31 julio, 2013

La batalla de Monte Muro I. Los preparativos.

Tras el levantamiento del sitio de Bilbao, Serrano marchó a Madrid y el general Gutiérrez de la Concha quedó al frente del Ejército del Norte, que estaba compuesto por treinta mil infantes, dos mil jinetes y cincuenta piezas de artillería. Enfrente tenía a las tropas carlistas, al mando de Dorregaray, formadas por veinticinco mil soldados de todas las armas y con menos artillería, apenas unas doce piezas.

Entrada de las tropas liberales en Bilbao.
Concha, tras descartar una acción contra Durango, decidió llevar el teatro de las operaciones a Navarra y conquistar Estella, la capital de los carlistas. El grueso del ejército liberal lo formaba el 3er Cuerpo, organizado por el Marqués del Duero apenas unos meses antes. El 2º Cuerpo se quedó en Bilbao para defender la plaza mientras el 1er. Cuerpo, al mando del cual estaba el teniente general Antonio López de Letona, le acompañó en su avance. Los dos batallones del regimiento de Zamora nº 8, donde estaba encuadrado el tatarabuelo Antonio, formaban parte de la primera Brigada comandada por el brigadier Benito Rubio de la Segunda División del mariscal de campo Melitón Catalán, perteneciente a este 1er Cuerpo.

El general Manuel Gutiérrez de la Concha, Maru´qes del Duero
Partieron desde Portugalete hacia Vitoria sin apenas encontrarse resistencia durante el camino, pero el avance fue lento porque dejaban a sus espaldas ciudades controladas por el carlismo, como Oñate, y porque algunas partidas carlistas interrumpían de forma intermitente las comunicaciones entre Bilbao y la capital alavesa. En ella Concha pasó un mes, preparando los detalles del ataque a Estella y a, finales de Mayo, pasaron por La Guardia y Logroño.
El mismo recorrido siguió el personaje de Benito Pérez Galdós en uno de sus Episodios Nacionales: “En Logroño supimos que los carlistas, rehaciéndose con tenaz esfuerzo del descalabro de Bilbao, reorganizaban y fortalecían sus huestes para salir al encuentro de Concha, en Navarra. Faltos de recursos, apelaban a la munificencia de las Diputaciones Forales y al patriotismo de los realistas pudientes; esquilmaban a los pueblos, y decididos a no perdonar medio alguno para adquirir dinero, llegaron al extremo increíble de afanar los fondos de la Santa Cruzada. Sin hacer caso del Obispo, que puso el grito en el cielo al tener noticia de la exacción sacrílega, conminaron a todos los párrocos a que aflojaran sin demora los parneses de la Bula, alegando que se trataba de defender la Religión y que ya ajustarían ellos sus cuentas con el Papa.”
El 9 de junio los dieseis batallones del Primer Cuerpo, mandado por el mariscal Rosell, que había sustituido a Letona, se encontraban acantonados en Sesma. Todas las fuerzas liberales arrojaban un total de 48 batallones, 20 Plasencias, 32 Krupp y más de 1.000 jinetes.

Debían enfrentarse al ejército carlista que se había situado en las colinas que circundan Estella y cuyo plan de defensa podemos conocer a través de la alocución que hizo Dorregaray en esa ciudad el 16 de junio: “Hemos abierto un perímetro de cinco leguas, numerosos atrincheramientos, sistema de defensa que al par que se esterilizará casi por completo el terrible poder de la artillería de nuestros enemigos, que tan desigual sabe hacerse para nosotros el combate, les obligará a ellos a caminar a la zapa, fortificándose de nuevo a cada palmo de terreno que logren avanzar en su penosa marcha, para venir a estrellarse con las últimas trincheras, dejando el campo cubierto de víctimas”.

Antonio Dorregaray. Retrato de E. Moreno para Historia contemporánea:
anales desde 1843 hasta la conclusión de la última Guerra Civil. 1877
En la misma, el cruel Dorregaray amenazaba con una guerra sin cuartel, ante lo cual el general Concha le respondió: “Soldados: El jefe del ejército enemigo acaba de publicar una proclama anunciando para más adelante la guerra sin cuartel. Las postrimerías de una causa perdida se distinguen generalmente pos sus crueldades. No sigamos nosotros tan horrible ejemplo. Nuestra misión es vencer y no asesinar.

Entre el movimiento de los ejércitos, la voz narradora de Pérez Galdós nos dibuja con enorme transparencia la situación política que latía por detrás: “Con sutileza de imaginación introducíame yo en el cerebro del de arriba y de los de abajo, y encontraba la percepción de un solo ideal. ¿Qué querían, por qué peleaban? Debajo del emblema de la soberanía nacional en los unos y del absolutismo en el otro, latía sin duda este común pensamiento: establecer aquí un despotismo hipócrita y mansurrón que sometiera la familia hispana al gobierno del patriciado absorbente y caciquil. En esto habían de venir a parar las mareantes idas y venidas de los Ejércitos, que unas veces peleaban con saña y otras se detenían, como esquivando el venir a las manos. Discurría yo, metido en las entendederas de aquellos hombres, que si por el momento no era lógico el acuerdo entre ellos, no tardaría el tiempo en dar realidad a mis maliciosas conjeturas. Concluirían por hacer paces, reconociéndose grados y honores como en los días de Vergara, y la pobre y asendereada España continuaría su desabrida Historia dedicándose a cambiar de pescuezo a pescuezo, en los diferentes perros, los mismos dorados collares.”

