23 mayo, 2015

Cinema Alhambra

La primera vez que entré en el Cinema Alhambra quedé maravillado. Traspasar la pesada cortina de la puerta y adentrarse en la penumbra de la sala era como viajar al pasado, a uno de esos cines de mi infancia que dejaron de existir hace mucho tiempo. Una sensación extraña me atrapó conforme avanzaba por el patio de butacas y se hizo más intensa al oír el chasquido antiguo que sonó al bajar el duro asiento de madera. El largo y oscuro pasillo del vestíbulo o la taquilla de cristal borroso ya me habían dado las primeras señales que no supe interpretar en un primer momento, pero, una vez acomodado en la platea, me dejé llevar por los recuerdos que me traían las molduras de escayola, los viejos estucos, las lámparas anticuadas. Hasta la música sonaba a películas antiguas. El hilo musical cesó cuando el telón de terciopelo rojo se fue abriendo a trompicones y la luz clara del proyector inundó la pantalla.

El cine estaba casi vacío y esta vez el largometraje fue lo de menos. Ni siquiera recuerdo que vi aquella tarde de hace ahora unos cuatro años, pero la experiencia me dejó encantado. Era muy diferente a los cines ruidosos a los que nos hemos acabado acostumbrando, ésos donde los combos de palomitas y bebidas interminables acompañan a las películas que se pierden entre los efectos especiales.

Lo que yo no sabía era que el viejo Cinema Alhambra estaba herido de muerte. Como el último superviviente de una guerra, apenas se conformaba con ocupar unos pocos asientos dispersos entre las filas: Resulta curioso cómo en los sillones no numerados los espectadores buscan la distancia. Pero a veces, de forma casi milagrosa, las heridas cicatrizan y los agonizantes se acaban salvando. El Alhambra era uno de los pocos cines de pueblo que quedaban y los vecinos, el público fiel y sus dueños se movilizaron para salvarlo.

Cuando entré por primera vez en el viejo Cinema Alhambra de seguida me vino a la memoria una película, una de mis favoritas, una historia de amor al cine que cuenta cómo la amistad trasciende edades.

Hace unos pocos meses -y después de unas largas reformas- el Cinema Alhambra volvió a abrir sus puertas. Ahora se puede consultar la cartelera por internet y hoy por fin he visto que se puede pagar con VISA, lo cual siempre es muy útil para los que solemos llevar poco dinero en la cartera.

Esta noche he ido con mi mujer y mi hija a ver una película, una de mis favoritas, ésa que cuenta una maravillosa historia de amor por el cine que me vino a la memoria el primer día que entré por su puerta: Cinema Paradiso. Hablé de ella en este blog hace unos meses, cuando, coincidiendo con el 25º aniversario de su estreno, la volvieron a proyectar en los cines españoles: http://bit.ly/1wcJaN6



Esta noche el Cinema Alhambra estaba abarrotado. Da gusto ver un cine como ése lleno de un público inquieto, nervioso, expectante. En la primera fila estaba Salvatore Cascio, el actor que dio vida a Totó, el inolvidable personaje infantil de Cinema Paradiso. Hoy era una celebración del cine, de las películas que saben contar historias, que se quedan para siempre en nuestra memoria y que nunca se gastan porque nos siguen emocionando.




Con el paso de las escenas he vuelto a recordar las historias del Cine Duque, la del huérfano de la guerra que, como Totó, no conoció a su padre, el que malvivía  con las limosnas ofrecidas por los sedientos que bebían de sus botijos en la puerta del cine, las historias de Pepe Aguas, mi padre, que también he contado en este blog http://bit.ly/1pYrTI3 y http://bit.ly/1fFUwoL

La copia remasterizada daba una luz diferente, más limpia que las versiones que he ido viendo a lo largo de estos 26 años en cintas de video y DVD’s. La sonrisa de Totó era más grande en la pantalla del cine, como la ternura del viejo proyector cascarrabias que protagoniza Philipe Noiret. Y una vez más, y ya no sé cuantas van, me he vuelto a emocionar con esa escena final que es de lo mejor del cine.

Luego Salvatore “Totó” ha contado anécdotas divertidas sobre cómo el niño pequeñito acabó de actor en la película, pero antes, al final de la proyección, como en los viejos cines de barrio de mi infancia, el público se ha puesto a dar palmas hasta que han acabado los títulos y se han encendido las luces. Da gusto aplaudir para celebrar que te ha gustado mucho una película.

Como el Cinema Paradiso, el Cine Alhambra es una hermosa historia de amor por el cine que, a diferencia de la ficción del primero, no ha sido volado por la especulación. Una historia que merece la pena ser conocida



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