practica en virtud de la orden de D. Manuel Navarro, Teniente Juez Instructor de la plaza. El hecho lo había presenciado como testigos Carlos Raya y otra persona cuyo nombre permanece en el misterio difuso de la mala caligrafía. Ambos eran mayores de edad y vecinos de la ciudad. Sus firmas aparecen al final del documento junto con la del juez y el secretario, a la derecha del sello azulado del Juzgado de Primera Instancia de Granada, donde se dibuja un borroso escudo entre dos columnas.

La inscripción número 1.619 es la de mi tío abuelo Paco. Ninguno de los miembros vivos de mi familia llegó a conocerle. Todos sus siete hermanos ya han muerto y sus sobrinos más mayores, entre los que se encuentra mi madre, eran niños de apenas meses cuando lo asesinaron, pero su historia ha pervivido a lo largo de varias generaciones de “Mitaíllas”. Hoy, setenta y siete años más tarde, su recuerdo sigue vivo en nuestra memoria y en la novela que lleva varios años dando vueltas en mi cabeza.

El aniversario me ha sorprendido trabajando precisamente la escena de su fusilamiento. Llevo ya algunas semanas reescribiéndola a partir de esbozos que tracé hace tiempo, reinventándola, tratando de imaginar, a través de los detalles más pequeños de la investigación histórica, el momento que transcurre desde que la barra oxidada del primer cerrojo rompió el silencio de la celda hasta el estruendo de la salva de disparos que oyó mientras miraba a la tapia del cementerio, pasando por la última noche en la capilla de la cárcel o el itinerario que sigue el camión que le lleva hacia su destino.

Una vez más intento alejarme del personaje, una vez más el sentimiento es más poderoso y todo lo desborda, pero ya no lucho contra ello: sólo lo que me emociona en lo más profundo puede emocionar también a un futuro lector.


A estas horas de la noche de hace más de siete décadas, el celador ya habría pronunciado los cuarenta nombres de la lista “Hasta ese instante sólo había sentido la impotencia que arañaba su cuerpo cada vez que el celador acababa la lista sin que él estuviera en ella. Era entonces el momento de bajar la cabeza, de no mirar a los que se marchaban por la vergüenza de no compartir su destino. Esa vez Paco miró a los ojos de los compañeros que salían con él de la celda y vio en ellos el mismo miedo.”



28 agosto, 2013

Prohibido morirse en agosto

En su edición de mitad de agosto, cuando los periódicos adquieren la enorme delgadez de una dieta falta de noticias, Babelia publicaba un artículo firmado por Javier Gomá Lanzón que titulaba Raptado por las musas. El texto comenzaba así: “Hay un hecho notorio y universal que reclama una buena explicación: por qué determinadas personas dedican las mejores horas del día, los mejores días del año y los mejores años de su vida a producir algo que nadie les ha pedido, sin que el éxito social, los requerimientos de la conciencia, el anhelo de fama o el enriquecimiento económico constituyan nunca la motivación principal. El hecho suele ser designado con la palabra vocación.”

El artículo continuaba más adelante: “Es literaria aquella vocación que elige como objeto la producción de un texto. De igual manera que un pintor percibe un magnetismo en la asociación de unos particulares colores o el compositor descubre la necesidad interior de una concreta secuencia de notas musicales, así el escritor es aquella persona que ha desarrollado un sentido para aprehender el campo de fuerzas que generan dos o más palabras cuando se ponen cerca y del que carecen por separado. El escritor, en resumidas cuentas, no es otra cosa que un juntapalabras y su arte reside en juntarlas con acierto”

Hay ocasiones en que las palabras se niegan a juntarse o, cuando lo hacen, el resultado que revelan es desolador, pero a veces de una idea absurda, de un título surreal, nace un hilo que basta poco más de dos centenares de palabras antes de romperse para dejar una resultado incierto...

Emilio Cifuentes eligió para morir un domingo de agosto. Durante los días previos las temperaturas fueron muy altas, tanto que le provocaron un hervor de pensamientos que le remordió el estómago y le fue consumiendo muy despacio. La mañana del deceso, en cambio, amaneció tibia, pastosa, con un cielo lleno de nubes sucias que tampoco era promesa de lluvias.
—¡Vaya día ha elegido este cabrón para marcharse! —pensaba su mujer en mitad de una soledad inquebrantable. Era de esperar: en vida su esposo no se había dedicado a hacer amigos.
—Debería estar prohibido morirse en Agosto cuando todo el país está de vacaciones —musitó entre dientes después de firmar el papeleo—. Al menos así tendrán la excusa para no venir al entierro.
Al salir a la avenida limpia de coches el calor comenzaba a repuntar y decidió que ya era hora de dar portazo al pasado.
—Te va a enterrar con la camisa azul Rita la Cantaora, porque yo acabé bien harta de tu yugo y tus flechas.
Cuando llegó a casa, lo primero que hizo fue ducharse, mirar como el agua se iba por el desagüe dibujando círculos entre sus pies doloridos. Con el pelo aún mojado abrió la puerta del armario ropero y no tardó mucho en rebuscar entre las perchas de plástico. Cogió el vestido negro que vistió el año en que murió su madre, se fue a la cocina y lo tiró a la basura.


23 agosto, 2013

Un pequeño tesoro

El paso del tiempo se dibuja a través del color sepia de las fotografías, se hace más evidente en los rostros antiguos que nos miran desde ellas, en esos rasgos que nos resultan familiares y que, desconocidos u olvidados por el paso de los años, se nos presentan de repente, como una visita agradable a la que ya no esperábamos. A veces los pequeños objetos de escaso valor económico pueden suponer un tesoro que despierta curiosas emociones. Los Mitaíllas sólo conservábamos dos fotografías de la bisabuela Antonia. En una de ellas, ya muy anciana, una sombra le emborrona parte de la cara, mientras el resto aparece casi velada por una claridad que entra del exterior. Guarda un enorme parecido con mi abuela María, comparten la misma expresión de quien ha sufrido mucho en la vida.