Vista de Estella desde Monte Muro.
En su intento de liberar Bilbao las tropas liberales avanzaron por el valle de Somorrostro hacia la cima de San Pedro de Abanto. Ahora, para conquistar Estella era necesario conquistar la colina de Monte Muro, desde la que se dominaba la capital carlista. Pero ésta no iba a ser la única similitud entre ambas batallas. Otra vez, y no sería la última, el soldado de segunda Antonio López Martín se iba a encontrar, de forma inesperada, en el centro de las operaciones en el momento más difícil.

24 julio, 2013

San Pedro de Abanto VII. Consecuencias de la batalla

Nota previa. Esta es la 7ª entrada sobre la batalla de San Pedro de Abanto. Se recomienda comenzar a leer por la primera.


Después de tres días de duros e intensos combates, la batalla en San Pedro de Abanto se detuvo por culpa del tiempo y del cansancio de las tropas. El paisaje que dejó la lucha era desolador como describe el Volumen 5 de Los Anales desde 1843 hasta la conclusión de la última Guerra Civil: “La naturaleza, que en los tres días de combates se había mostrado en todo su esplendor, el 28 cubrió el cielo de nubes, oscureciéndose como si vistiera luto por tan horrible hecatombe; enrarecióse el aire, formaba la lluvia charcos de sangre alrededor de los cadáveres y por todas partes no se veían más que horrores, ruinas, cenizas y destrucción. Pocas o ninguna casa había intacta en aquella inmensa circunferencia; por todas partes se veían cadáveres, trozos de capote, morrales, paquetes de cartuchos y otros muchos objetos abandonados por sus dueños muertos o heridos”.

Dibujo de las ruinas de San Pedro.
Dibujo de L. Urgelles para El Estandarte Real. Edición  Junio de 1891
Unamuno, que describe el combate con cierto agarrotamiento en su novela Paz en la guerra, se libera a la hora de narrar las dramáticas consecuencias de la batalla y nos deja magníficas descripciones de la locura de la guerra, que beben, como se puede apreciar con facilidad, de las crónicas de los corresponsales.

“Amaneció triste y nebuloso el día 28. Los carlistas del Montaño recibían el cañoneo, rezando en voz alta algunos el acto de contrición. La niebla hizo cesar el fuego, se abrieron las nubes, y la lluvia formó charcos de barro junto a los muertos. 

Iban los batallones nacionales al relevo, destrozados y mustios, rendidos de fatiga. El de Estella se había terciado, quedando cinco de sus veintiún oficiales. El suelo del campo de refriega estaba lleno de capotes, morrales,  cartuchos, panes, mezclados despojos de unos y de otros con la tierra común, que recoge el pasado y encierra el futuro. Yacían unos cuerpos con los abiertos ojos fijos en el cielo, ojos ya soñolientos, ya negros de terror petrificado; otros parecían dormir; algunos tenían crispadas las manos sobre el arma; estos, de bruces; aquellos, de rodillas. Sobre el pecho quieto de uno reposaba la cabeza fría de otro. A unos los había sorprendido el supremo momento en el gesto último de la acción, absortos en la tarea, atentos a la consigna; a otros en la laxitud del abandono; a quienes sobrecogidos por el terror, a quienes por la angustia, a quienes por la languidez del sueño último, el del derretimiento.”

Con las fuerzas justas para mantener las posiciones y ante el empeoramiento del tiempo, el general Serrano decidió esperar acontecimientos antes de continuar la lucha. En el bando enemigo, los generales carlistas discuten si deben levantar o no el cerco sobre Bilbao. Aunque en menor medida, también han sufrido grandes pérdidas y apenas tienen munición. Pese a que la mayoría aconseja la retirada, los generales Ollo y Andechaga logran convencer a Don Carlos que mantenga la línea en las posiciones que defienden.

Tras un primer día sin combates llegó la noche y como nos narra Unamuno “durmieron los vivos cerca de los muertos, mientras los cuervos se congregaban en las alturas.”

A diferencia de los liberales, el enemigo no había perdido a ninguno de sus oficiales de mayor rango, pero en la mañana del Domingo de Ramos una batería situada en Las Carreras disparó una granada contra un grupo de uniformados. Estaban reunidos junto a una casa situada dos kilómetros a la izquierda de San Pedro de Abanto. El proyectil cayó en el centro del grupo, segando una pierna del general Ollo, jefe del ejército carlista, que además recibió el impacto de la espoleta en su pecho, heridas horribles que le produjeron la muerte en pocos instantes. Un casco de granada hirió en el muslo izquierdo al General Rada, que fue trasladado al hospital de Santurce donde falleció poco después.

Muerte del general Ollo. Dibujo de J. Alaminos para Historia contemporánea: 
segunda parte de la Guerra Civil : anales desde 1843 hasta el fallecimiento de Don Alfonso XII
Muerte del General carlista D. Nicolás Ollo.
Dibujo de Inocente garcía Asarta para El Estandarte Real. Edición de Septembre 1899
La lucha dio paso a una tregua tácita y ambos contendientes aprovecharon para enterrar a los caídos. Unamuno vuelve a describirlo otra vez con maestría: “Reunidos unos y otros en el campo neutral, para dar sepultura a los muertos, habían abierto grandes zanjas en que los echaron como quien sotierra langostas, sin el último beso de sus madres, blancos y negros, en la santa fraternidad de la muerte, a descansar para siempre en paz en el seno del campo del combate, regado con su sangre. Cayo sobre ellos con la tierra la ultima oración, la ultima lástima y después un inmenso olvido.”

28 de Marzo de 1874: enterramiento de los cadáveres, después de las batallas de Somorrostro. 
Edición correspondiente a Marzo de 1890.

Los corresponsales, que habían informado con brío de la lucha y la heroicidad, ahora silencian las consecuencias de la barbarie de la guerra, se centran en los lazos de compañerismo que se establecen entre los enemigos: "...después de las rudas acciones de marzo, reinó una tregua de tres días en los campos enemigos, para llevar a cabo el sepelio de cadáveres y dar descanso a las tropas combatientes. Durante esta tregua se han verificado [...] escenas conmovedoras de fraternidad y alegría,  en las cuales conversaban amistosamente, y se separaban luego con abrazos y apretones de manos, los mismos que en los días anteriores habían peleado con denuedo en campo contrario; y liberales y carlistas se preguntaban por sus amigos, paisanos y parientes, deploraban la guerra, y juntos hacían votos por la felicidad de España.”

La tregua: soldados del ejercito y soldados carlistas en las avanzada de Murrieta.
Dibujo de Losé Luis Pellicr para La Ilustración Española y Americana. Edición 15 de abril de 1.874
Don Miguel, en cambio, no se deja llevar por los sentimentalismos y en su novela Paz en la guerra describe la realidad con una enorme lucidez:

Al separarse había un calor nuevo en el apretón de manos, porque entonces, después de haberse batido unos con otros, mucho mejor que peleando con el moro, sentían a la patria, y la dulzura de la fraternidad humana. Peleando los unos con los otros hablan aprendido a compadecerse; una gran piedad latía bajo la lucha; sentían en ésta la solidaridad mutua como base, y de ella subía al cielo el aroma de la compasión fraternal. A trompazos mutuos se crían los hermanos.

Pero era brutal y sobre todo estúpido, realmente estúpido, totalmente estúpido. Se mataban por otros, para forjar sus propias cadenas, no sabían por qué se mataban. Formaban en dos ejércitos enemigos, y asunto concluido. El enemigo era el enemigo, y nada más; el de enfrente, el otro. La guerra era para ellos la tarea, de oficio, la obligación, el quehacer.”

Tras la muerte de más de seis mil soldados, los altos mandos de ambos ejércitos comenzaron sus componendas, sus causas absurdas que habían llevado al país a una situación desesperada. Las crónicas se centran en la caballerosidad que se establece entre los oficiales enemigos y en el carácter español de los soldados ante las adversidades, como en el texto que describe el dibujo “Paseo de la Castellana”: “Como los soldados españoles, tan fieros en la pelea, conservan inalterable su buen humor proverbial, á pesar de las penalidades de una ruda campaña, el trozo de carretera que atraviesa el pueblo de Somorrostro, y que es el punto de reunión y de cita en el campamento, ha sido bautizado con el pretencioso nombre de Paseo de la Castellana: allí se reúnen aquéllos para leer los periódicos de Madrid, los telegramas del ejército del Centro, y las cartas de su tierra.”

Carretera de Somorrostro: sitio denominado por las tropas "Paseo de la Castellana". 
Dibujo de José Luis Pellicer para La Ilustración Española y Americana. Edición del día 30 de marzo de 1874.

Unamuno, en cambio, es más duro con una realidad que otros intentan disfrazar: “Entretanto los jefes supremos discutían Ias bases de un arreglo, sirviéndose de algún cura como de intermediario. Reconocimiento de grados ofrecían los unos; Carlos VII monarca absoluto o nada, contestaban los otros; plebiscito nacional, replicaban aquellos; derecho de tradición y nada de soberanía popular a la moderna, contra replicaban éstos. Mantenían enhiesta los carlistas la bandera de «Dios, Patria v Rey,» con mayor empeño que nunca.”

Campamento de Las Carreras durante los últimos temporales de lluvia y viento.
 Edición del día 22 de abril de 1874.
El temporal anegó las trincheras, y la espera de nuevos refuerzos mantuvo durante semanas a los contendientes en las mismas posiciones que les dejó la batalla. Un nuevo cuerpo de ejército al frente del cual vino el general Gutiérrez de la Concha, logró al tercer intento lo que no habían logrado antes Morriones y Serrano. No lo hizo por Somorrostro sino a través del cercano paso de Las Muñecas. El 1 de mayo los liberales por fin conseguían levantar el sitio de Bilbao y entraban en la ciudad. No obstante, merece la pena leer una carta escrita en Somorrostro que publicó un diario antes de la llegada de Concha: “Ignoro cuál será el plan de las operaciones sucesivas, pero está en la conciencia de todo el ejército que por Somorrostro no se salva Bilbao; es tal la serie de atrincheramientos y obstáculos, unos naturales, artificiales los otros, que será imposible dar un paso que no cueste torrentes de sangre, y aun de este modo será imposible llegar á Bilbao. No hay soldado en el mundo que pueda ir al asalto con fuegos de frente y de los dos flancos de retaguardia, porque no hay probabilidad de que ninguno llegase; todos ó casi todos tienen que quedar en el camino, los más fuera del combate, los menos imposibilitados de superar obstáculos, como zanjas, barrancos y otros de análoga naturaleza, pero todos superiores á las humanas fuerzas”

El egoísmo de los aspirantes a monarca, los intereses de los políticos y la incapacidad de los altos mandos militares iban a continuar marcando la agenda del país. El soldado de 2ª Antonio López Martín había sobrevivido a la batalla pero sólo era  su segundo mes en el ejército y aún tenía una guerra por delante para seguir desafiando a la muerte.

23 julio, 2013

San Pedro de Abanto VI. El ataque final.