Cuentan que la bisabuela hablaba con nostalgia de su infancia en Málaga, de las enormes palmeras y del mar que permanecían en su recuerdo muchas décadas más tarde. En 1896, cuando su padre marchó a la Guerra de Cuba, la familia se mudó desde Melilla y vivió algo más de tres años en la Ciudad del Paraíso, como la llamaba Vicente Aleixandre en ese magnífico poema que recuerda su niñez malagueña.

Cuando comencé a documentarme con el objetivo de escribir una novela, me convertí en un detective y en viajero de la imaginación. Siguiendo pistas muy tenues conseguí conocer detalles de las vidas de mis antepasados que se habían perdido en el largo pasillo del tiempo. A través de los documentos viajé a los montes del norte donde combatió el tatarabuelo, los mismos que pude ver con mis propios ojos no hace mucho; a las ciudades cubanas por las que se perdía su pista; al paisaje de la guerra que vivieron mis abuelos José y María; a los lugares donde mi abuela sufrió la condena de la posguerra. De todos esos viajes al pasado, uno me emocionó de forma especial: el que me transportó a mi más remota infancia, al recuerdo de los parques, las palmeras y el mar de mis primeros años en Málaga para tratar de imaginar lo que pudo sentir Antonia en la ciudad a finales del siglo XIX.

La imaginé bordando a la espera del teniente, rezando por el regreso de su padre de una guerra lejana, que se consumía al otro lado del océano, sufriendo la estricta moral de su madre Feliciana, deseando seguir los pasos de su hermana mayor y estudiar para maestra…

Hace unos días recibí unas fotografías muy antiguas. Las hizo Francisco Martín en su estudio de la calle Comedias, uno de los primeros fotógrafos que ejercieron el novedoso oficio en Málaga. Al parecer, fue el mismo que hizo las primeras fotografías a Pablo Picasso. La bisabuela compartió alguna cosa más con el pintor, ambos fueron bautizados en la misma iglesia: la de Santiago. En unoa de los retratos, Feliciana posa con sus cuatro hijos. A su derecha, de pie, se encuentra María, la primogénita. Sentada sobre un cajón o una silla muy pequeña se encuentra Paquita, la más pequeña de las niñas. Ambas llevan vestidos oscuros, abrochados al cuello, y unas cruces que caen con una cadena sobre el pecho, por encima de las ropas. A la izquierda de su madre, nos mira Antonia. A diferencia de sus hermanas, su vestido es muy claro, probablemente blanco, con unas mangas exageradamente anchas, gracias a los bullones que se abultan cerca de los hombros y que luego se estrechan hasta unos puños muy ajustados en las muñecas. Apoya una mano sobre una mesita de largos flecos. Encima de la rodilla derecha de Feliciana se mantiene de pie el pequeño Antonio, el niño tan deseado por su padre, al que ni siquiera ha podido aún ver. Cuando el teniente marchó a Cuba en enero de 1896 su mujer estaba embarazada. Cuentan que, después de haber tenido tres hijas, ya no tenía esperanza de que llegara varón y, como no acaba de creerse la buena noticia, le pidió a su mujer una fotografía donde se viera con claridad su masculinidad. Imagino la cara de sorpresa del fotógrafo F. Martín, al ver cómo la adusta Feliciana le quitaba los faldones al pequeño para que pudiera lucir en toda su desnudez.

En esta fotografía, en cambio, todos posan muy recatados. La madre ocupa el centro de la escena con su mirada seria, el traje muy oscuro, ceñido al cuello por un broche que debía ser dorado. Es muy probable que el destinatario de la misma fuera Antonio para que tuviera consigo, en la isla caribeña, una imagen de su familia que le ayudara a olvidarse por momentos de la penuria de la guerra, de los ataques de los mambises, de los caminos selváticos, de las picadas de los mosquitos.

Junto a la foto de familia, me llegó otra en la que aparece sola la bisabuela. Viste la misma ropa, pero se permite la libertad de traer sobre el pecho su larga cola de pelo rubio, atada por un lazo blanco. En ésta se le aprecia una pequeña cruz que le cuelga del cuello. Al fondo, aparece ahora con más claridad las formas arquitectónicas que intenta dar perspectiva al retrato: unas falsas columnas acanaladas que la envuelven de un aire irreal. La imagen debió ser tomada el mismo día que la anterior: había que aprovechar la ocasión. Resulta difícil hoy, que almacenamos miles de imágenes digitales, imaginar lo que debía representar en aquella época una visita al fotógrafo, un lujo que estaba al alcance de pocos.



Antonia vuelve años más tarde, ya casi convertida en una mujer, con uno de aquellos vestidos decimonónicos de cintura de avispa y mangas muy anchas y el pelo rubio, que caracterizará a las Mitaíllas, recogido en un moño muy trabajado. Aún vivía en Málaga, pero no debía faltar mucho para que la familia regresara, por fin, al pueblo de la vega granadina donde habían nacido sus padres y del que habían permanecido alejados durante más de dos décadas por la larga carrera militar del teniente. Aún no conocía a José, el gañán pobre, veinte años mayor que ella, del que se iba a enamorar y con el que compartiría una vida de complicidad y sufrimiento. Un amor que Feliciana, su madre, nunca aceptaría hasta el punto de desheredarla, pero ésa ya es otra historia que no cabe en una fotografía.