La crónica que firmó ese mismo día 27 el corresponsal de El Imparcial nos describe la situación de la batalla en el momento decisivo, cuando las tropas liberales lanzaron su último ataque contra San Pedro de Abanto. “Para explicar ahora lo terrible del combate empeñado en esas posiciones, y la importancia de su adquisición, creo conveniente hacer una ligera descripción de la naturaleza del terreno y de las defensas carlistas. A la izquierda de la carretera, marchando hacia San Pedro, hay una cañada de escasa profundidad, que empieza medio kilómetro del rio y termina en el mismo pueblo de San Pedro. Por la altura de la derecha corre la carretera, la cual, al llegar á cien metros del pueblo, se dirige á la izquierda faldeando la colina, donde está situada la iglesia. La altura máxima de la cañada por la izquierda forma una estribación del Montaño, paralela al monte, que termina en un pico, sobre el cual los carlistas tienen un reducto que defiende á la vez el pueblo, la cañada en su parte superior y la carretera, de la cual dista á lo sumo unos ochocientos metros, que es la anchura de la cañada por aquel lado. Al abrigo de ese reducto había una formidable trinchera en sentido diagonal, construida en los campos que lindan casi con las casas del pueblo, y desde cuya defensa se puede barrer la cañada, la carretera y la multitud de sendas y caminos que para el servicio de las heredades hay por aquel sitio.

El pueblo, mirado desde nuestras posiciones, presenta el siguiente aspecto: á la derecha la iglesia con el cementerio, situada sobre una colina. Su construcción es de mampostería, y la circunda un camino cubierto con trincheras de tierra, donde se embotan muchas de las granadas. A la izquierda se halla una casa de pobre aspecto pero sólida. Sigue un claro de cincuenta metros declinando el terreno, y en seguida se ve un grupo de ocho ó, nueve casas, casi todas destruidas por nuestra artillería; después otro claro, otra casa, otro claro, y por último, tres casas llamadas de Murrieta apoyadas en la colina coronada por el reducto.”

La colina de San Pedro de Abanto.
Cuando las noticias sobre las heridas de Loma y Primo de Rivera llegaron hasta Serrano, éste se acercó hasta el frente para exigir un último esfuerzo: el ataque directo contra San Pedro de Abanto que “se ordenó ocupar a todo trance”. Como relatan las crónicas sus soldados “más que la victoria iban a buscar la muerte” y no pudieron alcanzar el objetivo: “conmovían el ánimo mas fuerte los ayes de los heridos que llenaban el terreno de combate; no era ya posible intentar nuevo asalto; la noche se aproximaba a cubrir aquel campo verdaderamente de sangre y heroicidades”.

Las crónicas dejan constancia de la participación del Regimiento de Zamora, donde estaba el tatarabuelo Antonio en el instante más dramático de la batalla: “Enardecida la sangre de nuestros soldados por la resistencia de los carlistas que defendían las trincheras de la iglesia, salieron de sus puntos acometiendo bravamente y á pecho descubierto al enemigo. Tres batallones subieron la pendiente; creo que fueron Estella, Marina y uno de Zamora, y sin detenerse un momento, llegaron hasta la misma trinchera, se corrieron hacia la derecha y entraron en la plaza por el Este, esto es, por el flanco izquierdo enemigo. Pero no bien llegaron allí los primeros, se vieron fusilados por los carlistas desde una trinchera, invisible hasta entonces para ellos, situada detrás del pueblo, y hecha con tal arte, que ofende al pueblo, la carretera y el valle que comienza al otro lado de San Pedro. En esa trinchera había lo menos cuatro batallones carlistas, que distinguí perfectamente, formados cuatro horas antes, cuando no llegaban allí los fuegos de nuestros soldados. No fué humanamente posible sostenerse allí, y los batallones volvieron á su posición, continuando desde ella su tiroteo.  Al cerrar la noche, la situación era, pues, la siguiente: Los carlistas en la iglesia y trincheras que la rodean. El resto de San Pedro, en poder de nuestros soldados, aunque el número de los que ocupaban las casas no creo que pasaban de 500, que se batían con furor. La casa aislada próxima á la iglesia, ardiendo. A 50 metros de la iglesia, cuatro batallones nuestros, resguardados por las tapias de las heredades, y en distintas trincheras próximas, ofendiendo á Serantes, hasta 11 batallones de la división Loma y brigadas Chinchilla y Cortijo, que se mandaron reforzar con la división Andía, para atacar mañana con mayor fuerza al enemigo.”


Pero, una vez más, las palabras escritas por Unamuno nos cuentan en su Paz en la guerra lo que pasaba frente los ojos del carlista Ignacio:

“Delante de las casas de Murrieta, en un crucero de las veredas que desde la carretera conducen a las faldas del Montaño, segaba de prisa la muerte. Iban los nacionales guareciéndose en los setos que guarnecían las veredas, encorvados, recibiendo en la cara el aliento de la tierra, que los llamaba, y oyendo sobre sus cabezas el resoplido de las granadas que los protegían. Los oficiales, apoyados en largos palos, animaban, y a las veces apaleaban a los rezagados. En sitios hacían los vivos parapeto de los muertos. Por la parte de San Pedro iban las masas a estrellarse a la colina dejando en su reflujo cuerpos ensangrentados, como el mar algas. Caían a las veces sobre los muertos los vivos y ahogaba las quejas de los heridos el roncar del fuego.

Acción de San Pedro de Abanto.
Dibujo de Caba para Anales de la Guerra Civil : (España desde 1868 a 1876)

En las casas de Murrieta alto descansaban muchos carlistas porque tomado por el enemigo el barrio bajo, sus cañones suspendieron el fuego. A Ignacio y compañeros los llevaron por un camino hondo y resguardado a ocupar un parapeto en el alto de las Guijas.

Respiró un momento, estaban en terreno esquistoso y lleno de maleza de árgoma y brezo, encima de la explanada de Murrieta. Enfilaban todo el camino de Las Carreras a Murrieta, y el crucero de la muerte. Ante sus ojos se extendía en vasto panorama casi todo el campo de batalla; San Pedro, entre la maleza y la ermita de Santa Juliana, que como un búho gigantesco, parecía contemplar la matanza con sus dos huecos de la torre, a guisa de dos grandes ojazos despavoridos; a la espalda de la posición, el barranco donde los navarros habían dado en febrero su famosa carga; encima, el puntiagudo Montaño, y entre éste y el Janeo, un pedazo de mar sereno, el rinconcito de la playa de Pobeña, donde rompían mansamente las olas, lamiendo las arenas.

Iglesia de Santa Juliana.
El gigantesco búho de ojos despavoridos que describió Unamuno

Barridos a tiros por el frente y los flancos, recibiendo fuegos en redondo, avanzaban en el arroyo de San Pedro cuya defensa era desesperada, briosa, por parte de los carlistas. De aquella posición dependía todo, allí estaba entonces la clave, o por lo menos así lo creían.

La línea carlista, formada con hileras de parapetos y defendida con fusiles Remingthon y Berdan reformado, se batía en posición ventajosa y obligaron a los soldados del gobierno a replegarse. La descripción de un testigo presencial es estremecedora: “Increíble parece cómo venían aquellos hombres, que ni aún en marcha seguían por el camino unos detrás de otros, diseminados, tristes y sombríos, pintados en sus semblantes amarillos y negros de la pólvora, el sufrimiento, la aflicción y la tristeza y en sus nuevos y rotos vestidos, llenos de barro, las señales de tres días de luchar, quizás sin comer, con rasguños y sangre en las manos y cara, producidos por las asperezas que tuvieron que vencer en el terreno”

Las pérdidas liberales se calcularon aquel día en unas 1.500. Las bajas por ambos bandos durante los 3 días superaron los 8.000, una parte importante de ambos ejércitos. La situación del campo de batalla queda reflejada en las palabras de un testigo presencial: “Por todas partes se veían cadáveres, trozos de capotes, morrales, paquetes de cartuchos y otros muchos objetos que habían sido abandonados por sus dueños muertos o heridos.”

El inicio de la crónica del corresponsal de El Imparcial no deja lugar a dudas: “Regreso del campamento hondamente afectado por las terribles consecuencias de la jornada. La lucha ha sido ruda, tenaz y muy sangrienta. Los carlistas resistiendo hasta la desesperación: nuestros soldados, atravesando atmósferas de plomo, han atacado con entusiasmo verdaderamente febril. Cada posición, cada trinchera, cada altura ganada al enemigo, ha necesitado esfuerzos sobrehumanos: no eran soldados los valientes que á cuerpo descubierto la mayor parte de las veces tomaban las trincheras, eran héroes.”

Tampoco el comunicado que mandó el Jefe del Estado Mayor al Ministro de Guerra: “ El fuego se generalizó, nuestras tropas ocuparon las casas de Murrieta y otras de la barriada, suspendiendo atacar resueltamente la posición de San Pedro, por estar batido en todas las posiciones por los atrincheramientos enemigos. Me he trasladado con el cuartel general á Las Carreras y casas de la barriada, donde permanezco, teniendo todo el terreno que tan duramente hemos conquistado cubierto de las numerosas y sensibles bajas causadas. Me propongo, en la noche, asegurar las casas tomadas, evacuar los heridos, refrescar las tropas que me sea posible sin desguarnecer la extensa línea que ocupa este ejército, y ver de conquistar con un supremo esfuerzo la importante posición de San Pedro. No puedo precisar las pérdidas sufridas, que son muy sensibles: los generales Primo de Rivera, Loma y brigadier Terrero, heridos; el coronel Rodríguez Quintana, de artillería, muerto, y las que con más conocimiento detallaré á V.E.”

Una carta publicada por un diario ministerial, aporta más datos: “Tenemos batallones en los cuales hay compañías que han quedado siete hombres mandados por un cabo; en otros, aunque cubiertas las vacantes de sangre, no hay jefes ni oficiales bastantes para mandar las tropas en la serie de combates que aún hemos de librar. No hay batallón, de los que han entrado en combate, que no haya tenido algunos jefes heridos ó contusos.”

27 de Marzo de 1874. Ambulancia de heridos en la ermita de San Lorenzo. 
Dibujo de L Urgelles para la Edición de El Estandarte Real de Marzo de 1.890.
En la noche del 27 el Regimiento de Zamora atrincheraba la posición conquistada en el Montaño, permitiendo a los carlistas recoger dos heridos alaveses. Antonio López había sobrevivido a la batalla. Peor parado había salido el comandante del segundo de Zamora, Ventura Roger, que recibió dos balazos de suerte: uno de soslayo en el vientre, con media pulgada de profundidad, y otro que le atravesó la pierna izquierda, sin interesar ni hueso ni tendón alguno. 

Mi imaginación de aprendiz de escritor no alcanza para dibujar la confusión de sentimientos que debían hervir esa madrugada en su cabeza. Habrá que aprender de Unamuno que describe de esta forma los sentimientos de su protagonista por seguir vivo después de una batalla tan dura: “En su cara quedó la expresión de una alma serena, como la de haber descansado, en cuanto venció a la vida, en la paz de la tierra, por la que no pasa un minuto. Junto a él resonaba el fragor del combate, mientras las olas del tiempo se rompían en la eternidad.”

22 julio, 2013

San Pedro de Abanto V. 27 de Marzo. El tercer día de la batalla.

En el tercer día de la batalla, festividad de la Nuestra Señora de los Dolores generalísima de los carlistas, quedó interrumpida la línea telegráfica de Somorrostro provocando que la ansiedad creciera entre los que esperaban noticias. En toda la jornada sólo llegó un despacho del frente con un retraso de ocho horas: anunciaba que el fuego se había roto al amanecer, generalizándose en toda la línea.
Combate de Somorrostro. 26 de marzo de 1874. Cuerpo de Estado Mayor del EjércitoPublicado por el Depósito de la Guerra

Semanas más tarde, en su edición del 8 de abril, La Ilustración Española y Americana lo contaba de la siguiente forma: “A las seis de la mañana, como en los dos días anteriores, anuncióse la batalla, que debía ser horrible, con los fuegos de la artillería y el tiroteo en los puntos avanzados iniciándose al poco tiempo el movimiento de avance del centro y de la izquierda, mientras la derecha se preparaba para el momento oportuno.”

El corresponsal de El Imparcial firmaba desde Castro Urdiales, al final de ese mismo día 27, la crónica de la batalla: “Desde el amanecer el fuego se había roto por ambas partes con igual furia. Los carlistas han reforzado sus trincheras de San Pedro de Abanto con los batallones de Andechaga, situados hasta ayer al otro lado del Montaño, entre éste y monte Lucero. Los batallones de Navarrete habían aumentado igualmente el número de los defensores de las trincheras situadas en las alturas de nuestra derecha. A las ocho próximamente dos batallones del segundo cuerpo tomaron una trinchera construida durante la noche en la parte superior de un valle, y desde la cual se impedía el paso á nuestros soldados para atacar la gran trinchera angular que por este lado tiene el enemigo á unos seiscientos metros más arriba de la línea del ferrocarril de Galdames. Antes ha sido cañoneada la trinchera con ese acierto y precisión á que se debe la mayor parte del éxito en esta campaña. Cuando nuestros soldados han entrado en la trinchera todas las obras estaban deshechas, y en el centro hallaron un montón formado por treinta y dos cadáveres de carlistas.”

Episodio de las Batallas de Somorrostro. Don Carlos pasando revista a sus tropas
La crónica de El Imparcial también cuenta los movimientos de la división del tatarabuelo Antonio: “A las diez y media la división Andía ha pasado el rio por el puente de barcas de Musquiz, empezando á atacar el Montaño por la pendiente oeste. Pero á juzgar por la escasa fuerza que llevaba (dos batallones) y por el alto que hizo al llegar á una meseta, situada en la parte media del monte, debo presumir que el movimiento tenía sólo el carácter de distracción de fuerzas enemigas. Desde la cresta de rocas del monte unos mil carlistas, tendidos en el suelo, sostienen un nutrido fuego”
Fotografía del Montaño
Según nos describe La Ilustración Española y Americana el enemigo había reforzado las defensas del Montaño: “Aquí debo decir que, según noticias fidedignas, los carlistas han aumentado recientemente sus obras de defensa en aquel punto, construyendo nuevas trincheras con barricas llenas de piedras, con masas de mineral, con ruedas de wagones, y aun haciendo barrenos y minas para hacerles volar cuando avancen hasta allí las tropas.”

Pero el tatarabuelo Antonio regresa con su división hacia la retaguardia. El movimiento sólo había sido un amago por la izquierda del frente para intentar distraer a los carlistas del verdadero ataque liberal que va a producirse por el centro. El propio Jefe del Estado Mayor lo explica en el comunicado que le manda a las nueve y treinta y cinco de la noche, desde el Cuartel General en La Carreras, al Ministro de la Guerra: ”Como dije á V.E. en un despacho de esta mañana, al amanecer se rompió el fuego en toda la línea, que se sostuvo no muy vivo por el enemigo. A las doce dispuse que toda la artillería jugase sobre las posiciones de San Pedro Abanto y casas próximas, teniendo ya los generales Primo de Rivera y Loma dispuestas dos columnas de á cuatro batallones para atacar por los dos flancos, tanto la iglesia de San Pedro como las casas llamadas de Murrieta. A la una se lanzaron las columnas con ímpetu á las posiciones enemigas, de las que se rompió un vivísimo fuego de fusilería de la doble y triple línea de trincheras en que se guarecían. En tanto dispuse un amago de ataque por el puente de Musquiz á las posiciones de Montaño.”

Los liberales volvían a encontrarse en la misma situación: obligados a lanzar todas sus fuerzas por el centro hacia San Pedro de Abanto, como ya ocurrió en la derrota de Morriones un mes antes. La batalla se acercaba al momento de mayor intensidad como describe La Ilustración Española y Americana: “A las dos de la tarde el combate presentaba un aspecto imponente: el fuego por ambas partes era horrible, y el estruendo de la artillería y de las descargas de fusilería causaban pavor en el corazón más animoso”.

Unamuno también nos relata este momento de la lucha, desde la perspectiva carlista del protagonista de su libro Paz en la guerra: “Ignacio y sus compañeros pasaron la mañana agazapados en un parapeto delantero a Murrieta. Unos limpiaban el fusil, esperaban calmosamente otros a la faena. A las doce la artillería liberal concentró sus fuegos contra la ermita de San Pedro, que iba quedando hecha una criba y contra Murrieta. Pasado el puente de Musques, disparó el liberal una fuerte columna al Montaño para distraer la derecha carlista, avanzando en tanto por el centro a San Pedro a abrirles la línea en cuña. De cuando en cuando se levantaba en la cresta del puntiagudo Montaño una polvareda y al disiparse esta, veíase los jefes carlistas, en pie, agitar los brazos y repartir sablazos de plano. Unos mil hombres, pegados como lombrices al suelo de la cima rocosa, latían contra la tierra, recibiendo las granadas del Janeo e impidiendo con sus fuegos el avance del enemigo.”

La división de Loma, que había pasado la noche un kilómetro y medio de la iglesia de San Pedro, comenzó a avanzar por la carretera. Sus guerrillas llegaron a trescientos metros de una enorme trinchera que estaba situada en diagonal sobre la cañada. Los tres batallones carlistas que la defendían fueron cogidos por el flanco izquierdo y se vieron obligados a huir hacia el pueblo de Murrieta, apenas dos grupos de nueve casas separadas de San Pedro por parapetos. Se dio orden de tomar el pueblo a toda costa, pero los carlistas que allí habían encontrado refugio contaron con la ayuda de un batallón navarro que se movió con rapidez desde de San Fuentes y así cogieron a los liberales entre dos fuegos.

Batalla de Murrieta, en San Pedro Abanto. Dibujo de J. Alaminos para Historia contemporánea:
 segunda parte de la Guerra Civil : anales desde 1843 hasta el fallecimiento de Don Alfonso XII
La descripción que hace de ese instante La Ilustración Española y Americana dibuja el dramatismo de la escena: ”las tropas avanzaron, despreciando la muerte y electrizadas por el ejemplo, hasta las posiciones que debían ser conquistadas, tomando á la bayoneta varias trincheras carlistas y el barrio de Murrieta, importantísima posición á corta distancia de San Pedro de Abanto. Los batallones de Estella, Las Navas, Barbastro, Ramales y otros se cubrieron de gloria; el de infantería de Marina, compuesto de bisoños soldados, hizo verdaderos prodigios de heroísmo; los jefes y oficiales eran siempre los primeros en el ataque; pero ¡cuántos infelices perdieron allí su existencia, ó sellaron con sangre generosa su amor á las instituciones liberales!”

Vista de San Pedro de Abanto desde Murrieta.
La artillería situada en Las Carreras intentaba proteger el avance: “vomitaba metralla y granadas a muy corta distancia, reventando en todas las trincheras carlistas y la polvareda que levantaba y el humo de la pólvora ocultaban a los combatientes y oscurecía el cielo”.

Batería cubierta a la altura de Pucheta.
Dibujo de José Luis Pellicer para La Ilustración Española y Americana. Edición 30 abril de 1874
En ese momento Primo de Rivera recibió la orden de avanzar por la derecha, pero los soldados, enviados a una muerte inevitable, intentaron refugiarse entre las casas sin que los oficiales lograran controlar el caos. Preso de rabia, Primo se lanzó para obligar a sus tropas a seguir adelante, pero en ese momento una bala le atravesó el pecho. Mientras la batalla ardía: “El fuego era horroroso en toda la línea: los carlistas resistían desesperadamente; saltaban en ocasiones de sus parapetos y cruzaban sus bayonetas con los que les atacaban con la misma arma” y el General Loma también caía herido en Las Carreras.


27 de Marzo de 1874  el General Primo de Rivera, herido, es transportado a Somorrostro
Dibujo de L. Urgelles para El Estandarte Real. Edición Marzo 1890.


En ese momento, el más álgido de la batalla, el Regimiento de Zamora fue enviado desde la retaguardia a tomar San Pedro de Abanto. Antonio López Martín tuvo la mala suerte de estar en el peor lugar y en la peor hora.

19 julio, 2013

San Pedro de Abanto IV. 26 de Marzo. Segundo día de lucha.


“Amaneció con espesa niebla, que inundaba todo el ancho valle de Somorrostro, y á pesar de esto, el fuego de artillería dio principio á las cinco de la mañana. Desvanecióse luego la niebla, y se generalizó al punto el ataque. Como en el día anterior, Primo de Rivera avanzaba por la derecha y Loma por el centro, y los dos bizarros generales hallaban cada vez más seria resistencia en las altas y fuertes posiciones que ocupaban los carlistas, defendiéndolas rudamente; pero nuestro cañoneo no cesaba un momento en su obra de destrucción, y los bravos cazadores se arrojaban como leones sobre las trincheras de aquéllos, tomándolas una á una.” Así describe la revista La Ilustración Española y Americana, en su edición del 8 de abril, el inicio del segundo día de lucha.

Combate de Somorrostro. 26 de marzo de 1874.
 
Cuerpo de Estado Mayor del EjércitoPublicado por el Depósito de la Guerra

A las seis y treinta y cinco minutos de la mañana, el jefe del Ejército le mandaba desde Somorrostro el siguiente mensaje al Ministro de Guerra: “A las cinco de la mañana se ha roto el fuego en toda la línea, y por el mar la escuadra. He ordenado  avance el centro hacia San Pedro de Abanto; la derecha en movimiento envolvente”


Bombardeo de las fragatas a las posiciones enemigas.

Pero los planes de batalla no se cumplieron. En el volumen 5 de Los Anales desde 1843 hasta la conclusión de la última Guerra Civil, que se publicaron en xxxx, podemos conocer los detalles de la jornada: “Catorce horas duró aquel rudo bregar, sin conseguir ventaja decisiva ninguno de los combatientes. La derecha liberal no logró su objeto de envolver la izquierda enemiga. En el centro fue la lucha más reñida. Loma ocupó las Carreras; Letona, desde San Martín, se puso en contacto con Loma; y Primo de Rivera, en vez de seguir su plan, que era coger de revés los atrincheramientos carlistas, se colocó al pie de las fortificaciones, haciendo lo contrario de cuanto Serrano le ordenara. Esto dio lugar á que resultara agrupado el ejército en torno de Loma, y como acuñado y envuelto por las trincheras enemigas, no quedándoles á los liberales otro recurso que asaltar de frente los atrincheramientos, lo cual costó numerosas bajas, aunque no tantas como las del día anterior. Añádase á esto la obstinación en apoderarse del pueblo de Pucheta, que costó tres cargas á la bayoneta y la vida á buen número de oficiales y soldados, para ser por último abandonado por no responder su ocupación á ningún fin estratégico.”

España guerra carlista. El cuartel general del mariscal Serrano en Somorrostro.
Dibujo de José Luis Pellicer para La Ilustración Española y Americana. Edición del día 15 de marzo de 1874.

Una vez más Primo de Rivera, que había sido el principal artífice de la estrategia, no pudo llevarla a cabo y no consiguió envolver el ala izquierda del ejército carlista. Ante la imposibilidad de seguir avanzado, sus tropas se encaminaron hacia el centro de la línea de combate, como nos cuenta el Tomo II de Los Anales de la Guerra Civil (España desde 1868 a 1876) de Nicolás María Serrano: “La división de Primo de Rivera avanzó el 26 hasta Pucheta, pequeño arrabal de unas 30 casas, situado á medio kilómetro de San Pedro Abanto. Los carlistas, que establecieron su principal línea de defensa desde Montaño á Abanto de Suso, habían rechazado todos los ataques por aquel lado. Para atacarles era preciso combatir á cuerpo descubierto, mientras que los carlistas se defendían parapetados en sus trincheras. Sin embargo, los republicanos se portaron bravamente, siendo mortalmente heridos gran número de sus oficiales. Cerca de Pucheta encontróse un coronel tendido, con el brazo levantado, como si todavía quisiese dar á sus soldados, después de muerto, la señal de ataque.”

Podemos continuar el relato a través de la crónica que apareció en La Ilustración Española y Americana, en su edición de 8 de abril: “Hacia el mediodía, el fuego disminuyó en la derecha, y algunas fuerzas se corrieron al centro, donde se hizo más rudo el combate, avanzando impávidas sobre el barrio de Pucheta. En esta jornada, que fue sangrienta, experimentaron sensibles perdidas los batallones de las Navas, Estella é infantería de Marina, y el teniente coronel del primero cayó herido al dirigir una carga á la bayoneta para tomar una casa aspillerada que defendían los carlistas con empeño.”

Batallón de Cazadores de Las Navas (2º Cuerpo. Primo de Rivera) se adueña del pueblo de Putxeta. Dibujos de M. Ferdinandus, basados en el boceto de M. Dick

Y continúa: “Al caer la tarde, nuestras tropas se aseguraban en las posiciones conquistadas, y cuando cerró la noche avanzaron nuevamente las baterías para preparar el sangriento combate que debía librarse en el siguiente día.”

A las siete y treinta y un minutos de la noche, el jefe del Ejército volvía a mandar desde Somorrostro un mensaje al Ministro de Guerra, en este caso contándole noticias muy diferentes a las que pensaba: “Desistí de apoderarme hoy de San Pedro Abanto hasta completar el movimiento de la derecha, pues el enemigo acumuló grandes fuerzas en las trincheras del centro. He avanzado á la primera línea ocho piezas Krupp, dos Plasencia y cuatro de de diez centímetros, más cuatro de á doce en la mitad del camino Las Carreras. Conservo todas las posiciones conquistadas y al amanecer de mañana continuaré  este laborioso y decidido ataque. Nuestras pérdidas en el día de hoy, después de trece horas de fuego incesante, han consistido en un oficial y once de tropa muertos, y cinco oficiales y ciento setenta de tropa heridos. El total de las de ayer fue de dos oficiales y treinta y tres de tropa muertos, y cuatro jefes y treinta y cinco oficiales, dos médicos y cuatrocientos diez y siete de tropa heridos”

Vista de las posiciones carlistas, tomada desde las avanzadas del ejército en Putxeta. Dibujo de José Luis Pellicer para La Ilustración Española y Americana. Edición del día 30 de abril de 1874.

 Según cuentan las crónicas, durante ese día más de diez mil fusiles y treinta cañones no cesaron de disparar. La expresión la tomó prestada, de forma literal, Unamuno en su Paz en la Guerra, donde además añadió: "Los llevaron encima de Pucheta, donde, desde un foso, hacían fuego a los liberales, que intentaron en vano tomarla por tres veces, rechazados las tres a la bayoneta. Al acometer hacíanlo con la ceguera del toro, que, al embestir, bajando la cabeza, mira al suelo. Los pobres quintos nacionales caían como la mies dorada en sus llanuras. Mordían el polvo acribillados a tiros, y algunos escupían el alma, suspirando unos, otros maldiciendo. Acometían con los dientes apretados y los ojos fijos, dispuestos a hundir el hierro en la carne caliente y, sin conseguirlo, puesto que el enemigo no esperaba el choque, caían como fardos. Había quien, leñador allá en su tierra, se sentía desasosegado al correr blandiendo la bayoneta con el fusil en ristre, inquieto ante la comezón de enarbolarlo a guisa de hacha. Arrancados de sus hogares –lugares vivos- de sus parientes, de su mundo, lleváronlos a morir allí, hijos también de padre, sin que jamás, tal vez, hubieran oído nombrar los unos la humilde aldea de los otros. Al morir los pobres se apagaban sus recuerdos, la visión de su serena campiña y de su cielo, sus amores, sus esperanzas, su mundo; el mundo todo se les desvanecía; al morir ellos, morían mundos, mundos enteros y morían sin haberse conocido.”

Avanzadas de las tropas en las posiciones conquistadas el 26 de marzo
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José Luis Pellicer. La Ilustración Española y Americana. Edición del día 22 de abril de 1874.


Nada cuentan en cambio las crónicas del Regimiento de Zamora en el que estaba encuadrado el tatarabuelo Antonio que, según parece, pudo ver el fracaso desde la retaguardia. Para él, como para todos los soldados que luchaban en el valle, lo peor llegaría al día siguiente.